Una condena invisible: el estigma de tener un familiar en prisión

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La vergüenza, la culpa o la falta de información atraviesan el día a día de quienes afrontan el impacto emocional, social y económico del ingreso de un ser querido en la cárcel

CADENA SER. A VIVIR. (VALENTINA ROJO SQUADRONI). FOTOGRAFÍA: PIXABAY. Hay una pregunta que salpica toda la conversación: “Si nosotros no hemos hecho nada, ¿por qué cumplimos una condena paralela?”. Reflexionan, en torno a la mesa de una cafetería en el centro de Madrid, un grupo de familiares de personas en prisión. Se reúnen una vez al mes para intercambiar información, pero especialmente para apoyarse emocionalmente. Inevitablemente, a lo largo del encuentro surgen palabras cargadas de significado: vergüenza, culpa, mentiras…

Cuenta el pedagogo social Álvaro Crespo, de la asociación Solidarios para el Desarrollo, que en sus intervenciones con voluntarios en las cárceles detectaban que las familias llegaban «agazapadas». Les faltaba, sobre todo, información básica: cómo comunicarse con ellos, de qué manera podían hacerles llegar paquetes o cómo ingresarles dinero en el peculio. «Visitar una prisión fue una de las peores experiencias de mi vida», confiesa emocionada María Ángeles, hermana de un exrecluso.

Madres, padres, hermanos o parejas de personas presas que coinciden en una sensación compartida: la de estar cumpliendo una condena paralela. La cárcel se instala en sus vidas en forma de culpa, de estigma, miedo, desgaste emocional y, en muchos casos, ruina económica. En este grupo de apoyo, reconocen, afloran palabras que nunca podrían confesarse fuera de este círculo………

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