En solo tres semanas, en la prisión de Algeciras han muerto tres presos tras fumar e inhalar una sustancia impregnada en tiras de papel. Las sospechas apuntan al potente y adictivo opiáceo que ha hecho estragos en Estados Unidos y que ya se ha detectado en España, sobre todo en el Campo de Gibraltar
EL MUNDO: CHEMA RODRIGUEZ FOTOGRAFÍA: PIXABAY
A ocho euros la dosis, la nueva droga que ha entrado en las cárceles españolas garantiza un viaje que, en muchos casos, no tiene regreso. A solo ocho euros se puede conseguir en tiras de papel impregnadas en una sustancia tóxica tan potente y adictiva que en solo tres semanas se ha cobrado la muerte de tres reclusos en la cárcel de Botafuegos, en Algeciras. Tres muertes por apenas 24 euros.
Por sus síntomas, por su bajo precio y por sus efectos el principal sospechoso es el fentanilo y, a falta de autopsia que lo confirme (está por llegar), los funcionarios del penal gaditano aseguran no tener dudas de que el poderoso opiáceo que ha sembrado de zombis las calles de muchas ciudades de Estados Unidos ha saltado los muros de la prisión y está ya empezando a causar estragos entre una población en la que casi ocho de cada diez son drogadictos.
Los papelillos impregnados fueron detectados por vez primera hace un par de años, pero hasta hace unos meses eran una anécdota. Pero entonces empezaron a entrar masivamente en Botafuegos: en comunicaciones de internos con familiares, en paquetes enviados desde el exterior, cosidos en los dobladillos de los pantalones y, sobre todo, en cartas que, en no pocas ocasiones, tienen un remitente inexistente y aprovechan la protección constitucional sobre las comunicaciones para burlar cualquier tipo de control.
Las alertas han terminado de saltar, definitivamente, este mismo mes en el centro penitenciario de Algeciras. El 11 de septiembre aparecía en una celda de Botafuegos el tercer recluso fallecido en poco más de un mes a causa de una sobredosis tras fumar e inhalar un papelillo impregnado de -todo apunta a ello- fentanilo.
Minutos antes del recuento de las ocho de la mañana, en el módulo 4, un preso advierte a los funcionarios de que su compañero de celda no se mueve y relata que la noche anterior los dos habían estado fumando papelillos y consumiendo medicación de la que reparten los sanitarios de la prisión y que también se ha convertido en mercancía con la que trapichear y colocarse.
Con 34 años, natural de Cádiz y con un extenso curriculum penal y penitenciario, la tercera víctima consecutiva de esta nueva plaga ni se movía ni respiraba y los servicios médicos no lograron reanimarle, solo certificar su muerte a causa de una sobredosis acerca de la cual una autopsia tiene que dar más detalles. Aunque, insisten desde el sindicato penitenciario Acaip, el fentanilo está detrás.
Cumplía una condena de siete años por múltiples robos y hurtos, llevaba en Algeciras apenas tres meses (antes había estado en la cárcel de Puerto III) y era politoxicómano, como la inmensa mayoría de los reclusos del sistema penitenciario español. De hecho, el 76%, según la última encuesta elaborada por Proyecto Hombre, son drogadictos.
Su muerte se produjo tres semanas después de que los papelillos tóxicos se cobrasen otra vida. La de un interno de 32 años recluido en Botafuegos desde hacía cuatro meses y que la noche antes, de nuevo, había estado consumiendo la mezcla asesina de fármacos y papelillos con su compañero de celda.
En esa ocasión fue un funcionario, el que estaba haciendo el recuento de la mañana, el que se percató de que el hombre estaba inconsciente en su catre y que no respondía a ningún estímulo. El médico de la prisión, avisado de inmediato, únicamente pudo firmar el certificado de defunción.
Y solo unos días antes, C.S.D. corría la misma suerte, aunque él llegó vivo a la enfermería tras presentar síntomas de intoxicación. Pero sufrió un desfallecimiento súbito y los médicos ya no pudieron recuperarlo. Ese mismo día, otros tres reclusos de Botafuegos presentaron síntomas parecidos a los del muerto, los síntomas que produce la ingesta de fentanilo.
Si los funcionarios de Botafuegos tienen pocas dudas de que esta nueva droga campa a sus anchas y circula por las celdas, los reclusos del penal algecireño saben hasta quiénes son los que la distribuyen. Hasta el punto de que al tercer fallecimiento, a mediados de este mes de septiembre, le sucedió una reyerta violenta en el mismo módulo en el que había sido encontrado el preso muerto cuando un grupo de compañeros se abalanzaron sobre un interno al que acusaban de ser el camello que había vendido los papelillos mortales.
«El fentanilo está entrando», dice, sin titubeos, el representante del sindicato Acaip en Botafuegos, José Luis Cuevas. Apenas se incauta una mínima parte de la droga de cualquier tipo que se mete en la cárcel y el fentanilo no es una excepción.
Según los datos recabados por esta organización sindical, en la prisión de Algeciras se llevaron a cabo, en el año 2024, 150 intervenciones de hachís, siete de cocaína, 77 de pastillas y se registraron dos muertes por sobredosis. Sobre las incautaciones, dicen, lo que se pilla es muy poco en relación a lo que entra, un porcentaje bajísimo. En cuando a las defunciones de internos por sobredosis, la llegada del presunto fentanilo las está disparando a niveles inéditos.
¿Cómo entra la droga? En la mayoría de los casos, en un 51%, los estupefacientes se aprehendieron al regresar los reclusos de permisos de fin de semana, y, a continuación, en un 35% de los casos, en las comunicaciones que mantienen con familiares en el propio penal, mientras que el 8% de las incautaciones se hicieron al registrar los paquetes enviados desde el exterior.
Por ahí, por la mensajería y, sobre todo, por las cartas, es por donde, aseguran las fuentes penitenciarias, están entrando esas tiras de papel que luego se venden a ocho euros y que están elevando la mortalidad dentro de los muros de la cárcel de forma extraordinaria.
Aunque hay otra forma por la que entra la droga (y todo lo que se pueda pedir y pagar) en Botafuegos y en muchas otras prisiones españoles. El uso de los drones se ha extendido entre las mafias que controlan el narcotráfico en el Campo de Gibraltar y han extendido sus negocios a cárceles como la de Algeciras, a cuyos internos ofrecen servicios de mensajería a través de aeronaves teledirigidas que transportan desde drogas a teléfonos móviles, tarjetas SIM o, incluso, algún arma. Y todo, con entrega en mano porque el dron lleva el paquete hasta la mismísima ventana de la celda del cliente.
Únicamente este año, en la penitenciaría algecireña se han ‘derribado’ tres de estos drones, una minucia en comparación con los que se supone que sobrevuelan a diario el perímetro de la cárcel y que suponen una gigantesca vía de agua en su seguridad, un coladero por el que el fentanilo también puede llegar al corazón de la prisión.
Cuentan las fuentes penitenciarias consultadas por Crónica que el piloto maneja el dron desde las inmediaciones para hacer la entrega y que, antes, el interno ha tenido que pagar el servicio.
La última vez que se detectó uno fue de madrugada y, al día siguiente, se registró la celda a la que se había dirigido y en su interior se encontraron 200 gramos de hachís.
La entrada, cada vez mayor, de droga en las cárceles se ha convertido, a juicio de Francisco Mena, presidente de la Coordinadora Antidroga Alternativas de Cádiz, en un problema cuyas consecuencias pueden llegar a ser dramáticas.
A falta de la confirmación definitiva -que debe llegar vía autopsia- Mena incide en que el tráfico de fentanilo en prisiones como la de Botafuegos es «un desastre», un incendio que amenaza con prender rápidamente y devastarlo todo.
Apunta a la rapidez con la que se llega a la adicción total, la intensidad y los efectos del síndrome de abstinencia que provoca y la elevada mortalidad, «mueren como chinches», dice muy gráficamente la cara y la voz de esta plataforma ciudadana que lleva décadas luchando contra la lacra social de la droga en una provincia, la de Cádiz, que la ha padecido, y la padece, con crudeza, con crueldad.
En Estados Unidos se habla de plaga, de epidemia, de asesino de masas cuando se menciona el fentanilo y eso a pesar de que en los últimos años se ha logrado combatir con cierto éxito y las muertes a causa de esta droga se han reducido hasta un 27% en 2024. De las 110.000 víctimas mortales que dejó en 2023 se pasó a 88.000 el año pasado.
Fue el farmacólogo belga Paul Janssen el que sintetizó, en la década de los sesenta del pasado siglo, por primera vez el fentanilo, que es un poderoso analgésico y anestésico de la familia de los opiáceos con un efecto cien veces mayor que la morfina y 50 veces mayor que la heroína.
«En la calle hay fentanilo y si hay en las calles, hay en las cárceles», sentencia Francisco Mena, que recuerda que en municipio del Campo de Gibraltar como La Línea de la Concepción ya ha habido incautaciones de esta sustancia.
Las ventajas de traficar con ella para las mafias son evidentes y numerosas y el activista antidroga cita, por ejemplo, lo barato que es el fentanilo y que es «imposible de detectar» si, como parece que sucede en la cárcel de Botafuegos, se impregna en papel y se camufla dentro de comunicaciones que «son inviolables», recuerda.
A esto hay que sumar la falta de medios de los funcionarios de prisiones para controlar la entrada de droga en general y, muy en particular, del fentanilo. El portavoz de Acaip confirma que el personal está casi atado de manos y pies por la escasez de recursos que, en el caso de los drones, es absoluta. A lo que suma el reparto sin control de las medicaciones para los fines de semana: el viernes se les entrega la de tres días, viernes, sábado y domingo.
El propio Cuevas le advirtió al secretario general de Instituciones Penitenciarias, Ángel Ortiz, del problema en su última visita, hace un año, a Botafuegos, y éste le habló de un proyecto piloto para instalar inhibidores que iba a probarse en Ceuta y del que nunca más se supo.
La fiscal antidroga de Algeciras, Macarena Arroyo, se muestra prudente, a la espera de que las autopsias a los reclusos fallecidos confirme que, en alguno o en todos los casos, el fentanilo estuvo detrás de estas muertes. Entretanto, pone el foco en la necesidad de tomar medidas para mejorar los controles.
Pero, al margen de las conclusiones de los forenses, que pueden o no hacerse públicas -los sindicatos lo dudan: «no interesa a nadie»-, tras los barrotes de Botafuegos lanzan un SOS, un grito de auxilio y una advertencia: o se actúa ya o la epidemia (de fentanilo) será incontrolable. A ocho euros el viaje… sin regreso.
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