MANOLONOTICIAS:( MANUEL MORENO).FOTOGRAFÍA: PIXABAY
La cita para la entrevista es en una tienda del casco histórico de Toledo, ‘Nivel 426’, que toma el nombre de la primera película de ‘Aliens’. José Alberto García Santana ha elegido este lugar porque significa mucho para él, un aficionado al cómic de diversas temáticas y al heavy metal, que viste de negro y lleva el pelo largo, como toda su vida. «Sigo creyendo en la imagen de rebeldía escuchando rock and roll. Sigo siendo un viejo idealista», dice a sus 54 años.
Unos funcionarios de Ocaña I, la prisión donde cumplió condena hasta hace unos meses, le recomendaron una colección de cómics, Planetary, y José Alberto encontró ‘Nivel 426’ por casualidad en 2022, mientras paseaba por la Ciudad de las Tres Culturas durante un permiso. «Carlos, su dueño, es una buenísima persona que me acogió muy cálidamente desde que pisé por primera vez su tienda. Le encargué un cómic que no sabía cuándo iba a poder recoger por estar en la cárcel. A él no le importó dónde estuviese ni el delito, y me consiguió ese cómic, que estuvo guardado hasta que volví a salir de permiso. Y esto me conmovió».
José Alberto lo explica sentado en una silla negra, alrededor de una mesa del mismo color en el centro de la tienda. Está de permiso en el CIS Josefina Aldecoa, que abandona los viernes por la mañana y al que regresa los lunes por la noche. Es un centro penitenciario de Navalcarnero (Madrid) diseñado para cumplir penas en régimen abierto y facilitar la reinserción social de internos que están en la fase final de su condena.
El entrevistado alcanzó el tercer grado el pasado 16 abril, Miércoles Santo, y le faltan seis años para cumplir su condena por asesinato. En el juicio, reconoció haber matado a su madre y su abogado, José Carlos García, logró una rebaja considerable en la petición de pena. Los 25 años de cárcel iniciales que el fiscal solicitaba quedaron reducidos a 15, con la atenuante de consumo habitual de cocaína, ya que esta droga generaba en José Alberto una «leve merma» de sus facultades volitivas.
Valeriana, de 80 años, murió el 2 de febrero de 2016. Tenía graves problemas de movilidad, caminaba con un bastón y vivía con su único hijo en un piso de Talavera de la Reina. Según la sentencia, sobre las 1:30 horas de ese día, José Alberto se enfadó con ella «por las muchas veces en que requería su ayuda para diversas tareas por sus problemas físicos». Él se fue a la habitación donde su madre descansaba, comenzó a zarandearla y a golpearla repetidamente, con gran fuerza en la cabeza, piernas y brazos.
Ella sangraba en el suelo de la habitación y él no la auxilió, según la resolución judicial, hasta que sobre las 4:30 avisó a los vecinos y a los servicios de emergencias. Valeriana falleció en el Hospital Nuestra Señora del Prado de Talavera de la Reina horas más tardes, a las 11:30.
En ‘Nivel 426’, José Alberto habla de música, literatura, cómics y de su madre. Ha accedido a la entrevista dos años y cinco meses después de la primera proposición: «Tenía mucho miedo porque hay ciertos periodistas de sucesos que son buitres». Y remarca que su caso «es un ejemplo de a dónde te puede llevar el consumo de drogas. Por eso me he convertido en una especie de talibán antidroga, aunque nunca se puede decir que de este agua no beberé».
Sobre la muerte de su madre, recuerda que la semana anterior se había caído al suelo en su habitación, llevándose por delante la pequeña televisión y la mesa donde estaba. «Esto provocó que tuviese amoratado todo el lado izquierdo de su cuerpo, según está recogido en el informe del médico de cabecera, porque ella no quiso ir a urgencias esa noche y decidí acostarla para que se recuperase del susto», relata.
El día de autos, José Alberto se enfadó con «mamá» porque «ella estaba intentando desenchufar una estufa eléctrica en su habitación». «Perdí los papeles, la zarandeé, cayó al suelo y se golpeó en la cabeza con la mesilla de noche. Me echó de la habitación y yo salí lleno de vergüenza».
Sobre las cuatro y media de la madrugada, «salí de mi habitación con la intención de fumarme un cigarro en la cocina para después ver qué tal se encontraba». «Entonces me llegaron unos gritos que no olvidaré mientras viva y corrí a su habitación. Encendí la luz y me la encontré en el suelo en medio de un charco de sangre. Salí corriendo gritando ‘mamá, mamá’, llamé a los vecinos y a la policía». José Alberto quiere dejar claro que «nunca, repito, nunca la golpeé, y muchos menos la dejé tirada en el suelo en medio de un charco de sangre».
Cuenta que llegó a la droga consumiendo los fines de semana. «Primero vino el hachís y después, con 18-19 años, comencé con las drogas fuertes», aunque tuvo etapas en las que se apartó de ese mundo. Pero recayó.
Antes de la muerte de su madre, la vida de José Alberto había sido un «completo caos, porque aquello no era vida. Era intentar conseguir el dinero que te proporcionarse la dosis de cocaína. Yo se lo robaba a mi madre o le cogía la tarjeta bancaria y sacaba dinero del cajero automático. O mentía a mis amigos para conseguir dinero; al principio, picaban; luego, no. También me deshice de mi colección de cómics, mi colección de música, mi colección de libros…».
Tras el homicidio, José Alberto dejó las drogas, «lo hice el primer día que entré en prisión», y le dieron el alta después de tres años de tratamiento. Pero relata que sigue aguantando insultos por la muerte de su madre, y «no hay peor juicio que el que un preso hace a otro preso».
En Ocaña I, la cárcel en activo más antigua de España -desde 1701-, no perdió el tiempo. Trabajó para una multinacional alemana en la instalación de aires acondicionados para el proyecto del AVE Medina-La Meca, además de la fabricación de piezas para los metros de Madrid y Valencia. «Me dedicaba a la recepción de material y también al corte de tubos y malla, y al montaje mecánico de las cajas de distribución por donde van los cables», especifica.
Y se le iluminan los ojos cuando habla del orgullo que sintió al ver que hacía algo productivo, que «ya no era el puto yonki que estaba intentando conseguir dinero para medio gramo de cocaína».
Después de superar la prueba de acceso a la universidad para mayores de 45 años, decidió estudiar Filosofía por la UNED porque «la primera psicóloga que conocí en prisión me dijo que tenía alma de filósofo». Más de José Ortega y Gasset, José Alberto admira mucho a Unamuno por su postura, sobre todo, contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera y de Franco. «Pero me faltan muchas lecturas porque tuve que apañarme con los libros que tenía en la prisión».
Precisamente fue bibliotecario en esta cárcel durante tres años, y manifiesta su satisfacción «porque no solamente era estar allí sentando y dar y recoger libros. Era intentar que los chavales leyeran. Sabías que nadie iba a hacerte ni puñetero caso, pero por lo menos intentarlo. Y en algunos casos, pocos, lo conseguí».
Lo dice un hombre que presume de no haber usado el lenguaje taleguero en la cárcel: «Para mí, la celda no era el chabolo, y tampoco he utilizado hermano ni primo. A uno le dije que en el idioma español había más de 85.000 palabras y un hombre sabio puede llegar a utilizar de 25.000 a 30.000. ‘Vosotros os apañáis con 50 al día, y 5 de ellas son hermano’. Y no supo qué responderme».
Está muy agradecido a la directora y a los funcionarios de Ocaña I que contribuyeron a que saliera para adelante, y que hablaban con él cuando lo veían de bajón: «Porque están para ayudar, son nuestra primera y última línea de defensa. Pero siempre sin perder de vista lo que son, no son amigos. Salvando mucha distancia, actuaron de familia para mí y nunca les di las gracias, salvo a alguno, antes de salir con el tercer grado».
Sin embargo, dice que se sintió solitario de amistades en los nueve años que pasó en el centro penitenciario, donde únicamente recibió tres visitas de ‘su’ gente en todo ese tiempo. «Mi familia, los amigos, me dejaron solo». No así su abogado y sus dos secretarias, que le compraron ropa o libros, y le solventaron varias gestiones que él no podía realizar al estar entre rejas.
También el servicio de paquetería de la prisión, conocido como ‘el demandadero’, fue otra tabla de salvación para conseguir la música que le gusta. Y se dedicó a la lectura y a escribir diarios para no pasar mucho tiempo en el patio.
En su primera salida de prisión, un viernes, José Alberto hizo lo que más deseaba: visitar la tumba de su madre en el cementerio de Talavera de la Reina. «Media hora llorando, pidiendo perdón, destrozado, reventado. Por lo menos, me quité un peso de encima. Porque mi vida no tenía sentido si no iba allí para decirle todo lo que no la pude decir cuando me dijeron que iba a dormir». Fue acompañado de su tía Sole, que la tuvo siempre a su lado, y de una de las psicólogas de Ocaña I, de la que habla maravillas.
Cada vez que vuelve al camposanto, José Alberto enciende su teléfono móvil y busca el vídeo del tema ‘Drivers license’, de Olivia Rodrigo. «Fue la primera que le puse, a mi madre le habría gustado la melodía». Y también suena ‘Learning to Fly’, de la cantante madrileña Nat Simons, porque le gusta compartir música con ella mientras le habla.
«Le cuento mis avances y las cosas que me pasan». Como cuando envió un mensaje por Instagram a Nat Simons, «su música me ayudó a sobrevivir en prisión», y la guitarrista le respondió agradeciéndoselo. O cuando Popular 1, la revista musical más longeva de Europa y una referente del rock, le publicó varias de sus cartas porque al director le habían emocionado.
José Alberto es un amante del rock and roll, aunque admite en voz alta que tiene un disco de Taylor Swift «porque es una buena compositora». Sin embargo, es «muy mitólogo» de la música rockera: «Aparte del metal, estoy muy centrado en el country rock, el country alternativo».
Ahora está recuperando el tiempo perdido en Ocaña I, donde no pudo hablar de sus gustos musicales. «La música oficial del talego es el flamenco y la rumbita -explica-. Y odio el flamenco desde que entré en el talego porque lo estaba escuchando casi las 24 horas del día, y encima aporreado, mal cantado, desentonado y con palmas fuera del ritmo».
Los cuatro días que pasa en el CIS de Navalcarnero, José Alberto duerme en una habitación sin pestillo, «no quieren que lo llamemos celda», y desde hace algo más de un mes es el bibliotecario de este centro penitenciario, donde prima la reinserción al castigo.
Cada mañana, se sigue mirando al espejo «y no me gusta lo que veo, ¡no me gusta!». «Me sigue costando mucho, pero por lo menos ya no veo un monstruo. Cuando me levanto todas las mañanas, me miro al espejo y veo que hay una persona que perdió al ser que más quería en este mundo por mi puta culpa, y no hay más culpables», dice con los ojos vidriosos mientras entran clientes en ‘Nivel 426’ para mirar y comprar cómics.
«La verdadera cárcel la llevo aquí dentro, ¡aquí dentro!», afirma señalándose la cabeza, «y no voy a descansar hasta el día que me reúna con ella. Y ya veremos, si hay otro sitio donde me la encuentre, si me perdona. Soy bastante negativo conmigo mismo, y sé que no me ha perdonado».
Todavía tiene miedo a meterse en algunos ambientes porque no sabe cómo van a reaccionar, aunque no va escondiéndose: «Cuento la verdad, la realidad. Hay gente que levanta la cabeza cuando dices prisión, pero hay otros que no porque han visto cómo los has tratado, cómo los has hablado. Porque todos no somos primos del ‘Vaquilla’, una frase muy utilizada en Ocaña I. Hay algunos que pensamos, razonamos y hablamos bien».
En sus permisos, se ha encontrado con gente conocida que se ha acercado a él, incluso la primera novia que tuvo. «Y a esa gente se lo voy a agradecer toda la vida», asegura José Alberto, que pasó por Pretox, una asociación para la prevención y ayuda a las adicciones con sede en Toledo.
También en la Ciudad Imperial ha descubierto el amor. Conoció a su chica el segundo día de su primer permiso y se encontró con ella en la segunda salida, durante la Semana del Corpus. «Estuvimos casi dos horas hablando, tomamos algo juntos y me quedé con su teléfono. En el tercer permiso, la llamé y empezó a surgir algo más. Pero todo esto muy despacio porque yo estoy donde estoy». José Alberto le contó su historia en el segundo encuentro, y de ella le llamó la atención que «me escuchaba y no me juzgaba».
Los planes de futuro pasan por perder todos sus miedos a reintegrarse en su nuevo mundo: «Todavía tengo que quitarme algunas telarañas de la cárcel, y tengo mucho miedo a la reacción de algunos conocidos». Asegura que la sociedad cree en la reinserción «de boquilla, quiere venganza», pero recalca que «no es tan fácil» volver a la vida después de estar entre rejas.
«Hay algunos que intentamos cambiar, ser algo más de lo que fuimos cuando entramos, y nos merecemos una ayuda porque no todo lo podemos hacer por nosotros mismos», reclama José Alberto, quien pide también más personal y medios para abordar la salud mental en las prisiones.
Ahora tiene un reto: el equipo técnico de Ocaña I (un educador y un psicólogo) le recomendó que pasase los permisos en el piso de Talavera de la Reina donde sucedieron los hechos que lo llevaron a la cárcel. Por eso, reparte ese tiempo entre la casa de acogida en Toledo y la vivienda de la calle de San Juan de la Cruz donde residió con su madre.
Verbaliza que «en casa hablo con ella, aunque sé que no está. Pero por si me escucha». Y hay veces que «siento su presencia», pero a su habitación procura entrar lo menor posible. «Sé que debo ir venciéndolo, pero despacio».
Su abogado afirma que el caso de José Alberto es el cambio más espectacular que ha conocido en su larga vida profesional. «Un gran ejemplo de reinserción», que llora todos los días a Valeriana, su madre.
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