¿Qué pasaría si la justicia proviniera de una IA que tratara por igual a todas las clases sociales?, se preguntan los actores de la compañía El Progreso, formada por los internos del Centro Penitenciario Madrid 3.
PUBLICO.ES. LAURA G. DE RIVERA. FOTOGRAFÍA: PIXABAY. «Hijo de obrero, dejé de estudiar. La droga arruinó mi forma de pensar. Si fuera rico, me habría librado, papá pagaría a un buen abogado. Cómo seré yo castigado, dependerá del prisma utilizado. Dime tú dónde está la razón, si criminalizan por ser un peón». Es una estrofa de la canción final en la obra de teatro HistorIAs PenintencIArias, escrita y representada por los internos del módulo 4 de la cárcel del Centro Penitenciario Madrid 3 (Valdemoro) el pasado mes de diciembre.
La trama gira en torno a la equidad del sistema judicial en el que, dicen, «la justicia no es igual para todos». «En esta historia, un ingeniero informático decide crear una inteligencia artificial para equilibrar la balanza entre las distintas clases sociales, desde el más rico hasta el más pobre», cuenta a Público la psicóloga social Nadja Jamard, presidenta de la Asociación Iniciativas Sociales Kirikú, que ha trabajado con los reclusos en esta obra.
El resultado de aplicar los nuevos algoritmos es que «la justicia deja de ser subjetiva, porque ya no está en manos de seres humanos. Las cárceles se empiezan a llenar de gente poderosa que antes no entraba, porque se juzga a todo el mundo con el mismo rasero», dicen los actores de esta representación, que está dentro del proyecto La Ópera, un Vehículo de Aprendizaje (LÓVA), liderado por Miguel Gil.
