La cárcel abierta de la Zona Franca se inaugurará el próximo verano: no tendrá muros ni rejas y acogerá a 800 reclusos

Humanizando.

El coste de la inversión asciende a 35,6 millones de euros

20 MINUTOS. FOTOGRAFÍA:PIXABAY. La futura cárcel abierta de la Zona Franca, en Barcelona, encara la recta final de las obras. La previsión es que entre en funcionamiento después del próximo verano y prevé acoger a 800 reclusos de tercer grado. Será la prisión para reclusos de tercer grado más grande de Catalunya y la segunda diseñada y construida expresamente para este tipo de presos en semilibertad -aquellos que al final de su condena solo van a la cárcel para dormir-, después de la de Tarragona, mucho más pequeña e inaugurada en 2023. Su diseño, sin muros perimetrales ni rejas, la hace bastante diferente a una prisión convencional.

Las nuevas instalaciones se ubican en un solar de 6.500 metros cuadrados, con una superficie construida de casi 13.000 metros cuadrados, el máximo permitido en la zona, en la esquina de la calle A y la calle 1, cerca de la parada de metro de la línea 10 Sur de Zona Franca, del Puerto de Barcelona y de la Ronda Litoral. El coste de la inversión asciende a 35,6 millones de euros. Las obras estructurales están prácticamente terminadas. Antes del verano se prevé tener el edificio amueblado y con todas las instalaciones y servicios, también los de seguridad, en funcionamiento. Durante el verano se realizará la formación para los trabajadores, para que conozcan el espacio y su funcionamiento, y en septiembre se trasladarán allí a vivir los primeros internos.

Reclusos en tercer grado penitenciario

El futuro centro está especialmente diseñado para acoger a presos que cumplen condena clasificados en tercer grado penitenciario. Es decir, que solo duermen en prisión entre semana y durante el día salen para formarse y trabajar. El centro acogerá a hombres procedentes de la demarcación de Barcelona que hasta ahora cumplían la pena en tercer grado en las prisiones de Trinitat y Wad-Ras de la capital catalana, que suman entre ambas una capacidad de 600 plazas. Se ganarán, por tanto, 200 camas para internos en semilibertad y se centralizarán en un único espacio la gestión administrativa y las tareas de tratamiento. La puesta en marcha del nuevo equipamiento culminará con el cierre definitivo de la prisión de Trinitat Vella. Actualmente, el Departament de Justicia cuenta con 113 trabajadores para 600 presos en tercer grado en las prisiones de Wad-Ras y Trinitat: 65 dedicados al tratamiento y rehabilitación y 48 a la vigilancia interior. La plantilla aumentará en función del incremento de internos.

Las 800 plazas residenciales del futuro equipamiento están dispuestas en dos módulos independientes entre sí, con capacidad para 400 internos cada uno, distribuidos en cuatro plantas diferentes, 100 por planta. Cada planta está subdividida en dos espacios autónomos, de 50 internos, y cada habitación cuenta con cuatro literas. Las habitaciones no se cierran desde fuera y no tienen baño propio, sino que los internos compartirán aseo con otras habitaciones del mismo pasillo.

Diseño diferente al de un centro ordinario

Cada módulo dispone de un espacio central -el patio- alrededor del cual se desarrollará la vida diaria de los internos. La planta baja alberga los espacios comunitarios (comedor, sala de lectura-biblioteca, gimnasio, aulas de formación, sala de televisión) y un área de atención individualizada con despachos para entrevistas y seguimiento de los internos. En cambio, a diferencia de las prisiones de régimen cerrado, no hay polideportivo, economato ni talleres de actividades laborales, ya que se pretende que los internos realicen estas actividades fuera del centro, insertados en la comunidad.

En el sótano se han habilitado el aparcamiento para los trabajadores y el archivo penitenciario, que también almacenará documentación procedente de otras prisiones.

El nuevo centro abierto tiene un diseño con una visión más residencial de los espacios, propia del cumplimiento de la pena en tercer grado, que prescinde de los elementos de seguridad de un centro cerrado, como muros o rejas. Incluso las puertas de las celdas -o habitaciones, como se denominan aquí- pueden abrirse siempre desde el interior. También hay despachos justo en la entrada, antes de superar los controles de seguridad, para los internos que ya solo acuden a entrevistas con los profesionales de tratamiento y que ni siquiera duermen en el centro. Igualmente, se ha reducido el número de locutorios o salas para visitas de abogados y familiares, ya que estas comunicaciones pueden realizarse fuera de la prisión.

La entrada al centro se realiza desde una rampa abierta a la calle, con baldosas típicas del Eixample barcelonés y con puertas de vidrio, todo un símbolo de lo que se pretende que sea un edificio amable y abierto. Una vez en el vestíbulo, los internos deben dejar en taquillas de seguridad los objetos prohibidos en el edificio, como cascos de moto, teléfonos móviles u objetos peligrosos. El resto de pertenencias pasan por un escáner y ellos mismos por un arco detector de metales. Con una tarjeta personalizada y un sistema de control biométrico facial pasan el torno de seguridad y acceden a la zona residencial.

A partir de ahí, tienen autonomía para moverse por donde quieran siempre que su tarjeta identificadora lo permita………………..

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