Estudios de inteligencia artificial buscan predecir la criminalidad en función de los rasgos físicos

Entre los múltiples usos de la inteligencia artificial, reaparece ahora la frenología 2.0 vestida de algoritmo.

20 MINUTOS. (CARMÉN CORAZZINI) FOTOGRAFÍA: HENAR DE PEDRO. Algunas personas parecen tener un aspecto maligno. El cine se ha valido de ello, pero no solo la ficción ha jugado con la estigmatización. Hubo una etapa, en la historia moderna, en la que ciertas ramas científicas buscaron darle una explicación a la maldad a través de la apariencia. Ahora, la inteligencia artificial parece rescatar viejas creencias.

El padre de la criminología, Cesare Lombroso, desarrolló a finales del siglo XIX una teoría sobre delincuencia que identificaba criminales según los rasgos físicos. Estudió el cráneo de centenares de presos y llegó a la conclusión de que una determinada fisionomía estaba directamente relacionada con la capacidad criminal. Se puso de moda la frenología, la pseudociencia que toma la forma de la cabeza como indicador de la personalidad. Esta hipótesis fue usada en la prevención del crimen, en la psicología, pero también en la alta sociedad para escoger a la pareja ideal. La esposa modelo se prefería dulce y gentil, así que se exploraba la forma del rostro para descartar candidatas, no fueran rebeldes o beligerantes.

Hoy el raciocinio parecería suficiente para desestimar antiguas consideraciones, pero la evolución no siempre implica avance. Entre los múltiples usos de la inteligencia artificial, reaparece ahora la frenología 2.0 vestida de algoritmo.

En China, un grupo de investigadores liderados por Xiaolin Wu y Xi Zhang han publicado un estudio titulado Inferencia automatizada sobre criminalidad mediante el uso de imágenes faciales. Su sistema de reconocimiento facial identificaría criminales por la forma de la cara, apoyándose en una base de datos creada tras la recopilación de fotos de delincuentes y no delincuentes. Sus creadores afirman que el algoritmo tendría una exactitud cercana al 90%. Por otro lado, teóricos de la Universidad de Harrisburg, en Pensilvania, crearon en 2020 un software similar que predeciría la criminalidad en función de los parámetros del rostro. La separación de los ojos, la nariz grande o una mandíbula ancha serían indicadores de tendencia criminal. La mayor parte de la comunidad científica y tecnológica no ha tardado en rechazar su aplicación, por insuficiencia probatoria y tintes racistas.

Las ideas son peligrosas, más si pueden respaldarse en la ciencia, o en la tergiversación de sus preceptos. Francis Galton, antropólogo inglés, se basó en consideraciones darwinistas para diferenciar entre personas superiores e inferiores. Con el fin de corregir la sociedad, sugirió la posibilidad de erradicar los factores negativos controlando la reproducción. Esta disciplina toma el nombre de eugenesia, y su fin es modificar la herencia genética para mejorar la especie. Este concepto dio paso a prácticas tan extremas con la esterilización forzada en prisiones. Se pensaba que, eliminando la capacidad de reproducción de algunos criminales, podría reducirse la incidencia de la delincuencia. Estos programas se llevaron a cabo en numerosos países, como Suecia o Canadá, y la Corte Suprema de EE UU llegó a respaldar, en 1927, la constitucionalidad de estas prácticas aplicadas a presos con trastorno del desarrollo intelectual.

Ni la genética ni la apariencia tienen la objetividad suficiente para categorizar el bien y el mal

Ya se ha demostrado que existen factores genéticos y biológicos que pueden influir en el comportamiento antisocial, sin embargo, per sé, no justifican la criminalidad. Por mucho miedo que pueda suscitar un rostro, no existen pruebas fehacientes de que la morfología física esté relacionada con la capacidad delictiva. Pero la sugestión lleva a la subjetividad, y esto no sucede solo con quienes tienen cara de malo, ocurre también con la belleza: tratamos mejor a las personas que consideramos guapas. La psicología explica que suele percibirse la belleza como un estímulo agradable, por eso prevalecería cierta indulgencia, permisividad y empatía hacia quienes nos agradan. El mecanismo mental que se produce es el de la idealización y proyección. Atribuimos características placenteras a lo que consideramos hermoso, porque nos gusta, nos encanta, y la etimología lo explica: la palabra encanto viene del latín incantare, es decir, cantar, recitar, hechizar. La belleza puede hechizarnos hasta perder el juicio.

El aspecto físico de algunos convictos parecería chocar con los crímenes perpetrados. Sucedió en las redes sociales con Daniel Sancho. Entre los comentarios sobre el supuesto crimen, se entremezclaron los relacionados con su aspecto. Una parte de la sociedad parecía buscar explicaciones que le exculparan, porque, claro, cómo alguien con tal rostro angelical podría ser capaz de descuartizar a una persona… No en vano a los condenados se les recomienda presentarse con buena apariencia al juicio. Además de mostrar respeto al tribunal, se trata de otra técnica de sugestión.

Ni la genética ni la apariencia tienen la objetividad suficiente para categorizar el bien y el mal. Resulta, a veces, natural atribuir valoraciones positivas o negativas según el aspecto, pero basarse en ello con softwares o legislaciones, podría llevar a una distopía orwelliana. Por ello, ante proliferaciones de innovación tecnológica, podría resultar útil una regresión a la sencilla cultura popular: las apariencias engañan.

Biografía

Carmen Corazzini estudió periodismo y Comunicación Audiovisual. Se especializó con un máster en ‘Estudios Avanzados en Terrorismo: análisis y estrategias’ y otro en ‘Criminología, Victimología y Delincuencia’.

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