Cultura entre rejas: teatro, libros y segundas oportunidades en la cárcel de Wad-Ras de Barcelona

La cultura es reinserción

Las internas organizan actividades culturales para sobrellevar el día a día y fomentar la convivencia El estigma y las dificultades laborales marcan el camino una vez fuera del centro

RTVE.(YAEL CARRASCO). FOTOGRAFÍA:IA.- En la prisión de Wad-Ras de Barcelona hay un único acceso: un arco de piedra, con las banderas española y catalana, a un lado. Al avanzar, cuatro farolillos que no acaban de iluminar, no acompañan. Y ocho escalones. Una puerta verde y naranja se abre y se cierra antes de llegar a la siguiente.

La seguridad está pendiente de todo: no se hace ningún movimiento sin supervisión. Un detector de metales, una garita, taquillas… y más adelante, otro control. Dentro, el primer módulo: paredes blancas y beige, o blancas y verde claro, según el pasillo. Llevan a las aulas de formación, a una biblioteca, a una cocina, a un salón de actos y a celdas donde duermen desde una a seis personas. El interior no destaca por tener barrotes, ni siquiera en las ventanas. Hay un espacio relajado de convivencia y las reclusas se mueven con relativa libertad. «No es como la gente se imagina», explica Gema, interna del centro. «Aquí puede haber discusiones, claro. Algún grito… pero no pasa de aquí», asegura.

En el centro viven 124 internas: algunas esperan juicio y otras cumplen condena. El espacio del centro es limitado y, por lo tanto, la falta de intimidad es constante. Las reclusas comparten espacios, rutinas y las jornadas se pueden hacer largas y repetitivas.

Las agentes culturales

Por ello, dentro de los muros es necesaria la actividad, y buena parte nace de las mismas internas. Un grupo de entre 12 y 15 mujeres se reúne cada semana bajo el nombre de agentes culturales. De manera voluntaria, organizan actividades como talleres, proyecciones u obras de teatro. «Reutilizan materiales: cartones, rollos de papel… son muy ecologistas y creativas», explica Emma, integradora social. «No nos queda otra», matiza Laura, que forma parte del grupo desde hace cuatro años.

Surgen ideas, las ponen en común, las debaten. Ideas que después pasan por un filtro de dirección, pero que, en la mayoría de los casos, salen adelante.

Cultura para evadirse y para crecer

Más allá del entretenimiento, las actividades tienen un impacto directo en el día a día de las internas. Para muchas, es una manera de crear vínculos. «Se mantienen activas, conocen a otras compañeras, mejoran la comunicación… Vienen chicas con poca autoestima que entran y se transforman», afirma Emma.

Este grupo me ha ayudado a crecer como persona

«Cuando entré era muy tímida», explica Arletys, que hace dos años que está en el centro. «Este grupo me ha ayudado a crecer como persona», asegura. Lee, escribe y aprovecha cualquier momento para desconectar. «Escribo sobre cómo me siento y hago cartas dirigidas a mi hija de seis años, que algún día podrá leer», exterioriza.

«Es difícil encontrar un espacio de tranquilidad. Los libros son mi manera de evadirme«, expresa Laura. Una forma de olvidar por un momento donde están. «Ahora estoy leyendo una novela de terror», dice.

El peso de los prejuicios

Si dentro el reto es hacer pasar el tiempo, fuera lo es volver con una etiqueta difícil de borrar. «Hay muchos prejuicios», explica Gema, que ya ha salido de la prisión —esta es su segunda estancia— y que evitaba explicar de dónde venía. «No es bueno para el currículum», asegura. Un recelo incluso de antes de entrar. Algunas internas reconocen que llegaban con una idea muy diferente. «El primer día tuve que llamar a mi madre para que me llevara ropa. Pensaba que nos darían monos naranjas, como en las películas», recuerda Arletys. «Vis a Vis ha hecho mucho daño», lamenta Gema.

Precisamente, algunas de las agentes culturales también forman parte de la comisión de acogida y ayudan en la adaptación de las nuevas internas. «Sabemos lo que es entrar con miedo. Intentamos tranquilizarlas y hacerles entender que es un proceso».

Formación y oportunidades laborales

Como una forma de combatir el estigma social, el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña impulsa programas de formación. Este año, ha destinado cerca de dos millones de euros y ha beneficiado a más de 500 reclusos. Los cursos permiten obtener certificados profesionales sin que conste que se han cursado en la prisión…………….

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