Con la lección aprendida: estudiar la carrera entre rejas

Veintidós internos del centro penitenciario de Villena cursan estudios universitarios a distancia desde la prisión mientras cumplen su condena

EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.(MERCEDES GALLEGO). FOTOGRAFÍA:PIXABAY. Representan poco más del 2 % de la población reclusa del centro penitenciario Alicante II-Villena pero, aun así, hacen realidad con creces el artículo 25 de la Constitución, ese en el que reza que «las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción social». Son los presos (una vez dentro el delito pasa a ser algo secundario) matriculados este curso en diferentes grados gracias al Programa de Estudios Universitarios en Centros Penitenciarios (PEUCP), fruto de un convenio suscrito entre los ministerios del Interior y de Defensa y la UNED que, con la inestimable ayuda de la figura del asesor, se encarga de la formación universitaria de los internos: más de un millar (1.087) en el conjunto de las prisiones del país de los que 22 (21 hombres y una mujer) se encuentran cumpliendo condena en la de Villena.

A ellos hay que sumar en este centro los 9 alumnos del curso de acceso a la universidad para mayores de 25 (7) y de 45 (2) al margen de los 350 que acuden a diario a la escuela de la prisión, lo que eleva a más del 35 % los internos que, en diferentes niveles educativos, están aprovechando su tiempo en cautividad para formarse.

Los universitarios

De diferentes nacionalidades (en la prisión hay 46 con el 23 % de foráneos frente al 77 % de nacionales), España es el país que más universitarios aporta a este programa con 18 matriculados seguido de Marruecos (1), Rumanía (1), Chile (1) y Rusia (1).

En cuanto a preferencia de estudios, gana por goleada Derecho con 10 estudiantes («yo quería entender el porqué de mi condena», argumenta uno de ellos). Por ADE este curso se han decantado cuatro, dos por Psicología y hay uno en Trabajo Social, Filosofía, Antropología, Geografía e Historia, Turismo y Pedagogía, que estudia Carolina, la única mujer del grupo de los 22 universitarios de la prisión.

Poco distan de la calle las exigencias tras las rejas en cuanto a formación y requisitos para acceder a una beca. Resultados académicos y nivel económico son la clave. Las condiciones en que se estudia es otro cantar. Objetos de uso cotidiano para ayudar en las largas veladas frente al libro cuando la celda se cierra, como pueden ser un termo con agua caliente para una infusión o un café y un flexo, son un lujo intramuros que ha de solicitarse y, por motivos de seguridad, concederse. O no. Lo mismo que el acceso libre a internet que, por idénticas razones, está capado y solo permite navegar por la plataforma de la universidad. O la recepción de apuntes u otro material de estudio desde de la calle, sometido también a control ante la imposibilidad de escrutar todo lo que entra, y donde la figura del asesor de la UNED (Jesús Ayala se llama quien desde hace una década viene haciendo de este cometido una de las razones de su vida) cobra un papel esencial. Poder documentarse en fuentes abiertas, como otros estudiantes, o hacer prácticas monopolizan buena parte de unas demandas de difícil solución.

Porque lo de no compartir celda para facilitar el estudio en un penal donde todas son dobles, aunque no siempre es posible, sí que se intenta y se consigue en la mayoría de los casos. Ayuda el hecho de que una prisión con capacidad para 1.300 internos esté ocupada en estos momentos por 1.062 (1.027 hombres y 36 mujeres).

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