Avanzando en el largo camino que resta por recorrer
Sara Lendínez, coordinadora del programa, explica cómo ha sido la formación en validación de lectura fácil en la prisión de Estremera a reclusos con discapacidad intelectual.
20 MINUTOS, CAPACES.(ALBERTO BAROLOMÉ). FOTGRAFÍA:PIXABAY. Once internos con discapacidad intelectual o del desarrollo y cuatro compañeros de apoyo del Centro Penitenciario Madrid VII (Estremera) han recibido un diploma que los acredita como validadores de lectura fácil, un oficio en auge que fomenta la accesibilidad cognitiva y abre la puerta a la reinserción. Ser validador significa comprobar que un texto adaptado es realmente comprensible, garantizando el derecho de todas las personas a entender la información que les afecta.
Plena Inclusión Madrid ha demostrado que la inclusión también puede florecer en los lugares más insospechados. En colaboración con Instituciones Penitenciarias, la federación ha formado a quince personas privadas de libertad en validación de textos adaptados, un proceso que permite que documentos, guías o normativas sean comprensibles para todos. Detrás del proyecto está Sara Lendínez, que coordina el programa de Acceso a la Justicia y el Ámbito Penitenciario y que trabaja cada día por romper las barreras invisibles de la comprensión.
La iniciativa nació de la unión entre los equipos de Accesibilidad Cognitiva y Exclusión Social de la organización. Lendínez explica que, al trabajar en el módulo específico para personas con discapacidad intelectual de Estremera, se dieron cuenta de que muchos internos no comprendían las normas, documentos o comunicaciones básicas de su entorno. Esa falta de comprensión generaba dependencia, ansiedad y desinformación. “Pensamos que si les ofrecíamos formación como validadores de lectura fácil, no solo entenderían mejor su contexto, sino que también podrían formarse en una profesión con futuro”, señala.
“Lo vivieron como una oportunidad de crecimiento personal”
La formación, de 25 horas de duración, fue impartida por expertas de la federación madrileña y despertó un entusiasmo inesperado entre los participantes. “Desde el primer día se mostraron motivados y participativos. Lo vivieron como una oportunidad de crecimiento personal”, recuerda Lendínez. El curso culminó con la entrega de diplomas oficiales, en un acto donde se respiró emoción, orgullo y esperanza. Para muchos de ellos, recibir ese reconocimiento fue un antes y un después. “Pasaron de verse como receptores de apoyos a verse como personas que pueden aportar”, explica la coordinadora. Ese cambio de mirada tuvo un impacto directo en su autoestima y en su sentido de pertenencia. “Se sienten válidos, escuchados y con capacidad de ayudar a otros”, añade.
El programa no solo ha sido formativo, sino también profundamente humano. Lendínez destaca la convivencia entre los once participantes con discapacidad intelectual y los cuatro internos de apoyo, que actuaron como dinamizadores. “Aprendieron juntos. Los internos de apoyo descubrieron nuevas formas de comunicarse y desarrollar empatía, y las personas con discapacidad se sintieron comprendidas y valoradas”, apunta. La experiencia demostró que el aprendizaje compartido transforma tanto como enseña.
“La motivación del grupo superó cualquier barrera”
El proceso no estuvo exento de desafíos. Impartir formación dentro de una prisión supone adaptarse a un entorno restrictivo y a ritmos distintos. “Al principio las sesiones eran demasiado largas, y vimos que necesitaban pausas para mantener la atención”, cuenta Lendínez. También hubo que superar obstáculos logísticos, desde introducir materiales hasta coordinar horarios con los equipos de seguridad. “Pero la motivación del grupo superó cualquier barrera”, subraya. Detrás del éxito de la iniciativa hay un equipo de mujeres que creen firmemente en la educación inclusiva. Dos formadoras del área de Accesibilidad Cognitiva se encargaron de las clases, mientras que Sara y su compañera del ámbito penitenciario acompañaron el día a día, manteniendo el contacto con los alumnos para reforzar contenidos y evitar la desmotivación. “En algunos momentos surgían frustraciones, pero siempre logramos que siguieran adelante”, recuerda.
Para Lendínez, la accesibilidad cognitiva es una auténtica herramienta de reinserción. “Cuando una persona entiende la información que le afecta, puede tomar decisiones, ejercer sus derechos y participar en la comunidad. Eso es empoderamiento”, afirma. En su opinión, enseñar a comprender y enseñar a enseñar son dos caras de la misma moneda: “Ellos no solo han aprendido a entender, sino a ayudar a otros a entender, y eso multiplica su valor dentro de la prisión y en la sociedad”.
El proyecto tendrá continuidad. En las próximas semanas, cinco de los internos formados serán contratados como validadores de textos dentro de un taller productivo en el propio centro penitenciario. “Es la mejor prueba de que la formación puede convertirse en empleo y el empleo en una verdadera herramienta de inclusión”, explica Lendínez.
“El derecho a la información comprensible es también un derecho ciudadano”
La Red Adapta de Plena Inclusión Madrid será la encargada de dar seguimiento a este proceso y de integrar, en el futuro, a los validadores en sus equipos de trabajo. Esta red agrupa a personas con discapacidad intelectual que revisan textos adaptados para garantizar su comprensión. “La Red Adapta genera empleo, impulsa la autonomía y demuestra que el derecho a la información comprensible es también un derecho ciudadano”, reivindica…………………
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