Carlos Izquierdo, educador jubilado de las prisiones de Torrero y Zuera: «He tratado que la cárcel sea más transparente al exterior»

El educador social Carlos Izquierdo ha puesto en marcha programas de voluntariado en varias prisiones, desde la antigua cárcel de Torrero a la actual macroinstalación de Zuera

EL PERIÓDICO (DAVID CHIC). FOTOGRAFÍA: PIXABAY.- Pasó más de media mili en el calabozo por su «rebeldía intrínseca». Ya en esos años 70 mostraba una acusada sensibilidad social que le llevó a embarcarse en los movimientos sociales de la época. Una razón que con el tiempo le llevó a convertirse en educador social y a promover programas de voluntariado en diversas cárceles españolas. El zaragozano Carlos Izquierdo, ahora jubilado, sigue manteniendo una «profunda vocación de transformación» al considerar que si estamos aquí es para «mejorar las cosas».

Tras el accidentado servicio militar Izquierdo pasó el resto de su vida laboral entre rejas. Siempre tratando de intervenir en el bienestar de la población reclusa, a la que considera «el reflejo del país». Por eso lamenta la imagen que se da del interior de las cárceles, a pesar de las duras etapas que se han vivido en los últimos años.

El ahora jubilado, residente en Santa Isabel, recuerda que su interés por la mejora penitenciaria le llevó a entrar en el sistema como funcionario de vigilancia en la cárcel Modelo de Barcelona en 1984 para conocer la realidad del sistema «desde sus entrañas», de forma que tras completar su formación en Trabajo Social ya pudo promocionar a un puesto de educador. A lo largo de su carrera, que también ha discurrido por centros como Lérida, la antigua cárcel de Torrero en Zaragoza y finalmente la macrocárcel de Zuera, Izquierdo ha sido testigo y protagonista de la evolución del sistema penitenciario español.

Reconoce que las mejoras en el interior de las prisiones, sobre todo en el ámbito asistencial han sido evidentes. Aunque en los últimos años surjan voces que claman por una vuelta atrás. El educador social ha sido testigo en primera persona de la evolución que va desde unos años 80 marcados por la falta de recursos y los estragos de la heroína hasta la variedad de programas de intervención que se ofrecen en la actualidad. «Cuando estábamos en Torrero no existían programas de tratamiento estructurados y la labor de los profesionales se limitaba a entrevistas individuales y a una lucha constante por conseguir ayuda externa», asegura.

Izquierdo relata cómo los propios trabajadores tuvieron que salir a la calle para buscar la colaboración de entidades como Proyecto Hombre o el Ayuntamiento de Zaragoza, ante la incapacidad del sistema para gestionar las adicciones y su ruina aparejada. También fueron tiempos de gran conflictividad física, donde las agresiones con armas blancas y la tensión en los patios eran riesgos cotidianos que el personal asumía como parte del oficio. «No podemos olvidar que trabajamos en una cárcel», asegura con resignación…

 

sigue la noticia en eL PERIÓDICO.

Enlace
Ir arriba