Así es la nueva cárcel de Zubieta: «una ciudad» con todos los servicios para cumplir condena

DV accede en primicia al interior del penal que sustituirá al de Martutene. Se abrirá el lunes 15 y acogerá hasta 400 internos

EL DIARIO VASCO. (OSCAR ORTIZ DE GUINEA).FOTOGRAFÍA:IA.- Probablemente la impresión sea otra cuando entre en funcionamiento el lunes 15 y reciba los primeros internos un día de esa semana, pero, a las puertas de su inauguración, el Centro Penitenciario de Gipuzkoa –nombre oficial de la nueva cárcel de Zubieta– tiene un aspecto más de complejo para campamentos juveniles que de una prisión al uso con 400 plazas de capacidad operativa –podría llegar a 452–. Ya quisieran muchos hospedajes esos servicios: habitaciones dobles con ducha, salas de televisión, frontón, pista polideportiva, varios gimnasios, biblioteca, aulas de estudio, de lectura, de informática, de cocina, salón de actos, zona de futbolín y pimpón, espacios ajardinados… Una completa equipación para alguien que va a pasar un tiempo encerrado ahí dentro. Las 24 horas del día.

El hecho de que todas las puertas y portones permanezcan abiertas –para permitir el paso del puñado de trabajadores y reclusos que estos días dan los últimos retoques a la infraestructura, de varios funcionarios que se están familiarizando con su nuevo puesto laboral y de algún vehículo de transporte– contribuye a esa sensación, tal vez un tanto frívola, de no estar en el correccional que podríamos imaginar. Y la gran diferencia: no es lo mismo acudir como DV a una visita guiada por el viceconsejero vasco de Justicia, Alfonso Gómez, y el director de la instalación, Alfredo Gómez, que saberse a la sombra para unos años. El objetivo, explican, «es que el interno salga de aquí mejor que como entró» a todos los niveles: mental, de salud, educativo, formativo…

El penal es el edificio situado al fondo y en lo alto del polígono Eskuzaitzeta, en terrenos de Donostia en Zubieta. Se accede desde la última rotonda, que comparte con el Complejo Medioambiental de Gipuzkoa –la incineradora–. Desde aquí, una pista asfaltada de apenas 600 metros entre vegetación conduce al Centro de Inserción Social para reclusos en semilibertad, pero seguimos recto hasta la garita de seguridad junto al parking de visitas. Aparcamos y caminamos hasta un pequeño módulo hormigonado de acceso.

Para entrar, hay dos opciones. Hacerlo por la puerta grande es mala señal: está destinada a presos custodiados en vehículo policial. Y por la acristalada, que podría ser la de cualquier hospital, accede el resto: trabajadores, abogados, visitas… y presos. «Mucha gente –aclara el viceconsejero– se persona voluntariamente a cumplir una pena privativa de libertad. Sería lo normal».

Tras cruzar el umbral acristalado del pequeño módulo de acceso, está la recepción y el punto de información. A la izquierda hay una salita de espera y a la derecha, tras un taquillero, un área de atención a abogados y familias que vengan a comunicarse con algún reo. Si todo estuviera en funcionamiento, tendríamos que identificarnos y sortear un arco de seguridad con escáner, más una puerta automática.

A la salida del módulo ya estamos dentro del perímetro vallado, pero aún no entre altos muros. Hay que dar unos pasos al aire libre hasta el siguiente edificio, que acoge la zona administrativa, en la que una placa recuerda a la entrada a los tres funcionarios de Martutene asesinados por ETA. Para atravesar estas dependencias, encontramos abiertas tres barreras de barrotes mecanizadas, que un funcionario de seguridad iría abriendo desde su punto de control. Aquí no hay ninguna cerradura. Se acabó el característico clac, clac, clac de algunas dependencias de Martutene.

La plaza central

De aquí salimos a «la plaza central del establecimiento», donde podríamos cruzarnos con algún recluso que entra voluntario –acompañado siempre de un funcionario– o que sale a estudiar o trabajar, o que está haciendo labores limpieza o descarga de camiones.., como sucede en nuestra visita. Este espacio hace de distribuidor hacia un pabellón de almacenes y talleres, a la izquierda; a la derecha queda el edificio de comunicaciones, que en su primera planta tiene 21 cabinas acristaladas para que las visitas (16 cabinas) y los abogados (5) hablen con los internos a través de un cristal, y el piso superior está habilitado para encuentros más familiares o íntimos; y en el centro, la entrada al recinto residencial, el punto hasta el que se acercan los vehículos que trasladan a algún preso.

La llaman plaza central porque el centro penitenciario está diseñado con un concepto urbano, «de ciudad, con su plaza mayor, sus edificios residenciales y de servicios y sus áreas de esparcimiento», explican ambos. Una última barrera nos conduce a la zona intramuros, presidida por un corredor ajardinado que es una zona de paso alrededor de la cual se distribuyen todas las instalaciones.

El primer edificio que se observa a la izquierda es el departamento de ingresos, «que es un importante valor añadido de este centro en comparación con el anterior», explica el viceconsejero Alfonso Gómez. «Cuando un preso nuevo llega a Martutene –añade su director–, un médico y un equipo técnico con su trabajador social, psicólogo, educador…, le hace una breve valoración y le otorga un grado, normalmente el primero o el segundo. Se hace casi al momento pero en Zubieta la observación inicial se hará, como marca el reglamento, durante cinco días», en los que el recluso permanecerá en una de las 36 celdas dobles del bloque. Dependiendo más de su estado o perfil que del tipo de delito que le ha llevado a prisión, aquí se le asignará uno de los seis módulos de residencia: si es mujer irá al 1; si es varón, a uno del 2 al 6.

Tras este edificio, siguiendo el jardín central, está la enfermería. En realidad, es un ambulatorio más de la red de Osakidetza. Su planta baja tiene esa estructura: consultas médicas equipadas –odontología, ginecología…– y de enfermería, sala de espera, baños, etc. Y la superior acoge siete habitaciones con 14 camas hospitalarias para reclusos convalecientes que no precisen de un ingreso en el hospital. «Alguno, por su patología o su edad, prácticamente no saldrá de este módulo», observa Alfredo Gómez

A lo largo del otro extremo del jardín, y perpendiculares al mismo, se distribuyen los seis módulos residenciales, que en realidad son tres bloques paralelos –de dos módulos cada uno– unidos entre sí por una única fachada frontal. Desde la entrada, están enumerados de mayor a menor, del 6 al 1. Los cuatro primeros tienen 40 habitaciones dobles; otro, 48; y el de mujeres, 16. En total, 224 habitaciones y alguna más de movilidad reducida.

Todos tienen planta baja y dos alturas. En la inferior, hay un economato donde poder adquirir «tabaco, café, un helado…», un comedor, una sala con varias filas de sillas y un televisor en lo alto de una pared, alguna mesa, un futbolín y una mesa de pimpón «para los ratos de ocio», que, aunque pueda sorprender, tampoco son tantos porque «tienen bastantes actividades, con horarios muy rígidos para estudiar, trabajar, talleres, hacer deporte o estar en la celda». La idea es «que no estén dando vueltas sin nada que hacer», indica Alfredo Gómez, que lleva casi 30 años –repartidos en dos etapas– trabajando en el penal donostiarra, los tres últimos como director.

El módulo femenino difiere del resto porque es el único que solo tiene celdas en la primera planta –ocho a cada lado del pasillo, en lugar de diez o las doce del módulo 2–. Cada estancia tiene unos 10-12 metros por los 8-10 de las actuales. Incluyen una zona de baño con ducha, lavabo e inodoro de acero inoxidable, que está delimitada por unas paredes a media altura, de manera que se ve el interior, un modesto armario de obra, una litera y una ventana con rejas. Todo diáfano y sin ninguna puerta………………………….

Sigue la noticia en EL DIARIO VASCO.

Enlace
Ir arriba