El comienzo de un nuevo camino.
Las aulas de una prisión son un mosaico de alumnos que van de la alfabetización básica a la universidad. Cada progreso es una historia de éxito entre desigualdades, interrupciones y necesidades urgentes
EL PAÍS.(NACHO MENESES). FOTOGRAFÍA: IA. Cientos de vidas puestas en pausa. Esa es la sensación que empieza a permear al traspasar los muros del centro penitenciario de Zuera, en Zaragoza. Allí pagan por los delitos cometidos y buscan una forma de enderezar sus vidas. Un propósito que no es fácil, porque las circunstancias que los empujaron a delinquir (las vidas interrumpidas, la falta de esperanza o el consumo de drogas) siguen muy presentes entre rejas. El esfuerzo es notorio, pero no imposible, y muchas veces se articula desde el mismo espacio donde un día comenzó a torcerse: el aula de una clase.
Las historias que cuentan parten a menudo de hogares rotos e infancias llenas de carencias personales, materiales y emocionales. Años en los que cualquier niño debería sentirse a salvo, pero que para muchos de ellos fueron el origen de un desajuste que tardaron demasiado en comprender. No es una excusa, sino el punto de partida: falta de afecto, cambios bruscos de entorno, pérdidas tempranas, amistades equivocadas… Una cadena de pequeñas grietas que, con el tiempo, acabaron abriendo un hueco por el que cayeron sin darse demasiada cuenta.
Antonio (nombre supuesto, como el resto de reclusos que participan en este reportaje) lo explica sin dramatismos, como quien ya ha repasado su historia demasiadas veces: la muerte de su padre, un cambio de barrio y de instituto en Zaragoza, y un grupo de amigos que lo empujó en la dirección contraria a la que necesitaba. “Fue un desbarajuste mental”, recuerda desde uno de los pequeños pupitres de plástico que pueblan las aulas de Zuera. Y esa frase funciona casi como un diagnóstico retroactivo de lo que vino después: el consumo temprano, la dependencia, la incapacidad para gestionar el golpe, la condena por tráfico de drogas. Y, de fondo, la sensación de que su vida empezó a desviarse justo cuando dejó de tener herramientas para sostenerla.
Lo que ocurrió a partir de ahí se parece demasiado a la trayectoria de otros internos de cualquier centro penitenciario de España: el abandono progresivo de la escuela, los trabajos precarios, las decisiones impulsivas, el consumo para tapar lo que dolía. Las profesionales del centro lo ven con claridad porque lo han visto demasiadas veces. Y Cisne Cabrera, subdirectora de Tratamiento en Zuera, lo resume en una frase seca: muchos llegan sin saber mantener una conversación básica, sin haber tenido nunca a nadie que les enseñara a sostener la mirada, a ordenar un pensamiento o a reconocer una emoción antes de que explotara.
La relación de Antonio con la escuela siguió un patrón parecido. Hasta la Secundaria todo marchó con normalidad: sacó la ESO y completó un grado medio en automoción. Después llegaron el abandono progresivo, la falta de confianza y la idea persistente de que “no estaba hecho para estudios superiores”. Lo que no imaginaba entonces es que acabaría estudiando un grado universitario (Educación Social en la UNED) desde un centro penitenciario, con una disciplina que sorprende cuando la cuenta: mañanas de trabajo, mediodías de estudio, tardes ocupadas, noches en vela cuando hace falta y fines de semana que se alargan hasta las tantas. “Intento ocupar el máximo tiempo posible”, explica. Lo hace sin épica, como quien ha decidido que el tiempo perdido ya no se puede recuperar, pero sí se puede ordenar el que queda.
Su constancia nace de un lugar muy concreto, una hija de 10 años a la que no ha visto crecer y que es su mayor motivación. A veces duda, claro, y no faltan los días en los que se pregunta si merece la pena seguir, sobre todo cuando el cansancio aprieta o una asignatura se le hace cuesta arriba. Pero cuando eso ocurre recurre a un mecanismo sencillo: “Reflexiono. Pienso en todo el tiempo que he estado haciendo esto… ¿De qué me serviría si ahora tiro la toalla?”.
La escuela detrás de los muros
La educación en prisión no es un sistema ordenado y lineal, sino un mosaico hecho de desigualdades, interrupciones y necesidades urgentes. En un mismo módulo pueden convivir internos que nunca aprendieron a leer con otros matriculados en estudios universitarios; adultos que no completaron la Primaria con jóvenes que preparan la prueba de acceso a la universidad para mayores de 25. No existe un único perfil de alumno, y esa heterogeneidad determina todo lo que ocurre en las aulas: “Seguimos teniendo personas que entran con problemas de analfabetismo y neolectores; esos son un 5 %. Y luego tenemos gente con estudios universitarios. Entre medias está la mayoría, que suele llegar con estudios primarios o con la ESO sin terminar”, explica Lourdes Gil, coordinadora de Tratamiento de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Hay quien perdió el hilo escolar a los 12 años; quien arrastra malas experiencias con la escuela y quien vuelve a estudiar por primera vez en décadas. Para algunos, esa puerta nunca estuvo realmente abierta hasta que entraron por la del centro penitenciario.
La dimensión del reto se entiende mejor cuando se mira al conjunto. De entre una población reclusa de aproximadamente 51.000 personas (las que dependen de la Administración General del Estado, dejando fuera a Cataluña y País Vasco), casi 19.100 participaron el año pasado en alguna actividad educativa. Una cifra que incluye desde programas de alfabetización y español para extranjeros hasta la ESO, FP, cursos de competencias y grados universitarios gracias a la colaboración con la UNED, entre los que destacan Derecho, Psicología, Administración de Empresas, Criminología o Trabajo Social. Sin olvidar, además, formaciones muy demandadas para el empleo como cocina, panadería, soldadura o jardinería que se imparten a través del SEPE, que expide las correspondientes certificaciones profesionales. Solo en 2024, se formaron en estos cursos un total de 11.123 personas, unos 10.000 hombres y 1.000 mujeres: una diferencia que puede parecer exagerada pero que está en línea con el peso de ambos géneros entre la población penitenciaria (un 93 % de hombres y un 7 % de mujeres).
En un centro como Zuera, explican sus responsables educativas, cada grupo es un mundo: estudiantes que empiezan desde cero, internos que repiten niveles para consolidar lo que nunca pudieron aprender bien, extranjeros que apenas entienden el idioma y alumnos que avanzan con soltura hacia etapas superiores. No hay dos aulas iguales, ni dos ritmos comparables.
A esa diversidad se le suman obstáculos que van más allá de lo académico. La realidad de los presos es con frecuencia compleja, y resulta difícil abstraerse de los problemas que llevan en la mochila, ya sean drogodependencias, problemas de conducta o necesidades económicas. Muchos internos necesitan trabajar en los talleres productivos —fabricación de piezas para coches, montaje de lámparas, perchas… depende de cada centro y del tejido empresarial que lo rodea— o en servicios como la cocina y la lavandería del propio centro para enviar dinero a sus familias o cubrir unos gastos mínimos. Esos ingresos, pequeños pero imprescindibles, chocan con los horarios de clase y con frecuencia les obligan a elegir, aunque el equipo del centro hace lo que puede para hacerlo posible. “Cuando tú estás en la cárcel y te dan la oportunidad de trabajar y ganar 200 o 300 euros, decirles ‘primero la escuela’ es complicado. Muchos apoyan a su familia con ese dinero”, reconoce Gil.
Para otros, la brecha digital es todo un abismo: llegan sin haber usado un ordenador, sin correo electrónico ni documentos básicos, y tienen que empezar desde cero mientras completan cursos de competencias o incluso de inglés. “Hay gente que nunca ha visto a un médico de familia. No les puedes hablar de brecha digital porque no saben ni qué es brecha ni qué es digital”, señala Gil.
Para quienes estudian en la UNED, como Antonio, la distancia se amplifica: “La barrera es la incomunicación. No puedo hablar directamente con el tutor ni entrar en la plataforma; todo lo hago a través de las coordinadoras académicas o del asesor, que viene una vez por semana. Si tengo una duda, la envío y espero días. Es un proceso más largo, pero si ya estás encaminado en algo que te va a venir bien para el futuro, continúas y no pierdes el empeño”. En ese contexto, cada avance es frágil, pero también significativo: el aula se convierte en uno de los pocos lugares donde el tiempo deja de ser un paréntesis y empieza a tener una dirección, porque si algo está claro es que la educación suma: la gente crece en autoestima, crece como persona y se enfrenta mejor a una realidad que es compleja y que va a ser muy difícil.
“Lo educativo, en general, cuesta. Estamos hablando de personas adultas para las que la educación no ha entrado nunca en sus necesidades vitales”, resume Gil. La frase parece sencilla, pero lo explica casi todo: para muchos internos, estudiar no es solo una oportunidad tardía, sino un aprendizaje emocional que exige revisar miedos, hábitos, renuncias y una relación con el saber que nunca llegó a construirse fuera. Ese es, quizá, el primer paso para empezar a ordenar su vida desde otro lugar.
Un nuevo punto de partida
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