El hombre que pasó 15 años en prisión por unas violaciones que no cometió recibe la indemnización de 2,5 millones del Tribunal Supremo con alegría, pero con un mensaje para las futuras generaciones de jueces y fiscales: “Ni un inocente en la cárcel, venga de donde venga, sea como sea”
ELDIARIO.ES (Alberto Pozas). FOTOGRAFIA: IA.- Ahmed Tommouhi tenía 40 años cuando fue detenido por la Guardia Civil en una pensión de Terrassa (Barcelona). Era noviembre de 1991 y los agentes llevaban meses buscando a los autores de varias violaciones a jóvenes en distintas zonas de Catalunya. El marroquí, que había llegado a España desde Nador para trabajar un tiempo como albañil, entró en prisión provisional y no salió de la cárcel hasta 15 años después, condenado por varias agresiones sexuales y robos que no cometió.
El Tribunal Supremo ha reconocido, más de tres décadas después, que los jueces se equivocaron en su caso y le han reconocido una indemnización de dos millones y medio de euros. “No me van a devolver mi juventud, no me van a devolver mi vida”, lamenta hoy Tommouhi. Su nieta Firdaous ayuda a salvar la barrera del idioma: “Dice que eso le acompaña toda la vida. La prisión injusta no solamente te roba años, te obliga a vivir con una herida que no siempre se ve”.
Su caso ha sido cerrado este mes de junio por parte de la sala tercera del Tribunal Supremo. Los jueces, casi 35 años después de su arresto en aquella pensión, han reconocido lo que él sabía desde su primera noche en el calabozo: que fue condenado por varias violaciones que cometió otro hombre. Los tribunales de Catalunya que le juzgaron y condenaron tanto en Barcelona como en Tarragona no tuvieron en cuenta correctamente una prueba fundamental: los análisis de restos biológicos que descartaban que él y su compañero de imputaciones fueran los culpables. A Tommouhi le reconocen, por la vía del error judicial, una indemnización de dos millones y medio de euros. A Abderrazak Mounib, el otro arrestado y encarcelado, no hay nada que reconocerle: murió hace 26 años de un infarto en su celda de Can Brians.
La historia de Tommouhi y Mounib ha quedado perfectamente documentada casi desde esos días de noviembre de 1991. En la prensa, en los archivos judiciales y, sobre todo, en el libro Justicia poética (Península, 2025) del periodista Braulio García Jaén, que unifica en un relato montañas de legajos, atestados, declaraciones e injusticias. Y todo confluye en la sentencia que el Tribunal Supremo hizo pública el pasado 18 de junio, anunciando que Tommouhi será indemnizado con 2,5 millones de euros por un error garrafal de los magistrados que le juzgaron en los años noventa: “El tribunal que le condenó no valoró, a pesar de que fue admitida, una pericial biológica”. Una prueba que demostraba que su perfil genético no estaba entre los restos encontrados en la ropa de una de las víctimas.
La historia de Tommouhi es la de un inocente que pasa 15 años en la cárcel, pero también la de unas víctimas desprotegidas cuyo agresor siguió en la calle violando a más mujeres mientras los falsos culpables cumplían su condena. Porque en 1995 las pruebas demostraron que al menos una de esas agresiones sexuales había sido cosa de Antonio García Carbonell, que guardaba un parecido físico sorprendente con Tommouhi. Una de sus condenas fue anulada, pero los distintos tribunales, incluido el Supremo, rechazaron que el hallazgo permitiera revisar y tumbar sus otras condenas. No salió de prisión hasta 2006. Numerosas víctimas y testigos le habían señalado como el autor y eso pesó más que otras pruebas relevantes, algunas como el análisis de ADN que ni siquiera fueron tenidas en cuenta.
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