La cárcel infinita del atracador José, 73 años, medio siglo preso y condenado hasta que cumpla los 128: «Es una pena de muerte en diferido»

¿Existe la proporción?

Lo suyo fue robar bancos. No cometieron asesinatos ni violaciones. Pero vieron cómo De Juana Chaos o Miguel Ricart salían libres y ellos no. Los juristas piden humanizar las condenas para estos reclusos comunes. En España hay 200 presos en una situación sin salida

EL MUNCO. (PEDRO SIMÓN). FOTOGRAFÍA: PIXABAY.

Va a hacer 74 años y suma 45 preso. No ha matado ni violado a nadie y lleva encarcelado toda su vida: hasta que no cumpla los 128 -esto es, hasta que no pague 55 años más de condena-, no quedará libre. Lo suyo ha sido atracar bancos y furgones blindados. Decenas y decenas de ellos: él calcula que unos 200. Casi siempre de la misma manera.

Entraba a cara descubierta a la entidad.

Guardaba respetuosamente su turno.

Cuando le llegaba el suyo, sacaba su pistola Makárov y apuntaba al empleado.

Decía que no quería hacer daño a nadie.

Se llevaba el dinero.

Esta es la historia del recluso infinito. Estaba preso con Adolfo Suárez y lo sigue estando con Pedro Sánchez. Lo estaba cuando había céntimos de peseta y sigue ahí dentro con las criptomonedas. Con Kubala entrenando a la selección de fútbol y cuando murió Elvis Presley.

Esta es la cárcel hiperbólica de un atracador de bancos incorregible que hoy pena en la prisión de Valdemoro. Internos de aquella España quinqui que no llevaban puesto un pasamontañas y una txapela sino -como mucho- una media barata en la cabeza; tipos que nunca ocuparon las portadas por estar detrás de masacres terroristas ni de asesinatos horrendos, pero que compartieron cárcel con De Juana Chaos o con Miguel Ricart para luego ver con estupor cómo aquellos salían en libertad y ellos se eternizaban dentro.

Esta es la cadena perpetua encubierta del recluso José Manuel Espada Prieto, alias El Tarta (Madrid, 12 de agosto de 1951). Pelo blanco. Gafas. Salud de hierro. Cero drogas. Dos hijos. Cuatro nietos. Con el estigma del tartamudo al decir -por ejemplo- esto es un atraco. Pero con una hermosa caligrafía a juzgar por la correspondencia suya que tenemos delante.

Si la prisión permanente revisable (la pena máxima del Código Penal) conlleva el cumplimiento de hasta 35 años de cárcel (después de los cuales el penado tiene derecho a una revisión), para lo que son como él la situación es distinta: atracadores de bancos de los años 70 y 80, fuguistas que escapaban de cualquier manera, reincidentes que quebrantaban una y otra vez la condena… Ese es el perfil. Se calcula que en nuestro sistema (59.000 internos) hay unos 200 presos veteranos en una situación parecida a la de Espada Prieto.

Basta una búsqueda en Google para saber que José Manuel ya estaba ahí antes que el propio Google.

En 1987, la noticia decía que dos prófugos fueron detenidos después de diez atracos en cuatro comunidades autónomas. Se habían fugado de la prisión de Ocaña. Uno de ellos era José Manuel.

Por entonces, tenía 35 años.

En 2004, la noticia decía que ese mismo preso pedía el indulto alegando que ya llevaba cumplido el cuarto de siglo entre rejas y que había sido condenado por tres atracos cometidos cuando él ya estaba encerrado. A la sazón, había pasado por todas las cárceles y acumulaba más de ocho décadas de penas.

Por entonces, tenía 52 años.

En 2018, la noticia decía que había sido detenido por los GEO varias semanas después de atracar a cara descubierta y con «pasmosa tranquilidad» una sucursal de Eurocaja Rural en Toledo; que lo había hecho aprovechando un permiso en Alcalá Meco, tiempo que había invertido en dar nueve golpes en menos de un mes; que el día de su regreso a la acción llevaba una semiautomática del calibre 9 mm; que primero hizo cola en ventanilla y que, al llegar su turno, le preguntó a la empleada que cuánto era el tope de dinero que podía sacar; que ésta le contestó que 3.000 y que José Manuel le mostró el arma, le dijo «no le voy a hacer daño» y luego se llevó 6.000 euros.

Por entonces, tenía 66 años.

«El bien más protegido no es la vida, es el bolsillo del banquero»

José Manuel Espada, persona presa

-¿Cómo fue tu infancia?

-Mi madre se dedicaba a sus labores y mi padre era directivo de empresa. Mi infancia fue feliz, sin pasar carencias. Mis padres se preocupaban por mí y de mi educación, acudiendo a colegios privados. Un 10 para ellos.

-¿Cómo fue el primer atraco?

-Cuando empecé, tenía 17 años. Estudiaba el PREU y asalté el primero banco con tres compañeros de curso. ¿Por qué? Bueno, digamos que fueron un conjunto de razones las que me impulsaron a decidir asaltar un banco, no siendo la menor de ellas el ver una fotografía en la que unos agentes de la Guardia Civil, armados hasta los dientes, expulsaban a unos ancianos decrépitos por una deuda ridícula (no más de 15.000 pesetas) con un banco. Así que me vengué del acreedor tocándole donde más le duele: el bolsillo. Luego me enteré de que el dinero lo cubría la compañía de seguros.

Hablamos con José Manuel gracias al intercambio de cartas. Buscábamos a un recluso que ejemplificara la situación de los dos centenares de presos que en España tienen sus vidas entre rejas cronificadas y de vuelta nos vino su historia: casi 74 años, ni un solo muerto en su haber, ni un solo delito sexual, un siglo de condena real a pagar.

La explicación es compleja. En nuestro país, las condenas tienen un límite: el triple de la pena máxima (alguien que acumula 20 condenas con dos años de cárcel cada una -pongamos- solo cumple seis). Ahora bien, para que las penas se acumulen es necesario que puedan ser juzgadas en un solo acto: cuando un etarra era detenido, por ejemplo, era juzgado por todos sus asesinatos y se le aplicaba el precepto anterior.

¿Qué ocurre con los Espada Prieto? Que su dinámica delincuencial (atraco-cárcel-fuga-nuevo atraco-nueva cárcel-nueva fuga) les imposibilita gozar del beneficio aquel. La doctrina considera que, si no se hiciera así, sería como hacerles entrega de un cheque en blanco para seguir cometiendo actos ilícitos.

De resultas, puede pasar más tiempo preso un tipo que atracó 20 bancos que otro que es juzgado por matar a 20 personas; puede comerse mucha más cárcel uno que reventó 10 furgones y se fugó otras tantas veces que otro que fue detenido por violar a cinco mujeres.

Volvemos con Espada Prieto, al que hemos dejado con el bolígrafo en alto pensando qué respondernos.

«Lo nuestro es una pena de muerte en diferido», escribe. «Todo eso de lo que lo que más importa y de que el bien jurídico más protegido es la vida es mentira. Queda muy bien ante los mass media y la opinión pública decirlo, pero es falso. El bien más protegido es el bolsillo de los banqueros. Puedes violar a su hija y matar a su padre que siempre encontrarán una excusa: la hija lleva minifalda y va provocando, el padre tiene muy mala boca, etc. Pero si tocas el bolsillo de los banqueros… ¡ah!, eres un canalla, un criminal, un gánster. ¡A la cárcel con él! ¡Y que no salga!».

«Estas penas son más gravosas que la prisión permanente revisable»

Antonio del Moral, magistrado

Antonio del Moral es uno de los juristas más brillantes de nuestro país, fue uno de los jueces del procés, es magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo y uno de los mayores especialistas en la materia: se declara un apasionado estudioso de «la acumulación de condenas». A su juicio, «este tipo de penas son, de facto, más gravosas que la regulada prisión permanente revisable«.

Le preguntamos a fondo por el asunto que nos ocupa y Del Moral nos remite amablemente a algunos escritos en los que ofrece su opinión al respecto.

En ellos, someramente, dice tres cosas:

1. «Que no exista ni pena de muerte ni cadena perpetua, al menos en su forma más simple y cruda, no debiera servir de coartada para taparse los ojos ante situaciones penales que pueden ser tan lesivas de la dignidad humana como la pena de muerte o la prisión a perpetuidad».

2. «Desconcierta que culturas que rechazan de plano la condena a muerte como un atentado a la dignidad humana admitan sin pestañear las penas de larguísima duración, incluida la cadena perpetua (con ese nombre o sin él). Una sociedad verdaderamente humana ha de tratar a todos como recuperables«.

3. «Se puede despojar de la libertad ambulatoria. Pero no se puede expropiar la esperanza; el derecho a recomenzar; esa luz natural, aunque llegue trémula y escasa por unas rendijas. Esa es la piedra de toque de un sistema penal compatible con la dignidad del hombre. Por eso hay tanto en juego en estos temas: no son puros tecnicismos o problemas dogmáticos. Está en cuestión la legitimidad del derecho penal»………..

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