«Todos son recuperables, todos tienen su momento»

Humanidad. El capellán penitenciario es una de las caras visibles de la lucha que, con pocos medios, dos centenares de personas llevan a cabo cada día para reintegrar en la sociedad a los presos

EL COMERCIO (OCTAVIO VILLA).FOTOGRAFÍA (O.V).- Hay un artículo de la Constitución Española que las cerca de 1.200 personas que todos los días están en la cárcel de Asturias, entre internos, funcionarios y miembros de organizaciones de apoyo, desde la Iglesia hasta el Colectivo Na Cai, tienen interiorizado: el 25.2, que dispone que las penas privativas de libertad «estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados». Y garantiza que tendrán «acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad».

Es lo primero que el capellán de la prisión asturiana, el sacerdote jesuíta José Antonio Quintana, hace ver a EL COMERCIO durante la visita que este periódico pudo efectuar a la cárcel esta semana. Es lo primero que comenta el coordinador de actividades del Centro de Integración Social Urriellu, el de los internos en tercer grado, José Luis Martín, que también es psicólogo. Y también, traspasada la primera puerta de barrotes, hace notar el funcionario J. P. al periodista. «Aquí tenemos la función de mantener a 916 personas cumpliendo una condena, sí, pero también de ayudarles para cuando vuelvan a la calle».

  • Penas privativas de libertad y medidas de seguridad Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad.

Porque vuelven, y no pueden hacerlo «como bombas de relojería». A veces lo hacen, porque en ocasiones no son suficientes 25 años en un módulo para reorientar a la persona. Hay presos que no tienen ninguna razón por la que luchar, familia, una persona por la que sientan algo. Ni siquiera una afición. En la prisión asturiana son más del 10%. «92 presos, los que nunca tienen una visita, nadie les espera fuera, y viven en una situación de abandono tremenda». Con este tipo de presos, muchos de los cuales se encuentran en el módulo más duro, el de aislamiento, el trabajo de funcionarios y voluntarios es especialmente complejo. Son personas rotas que pueden acabar de disgregarse ellos mismos o pueden romper con todo. «¿Son irrecuperables?», pregunta el periodista, que ha aterrizado en prisión como un alienígena. «Todos son recuperables, todos tienen su momento», contesta rápido el capellán, secundado por el funcionario y el psicólogo. Se trata, precisamente, de eso. De escuchar y observar mucho, de forma activa, buscando ese lugar a veces tan remoto del fondo del discurso del recluso, ese punto de donde engancharse para sacarle adelante, para motivarle para esa reeducación previa a una reinserción efectiva.

Pero no se engañan. En todos los casos es difícil lograrlo, y en algunos acaba siendo imposible. «este es un mundo de oscuridad y tristeza pese a la labor de gente como la Cruz Roja, Adsis, Proyecto Hombre, Cáritas, Plena Inclusión, los trabajadores sociales, los evangélicos, Na Cai o la pastoral penitenciaria. Todos somos un colchón para apoyar la labor técnica y terapéutica de los equipos y los programas de cada módulo», indica el padre Quintana, mientras una presa ucraniana se le acerca en el módulo de mujeres para pedirle si fuera posible «una Biblia en ucraniano o ruso». Ante la respuesta en positivo, ella insiste: «O algunos libros en ucraniano, por favor».

El suyo es un caso duro, pero sencillo. Tiene a su marido en la misma prisión, tiene cosas que le interesan. Tiene motivos para luchar contra las muchas dificultades y salir adelante. Y te mira directamente a los ojos. Otras reclusas tratan de mostrar normalidad, pero rehúyen la mirada. Y eso que están en el módulo más positivo, en el que en la pared del patio se inscriben mensajes como ‘mi mente es mi libertad’ o ‘libre de corazón’.

Durante el recorrido por la prisión, que coincide con las horas de la mañana entre la primera actividad y la segunda, los reclusos de la Unidad Terapéutica y de los módulos de respeto (las zonas de la prisión a la que la mayoría aspira, por el buen ambiente entre los propios presos y por la garantía casi absoluta de que no va a ocurrir nada malo), todos saludan al padre o se ponen a hablar con él. Algunos, para algo tan sencillo como pedirle un bolígrafo azul o que les facilite el contacto con un abogado. Otros, para eternos discursos en los que entre mucha paja surge a veces un diamante en bruto. O nada. Pero escuchar es también un valor. A veces, lo único que de verdad necesitan.

El padre Quintana, desde 2015

En la prisión asturiana solo se escuchan palabras de agradecimiento hacia Quintana. El funcionario que acompaña la visita se deshace en elogios en el despacho, tras el recorrido: «El padre sabe ganarse a los funcionarios, y es muy humano con los internos. Ha reactivado la pastoral penitenciaria, haciéndola muy manejable a base de un trabajo muy duro y haciendo las cosas muy bien».

Y pone como ejemplo que «en el módulo de aislamiento» -el más duro, el de los presos ‘nocivos’ según la antigua nomenclatura, que hoy son ‘polirreincidentes’- se acabaron las actividades formativas y él, en dos días, lo tuvo todo montado y funcionando de nuevo. Se ha ganado el cariño de funcionarios e internos» desde que en 2015 asumió una tarea que él mismo reconoce, en un momento de debilidad, como «agotadora». Con la fe como salida, sí, pero también con talleres de inglés, de pintura, música, habilidades sociales, autocontrol. La pastoral es todo eso. Y más.

Por partes. La pastoral penitenciaria es, por supuesto, «la presencia de la Iglesia entre los privados de libertad. Estamos en las cárceles desde su fundación, y tratamos de conectar a la persona con su entorno familiar y social y con su parroquia, porque aquí dentro hay gente que lo pasa muy mal por esa separación del mundo, mientras fuera, en general, hay una visión muy negativa sobre ellos».

Pero es mucho más. Tiene una dimensión social, con programas de apoyo en los estudios para los más jóvenes, coordinada con los profesores que pone la Consejería de Educación, o fomentando que tras cumplir con la ESO (y «aquí todavía se ve que el analfabetismo no está erradicado en nuestra sociedad») los jóvenes se reenganchen con la Formación Profesional, «en la que ahora hay 40 alumnos en el centro, de los que la institución asume la gestión de la matrícula. Los chavales ven que son estudios asequibles y con un clara finalidad de inserción laboral, y suelen ser personas con una inteligencia práctica y manipulativa grande, lo que cuadra muy bien con la FP». Ver que hay un futuro con un sueldo y una vida ordenada es, a veces, la clave.

Otro aspecto social es el de la acogida, en colaboración con la Asociación Entainar, que gestiona el piso que la diócesis pone, con cinco plazas, a disposición de los reclusos que tienen salidas puntuales y ningún hogar al que acudir. Y la acogida definitiva de gente sin familia cuando salen de la cárcel. Un momento esencial; llega el final de la condena y, esté o no esté en disposición de reinsertarse, sale a la calle. Tenga o no un entorno familiar. Ahí está Quintana, un equipo de voluntarios y los programas de acogida de Cáritas diocesana para intentar facilitar esa transición, siempre difícil, hacia una sociedad que mayoritariamente no quiere a los exreclusos y que entiende mal que se empleen recursos públicos en su reeducación, en la que muchos no creen.

«Es que no da votos», explican a la par Quintana y Martín. «Los votantes prefieren ver más guardias civiles o policías en la calle, dándoles sensación de seguridad, que educadores en las cárceles. ‘Que se maten entre ellos’, piensa mucha gente», anota José Luis Martín, que recuerda que «con vidas como las de muchas de estas personas, cualquiera acabaría aquí». Y se pone de ejemplo a sí mismo: «Soy el hijo de unos obreros extremeños que nací en el barrio de Perchera, en Gijón. Varios chavales de mi misma calle acabaron en la droga (el 80% de los ingresos en la prisión asturiana están relacionados con esto) y al menos cuatro están bajo tierra. Me podría haber pasado a mí», explica. ‘O a mí’, piensa el periodista, cada vez menos extraterrestre en ese mundo raro que es la cárcel, tan poco parecido a los estereotipos cinematográficos.

Tiene también la pastoral una «dimensión jurídica» poco conocida. Con dos abogados voluntarios, se ayuda a los presos a ponerse en contacto con sus propios letrados. Además, la pastoral ha editado en colaboración con Cáritas España «el libro más leído en las prisiones de este país, ‘Defenderse en la cárcel’, que es la ley penitenciaria traducida a sus intereses», una suerte de ‘las preguntas más frecuentes y sus respuestas’ para el recluso medio, muy pegadas al día a día.

Decíamos antes que a veces el recluso sale a la calle tras su condena sin haberse readaptado. Pero el sistema tampoco es tan ciego. Lo normal es que tras un proceso más o menos largo, los presos vayan accediendo primero al segundo grado y los módulos llamados ‘de respeto’ y, luego, al tercer grado, en el que ya pueden en algunos casos acudir solo a dormir a la cárcel.

Es la zona del Centro de Inserción Social, en la que también trabaja Quintana mano a mano con José Luis Martín. Es un espacio «cero cero» de drogas y alcohol, en el que se orienta, y desde el que se vigilan, mucho, las recaídas. En positivo, hay 210 personas en tercer grado en Asturias, de las que unos 70 duermen en el CIS y 30 de ellas salen a trabajar todos los días.

Son la punta positiva del iceberg que es la cárcel, pero lo bueno es que ese camino es factible para todos, con más o menos dificultades. Antes de eso, el paso por la UTE o el módulo de respeto, «espacios más humanizados en la cárcel», ayuda a «romper con la subcultura carcelaria» que impera en los módulos 5 y 6, los llamados ordinarios, y en particular en el de aislamiento, espacios en los que las jerarquías entre los presos son más parecidas a los estereotipos, pero también zonas de las que muchos reclusos quieren hacer méritos para pasar a los módulos de respeto.

Quintana, que es titulado en Trabajo Social por la Universidad de Comillas además de sacerdote, hace ver que la fractura también se produce extramuros de la cárcel. «En una región como Asturias, hay un intenso contraste entre la forma de vida rural y la industrial, y a veces, en determinados perfiles psicológicos, el exceso de regulación de la vida urbana les lleva a hacer ‘crack’. En la cárcel «un 40% de los internos tienen algún tipo de tratamiento de salud mental» y los psicólogos (uno por cada módulo de los ocho que hay) «están sobresaturados», pese a que «los jueces se piensan mucho antes de meter a nadie en prisión, muchas veces no lo hacen hasta una tercera o cuarta reincidencia», apunta Quintana. Recorriendo los patios y zonas comunes de los módulos, surge la pregunta de si buena parte de quienes intentan sobrevivir allí y retornar a la calle no estarían mejor siendo tratados en algún centro para personas con diversidad funcional. Del mismo modo, también surge la idea de que hay quienes, como el ovetense J. V., preso que coordina actividades en el módulo de respeto, tiene toda la apariencia de estar rehabilitado, lo que es el objetivo teórico de la prisión.

Unos y otros inundan la cárcel de arte, desde una vidriera con el rostro de Fernando Alonso a un Gernika en que la figura principal es Marilyn Monroe, pasando por intrincados origamis, esculturas o maquetas, con las que los presos claman desde su silencio forzado que siguen siendo seres humanos. Como usted, como yo.

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