Setenta horas bloqueados en la cárcel de Soto del Real

Cuarenta y siete funcionarios de prisiones trabajan durante casi tres días al quedar aislada la prisión madrileña: «Esta vez, los presos y nosotros hemos estado en el mismo equipo; han tenido un comportamiento ejemplar»

 

 

ABC. Pablo Muñoz. Funcionarios de prisiones e internos en el mismo equipo. A priori, parece imposible, pero el temporal de nieve y frío que sacude España lo ha hecho posible en la cárcel de Soto del Real (Madrid V), donde 47 trabajadores penitenciarios han compartido encierro durante casi tres días con los reclusos, que no solo no han protagonizado incidente alguno sino que se han remangado para ayudarlos. El relevo ha llegado, pero los problemas continúan, especialmente en lo que se refiere a garantizar los suministros.

Olvidados por muchos, valorados por muy pocos, los funcionarios de prisiones han vuelto a dar ejemplo de servicio público en unas circunstancias extremas. La imposibilidad hasta esta tarde de acceder a muchos centros penitenciarios -los siete de Madrid, pero también los de Zuera y Daroca, en Zaragoza, Teruel, Logroño y Albocàsser, en Castellón- les ha obligado a trabajar en unas condiciones muy complicadas y sin el reconocimiento de una opinión pública mayoritariamente ajena al mundo que se vive tras los muros de la cárcel.

Jesús, de 62 años, es jefe de servicio en la prisión de Soto del Real y ha tenido «suerte», porque «solo» ha superado las 60 horas de servicio; Francisco, su compañero, ha llegado a las 70. Entre ambos han gestionado sobre el terreno la crisis, siempre, por supuesto, en contacto permanente con el director del centro y la subdirectora de seguridad, que no podían llegar hasta las instalaciones. «Hablábamos con ellos continuamente, hasta el punto de que a veces hasta les teníamos que colgar el teléfono porque surgía una incidencia».

Está agotado, como el resto de los 45 funcionarios que han compartido odisea con Francisco y con él, pero no pierde el buen humor. «Hemos tenido víveres, agua, tabaco y café, que son imprescindibles para que todo funcione en una prisión», relata a ABC nada más abandonar su encierro forzoso. «El viernes tuve posibilidad de irme, pero renuncié porque ya se veía que iba a haber problemas para que llegara el relevo; otros doce compañeros hicieron lo mismo, y la verdad es que es un orgullo trabajar con todos ellos».

La acumulación de nieve fue un problema serio, porque había que despejar los caminos para las entradas de suministros: «Teníamos algunas palas, pocas para la cantidad que ha caído, y no demasiadas manos, porque no se pueden desatender los módulos», explica. Pero a grandes males, grandes remedios: «Decidimos pedir a medio centenar de presos que nos echaran una mano, y la respuesta fue extraordinaria. A algunos incluso había que obligarles a parar, porque la ventisca y las bajas temperaturas les empezaban a afectar las manos, pero se resistían». En cuanto a los medios, la imaginación al poder: «Utilizamos los carritos del café y los escudos que se emplean como defensas cuando hay que intervenir en un módulo como improvisadas máquinas quitanieves»… Y funcionó. «Los de más confianza han estado trabajando en las últimas puertas, con el peligro de que hubieran intentado una huida, cosa que no se ha producido».

Otro dato más, no menor: al contrario que otras veces que algunos internos ayudan a los funcionarios, el silencio en las celdas ha sido sepulcral. Ni un «¡cabrones!», ni un reproche para ellos; al contrario, los únicos gritos que se han oído es «¡ánimo, os echamos una mano!, ¡aquí estamos para lo que queráis!».

El tema de los víveres también era delicado; no por los suministros, que hay de momento, sino porque no podía haber fallos en la cocina… La funcionaria de esta dependencia llegó al agotamiento y hubo que relevarla, pero una vez más la autogestión funcionó: los presos se encargaron de hacer la comida, que compartieron, como no podía ser de otra manera, con los trabajadores de la prisión. «Comimos exactamente lo mismo que ellos, y eso los internos también lo valoraron».

Con todo, lo más delicado ha sido el suministro de agua. Tanto, que incluso condicionó los menús. Madrid V cuenta con tres aljibes, y los jefes de servicio, la máxima autoridad sobre el terreno, veían que se iban agotando. Primero se pensó que se trataba de un problema de las tuberías de la prisión, pero finalmente se comprobó que se trataba de una avería del Canal de Isabel II. En previsión de problemas mayores, se decidió comenzar a fundir la nieve para conseguir el agua.

El personal de mantenimiento, ausente al haber terminado su turno antes de la nevada, ha sido sin embargo clave para solucionar las incidencias que se iban produciendo. Por teléfono, estos trabajadores daban a los funcionarios las instrucciones oportunas para solventarlas. «A veces -explica Jesús- ha habido que entrar en habitaciones en las que nunca lo hacemos y que estaban cerradas con llaves. Nos decían dónde estaban, pero había muchas y no las distinguíamos. Afortunadamente teníamos internos muy profesionales en estas lides por su trayectoria delictiva que son un vistazo a la cerradura nos indicaban cuál era… Sin fallo, claro».

Una de estas personas de mantenimiento ha ido incluso más allá de lo que se le podía exigir, y se ha presentado en la cárcel tras una caminata de varios kilómetros desde Colmenar Viejo. «Es curioso comprobar cómo estas personas, con las que habitualmente tenemos poco trato, se convierten en imprescindibles. A este hombre le he dicho que para nosotros, hoy, su presencia allí era mucho más importante que la del ministro del Interior», dice Jesús entre risas.

Las horas de sueño han sido escasas y poco reparadoras. Recostados sobre una mesa, juntando dos sillas, cada uno como buenamente ha podido solo ha podido echar una cabezada… También ha habido problemas de calefacción en el edificio de Jefatura, «pero claro, arreglar eso era la última de las prioridades. Pero nos hemos arreglado». Los relevos, a medida que se han podido incorporar funcionarios, se han organizado en función del agotamiento, lo que ha obligado a replantear las guardias. Trabajo más burocrático, si se quiere, pero imprescindible para una gestión eficaz del servicio y de la crisis.

«Sabíamos que estábamos solos y solo puedo decir que el trabajo de mis compañeros y el comportamiento de los internos ha sido para quitarse el sombrero. En estas situaciones es importante la empatía, dar ánimo a todos… Cuando en estos casos los internos ven que te implicas, que no les mientes, que trabajas con él, le explicas que en esos momentos todos estamos en el mismo bando, responden… Ha sido muy duro, pero satisfactorio… Bien pensado, y aunque ya no daba pie con bola, aún me quedaba cuerda para algunas horas más»…

En las casas de estos 47 funcionarios comienza a llegar la tranquilidad, tras muchas horas de preocupación por sus seres queridos, y viceversa, porque entre los trabajadores también hay quien tenía hijos pequeños enfermos, o personas mayores a su cargo, o cualquier otra circunstancia que les inquietaba. Pero todos han permanecido en sus puestos, sin vacilar, hasta que les ha llegado el relevo.

La preocupación ahora es qué sucederá mañana, porque cada vez es más urgente la llegada de suministros. La nueva guardia -la parte que ha conseguido trasladarse hasta allí- ya está trabajando pero los problemas continúan. En el resto de las cárceles afectadas, poco a poco, también se volvía a la normalidad… relativa, claro.

 

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