Sara, una madre en prisión. 8 de cada 10 mujeres encarceladas han sufrido violencia de género

El 14% de los niños que han presenciado episodios de violencia hacia sus madres también han sido víctimas directas de los golpes

CATALUNYA RÀDIO (CAPÍTOLO 4 DE TEMPS MORT. NÚRIA ORTÍN).- Sara Blasco teme que su ex pareja cambie la versión de los hechos al juicio y le caigan más años de los que se pensaba. «Yo no quería hacerlo, pero me amenazó y dijo que mataría a mi hijo si no le hacía caso», explica en la entrevista de «Temps mort».

La protagonista del podcast de Catalunya Ràdio es interna en la cárcel de Wad-Ras y, como muchas de sus compañeras, ha sobrevivido a la violencia de género. Desde los golpes que le propinaba el padre de la criatura, hasta el chantaje de la segunda pareja, con quien cometió los delitos que le han llevado a estar en prisión preventiva.

Instituciones Penitenciarias calcula que más de un 85% de las reclusas en el Estado han sufrido maltrato, una cifra muy superior a la de la población general, que se sitúa por encima del 34%. Desde 2009, Justicia ha implantado programas específicos en espacios carcelarios catalanes para trabajar conceptos como la desigualdad entre hombres y mujeres, y la violencia que se puede derivar.

«Di a luz con siete meses porque me dio una patada en la barriga.»

Según explica, el padre de la criatura estaba celoso porque las prioridades habían cambiado. De repente, el futuro bebé era más importante que él. Las posteriores agresiones a su hijo fueron la gota que colmó el vaso. En paralelo al juicio por sus propios delitos, está inmersa en la denuncia que ha interpuesto por maltrato.

El Departamento de Interior estima que casi el 14% de los niños que han presenciado episodios de violencia hacia sus madres también han sido víctimas directas de los golpes y añade que los menores a menudo son utilizados como herramienta para hacerlas sufrir psicológicamente. Lo hizo el padre del niño, así como su ex pareja.

Solas: Familias matrifocales

Blasco admite que era consciente de que lo que hacía era ilegal, pero se justifica:

«Estaba amenazada porque decía que le haría daño a mi hijo, y si le hacen algo a él me lo hacen a mí»

El informe de la asociación SURT, que analiza los engranajes del machismo en contextos penitenciarios, apunta que el 33% de las presas en Cataluña declaran que han actuado bajo chantajes. Sara reconoce que delinquió por necesidad: «sin trabajo ni ayuda, tenía que criar a mi niño sola».

El mismo estudio indica que hay un alto porcentaje de internas que pertenecen a «familias matrifocales», es decir, unidades domésticas donde ellas son las únicas responsables de obtener recursos para sobrevivir. Una situación así no debería suponer un problema si no fuera por el contexto de exclusión social en la que se ven sumergidas las mujeres que están en prisión.

Las Reglas de Bangkok, las normas mínimas aprobadas por las Naciones Unidas en 2016 sobre el tratamiento de las personas en reclusión, mencionan que cualquier sistema judicial debería optar por penas alternativas a la privación de libertad para las internas que sean madres. Desde 2010, Justicia ha reducido la población carcelaria un 26% y se aplican más condenas relacionadas con los trabajos comunitarios y la asistencia a cursos, pero no es la tónica generalizada.

El temor al exterior

Sara dice que mira por la ventana de la habitación y prefiere no pisar la calle:

«Tengo miedo de salir porque no sé qué pasará cuando esté fuera».

No es un sentimiento casual. El estudio de la Fundación Atenea, «Las hermanas caídas», concluye que la excarcelación es más problemática para las mujeres que se ven obligadas a asumir inmediatamente más funciones de cuidadores que los hombres. La directora de Wad-Ras, Soledad Prieto, ya alerta en el tercer capítulo de «Tiempo muerto»:

«Es un fracaso del sistema que alguien se sienta más seguro en la cárcel que en el exterior.»

La violencia de género deja huella

Las supervivientes del maltrato pueden desarrollar estrés postraumático, trastornos mentales, fobias y una bajada de la autoestima. Recuperar o construir de nuevo una vida de calidad no es sencillo. A pesar de la incertidumbre con la que mira al futuro, reencontrarse con la familia es la principal motivación de Blasco a la hora de participar en los programas de reinserción. Cuando entró pesaba 40 kilos, pero ahora ya va por los 51 y se siente más fuerte.

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