Prisiones sin rejas para las mujeres acusadas de brujería en Ghana

Unas 500 mujeres están encerradas de por vida en seis campos del norte de Ghana tras ser acusadas de ser brujas. Una ley aspira ahora a cambiar su destino y terminar con la marginación, explotación y control psicológico que sufren

 

EL PAIS. RODRIGO SANTODOMINGO. FOTOGRAFÍA:TASOS KARANTAKOS.  Todo empezó con un sueño. Como cada amanecer, Wanjonyab se dirigió a la plantación donde trabajaba de sol a sol. Allí se topó con la hermana de su marido, que la señaló furibunda con un dedo acusador: había soñado que Wanjonyab la perseguía con un cuchillo. Se inició entonces un calvario para esta mujer enjuta, hoy septuagenaria y milagrosamente bromista y animosa.

Se le colgó la etiqueta de bruja, su marido le dio una paliza y fue obligada a abandonar la aldea. Un líder religioso decretó su destino: Gushegu, uno de los seis campos de reclusión para mujeres acusadas de brujería que existen en el norte de Ghana. Y ese ha sido su hogar durante los últimos 26 años.

Sentada al lado de Wanjonyab, vestidas ambas con coloridos atuendos, Salamatu relata otra espeluznante historia, que la mantiene encerrada en Gushegu desde hace 20 años. Al parecer, un vecino tuvo una crisis psicótica e imaginó que le perseguía una persona diminuta con muy malas intenciones. Por alguna razón, el hombre decidió que esa persona había sido enviada por Salamatu.

De cualquier cosa que pasara en la comunidad, nos culparían a nosotras

Wanjonyab y Salamatu, mujeres acusadas de brujería

Estos y otros delitos similares han supuesto cadenas perpetuas para las más de 500 mujeres (y algunos hombres) que malviven en los seis campos. El estigma vitalicio impide su vuelta a casa. Ante la pregunta de si se lo han planteado alguna vez, Wanjonyab y Salamatu no pueden evitar una carcajada. “De cualquier cosa que pasara en la comunidad, nos culparían a nosotras”, afirman.

Hace 40 o 50 años, rara vez una mujer acusada de ser bruja se quedaba toda la vida en uno de estos campos, pero en las últimas décadas, el número de habitantes de los seis poblados de Ghana en los que viven retenidas se ha disparado. En opinión de John Azumah, director de The Sanneh Institute —una organización católica que ayuda a las mujeres internadas—, dos factores han agravado el fenómeno. Por una parte, han proliferado pastores y predicadores que se jactan de poder detectar brujería por doquier. Por otra, cada vez más mujeres se rebelan contra el rol que la tradición les reserva. “Algunas conquistan su independencia económica, alzan su voz y desafían el orden social. Hay hombres que se sienten amenazados y optan por acusarlas de ser brujas”, subraya.

Una ley contra estos excesos

La Constitución de Ghana de 1992 establece que “todas las prácticas consuetudinarias que deshumanizan o dañan el bienestar físico y mental de una persona, están prohibidas”. Además Ghana ha firmado convenios que respaldan este derecho como la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (CADHP) y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW). La oposición al gobierno se basa en este artículo para impulsar una ley que aspira a proteger a las mujeres y castigar a sus acusadores, explica en su despacho del Parlamento de Ghana, en Accra, el diputado Xavier Sosu, del Congreso Nacional Democrático (socialdemócrata). “Las prácticas que entren en conflicto con los derechos básicos deben prohibirse. Hay que acabar con eso que yo llamo excesos culturales”, opina.

Las prácticas que entren en conflicto con los derechos básicos deben prohibirse. Hay que acabar con eso que yo llamo excesos culturales

Xavier Sosu, diputado del Congreso Nacional Democrático (socialdemócrata)

Este político opositor ha abierto numerosos frentes en defensa de los derechos humanos y es uno de los máximos impulsores de esta propuesta de ley, que criminalizará a quienes señalen como bruja a una mujer y que aspira a conciliar las creencias ancestrales con el respeto del otro. “Uno puede tener la creencia que considere, pero si esa creencia se utiliza en detrimento de otra persona, debería tener problemas con la ley”, resume Sosu. Además, la norma desea garantizar el bienestar y la seguridad de las mujeres que recobren su libertad al cerrarse estos campos.

Sosu confía en que la ley quede aprobada este año. Su votación, entrada en vigor y aplicación tensará la cuerda de la democracia en Ghana y será una lucha a brazo partido entre los sectores más reaccionarios y el pujante activismo ghanés. “Muchos diputados, sobre todo del norte, se opondrán a la ley”, advierte.

Porque estas creencias llevan ancladas muchas generaciones en Ghana y cuesta entender, en una corta visita a Gushegu y Gnani (otro campo ubicado a una hora en coche del primero), los vericuetos que lo rigen. Sentado en su despacho al norte de Accra, la capital, Azumah detalla, entre el sarcasmo y la indignación, cómo se realiza la prueba que se determina finalmente si una mujer es bruja. La mujer compra un pollo y se lo lleva al curandero del poblado, quien decapita al animal y espera el resultado. Si el pollo muere boca arriba, la mujer es bruja. En caso contrario, está limpia de espíritus malignos. “50 por ciento de posibilidades”, resume Azumah.

Se les dice que si permanecen allí, sus fuerzas espirituales quedan neutralizadas. Y que, si se van, en un año morirán. ¡Y ellas se lo creen!

John Azumah, director de The Sanneh Institute

En realidad, poco importa en qué postura termine el pollo, porque, tras el sello a fuego que imprime la mera acusación, ya no hay marcha atrás, zanja el director de The Sanneh Institute. Según él, la última palabra la tienen los jefes locales, que son figuras muy respetadas en Ghana, con cargos vitalicios y hereditarios. Si ellos salieran en defensa de las mujeres acusadas, buena parte del problema quedaría resuelto de golpe, pero por ahora, guardan silencio y dejan hacer.

Explotadas en una “cárcel mental”

El curandero del campo de Gnani, de nombre Dasoli, un hombre cuya presencia oronda contrasta con la delgadez de las mujeres que allí habitan, pinta un panorama de convivencia idílica: “Aquí estamos en paz, no se hace daño a nadie”. Dasoli insiste en que “ninguna mujer está obligada a quedarse” y remata negando las sospechas de que en este y otros campos impera un sistema que roza la esclavitud: “No se explota a nadie. A veces vienen propietarios pidiendo ayuda y algunas mujeres acuden a las plantaciones voluntariamente”.

La versión de Azumah es bien distinta. Habla de un sistema de opresión psicológica, de una “cárcel mental” en la que el miedo construye muros imaginarios. En apariencia, los campos se asemejan a un poblado típico del norte de Ghana, con sus casas de adobe circulares y sus techos de paja, sin alambradas ni nada que recuerde a una prisión. Sus moradoras podrían echar a andar en busca de su libertad y, si no lo hacen, es porque tienen cierta edad, son analfabetas y no atisban un porvenir en otro lugar que no sea su hogar, que les está vetado. Y también porque los chamanes las disuaden mediante hipotéticos maleficios.

Algunas conquistan su independencia económica, alzan su voz y desafían el orden social. Hay hombres que se sienten amenazados y optan por acusarlas de ser brujas

John Azumah, director de The Sanneh Institute

“Se les dice que si permanecen allí, sus fuerzas espirituales quedan neutralizadas. Y que si se van en un año morirán. ¡Y ellas se lo creen!”, exclama con aspavientos Azumah.

Resignadas a su suerte y manipuladas aprovechando su vulnerabilidad, las supuestas brujas trabajan gratis o por unos cuantos cedis (moneda de Ghana). “Existen intereses económicos muy fuertes para que los campos continúen”, lamenta este responsable.

En Gnani, los testimonios muestran el mismo esquema de absurda injusticia que en Gushegu: muertes reales o posibles de las que se culpa a una mujer pobre, situada en lo más bajo del escalafón social, sabiendo que su capacidad para defenderse resulta exigua. Fati y Gnumbe cumplen condena por asesinato indirecto (de un vecino la primera, de su marido la segunda). Fati se queja de lo poco que comen y destila nostalgia por todo lo que ha “dejado atrás”, sobre todo sus hijos. Gnumbe es la única del campo que planeó volver a casa: “No lo hice por temor a que me matasen. Cuando murió mi marido, mi familia política me amenazó con cuchillos”.

Otras dos mujeres que prefieren no decir su nombre ya sufrieron, antes de ser enviadas a Gnani, la furia de la superstición. “Me atacaron varias personas. Mi hijo me defendió y ambos resultamos malheridos. Casi 20 años después, aún camino con dificultad y tengo dolores por todo el cuerpo. Mantengo la esperanza de que mi hijo siga vivo”, explica una de ellas. La otra enseña, con semblante serio y magnético, su ojo izquierdo, apagado para siempre tras la paliza que le propinó una turba de vecinos espoleada tan solo por un mal sueño.

Un nivel extremo de pobreza

Hasta 2012, Gushegu era un terreno con camastros a cielo abierto. No había construcciones ni techo bajo el que guarecerse de la lluvia y del sol que, durante casi todo el año, abrasa el norte de Ghana. Ese año, cuenta la hermana Ruphina, llegaron las monjas de Sisters for the Poorest of the Poor (“Hermanas para los más pobres entre los pobres”), una congregación nigeriana focalizada en aliviar la marginación y el desamparo extremos.

Desde entonces, las religiosas asisten y evangelizan en Gushegu gracias a que es el único de los seis campos no sometido al férreo control de un líder religioso o curandero tradicional. Fue creado en los años 90 por iniciativa de un jefe local, quien se limitó a ceder la tierra y se abstuvo de proveer todo lo demás. El campo más antiguo, Gambaga, se fundó en el siglo XIX. “Nadie sabe la fecha exacta”, aclara Azumah.

Gushegu cobija hoy a decenas de mujeres. Algunos de sus hijos y nietos asisten a la escuela creada por las hermanas nigerianas. Aunque la situación ha mejorado en los últimos diez años, los niveles de pobreza siguen siendo desgarradores. Mientras un grupo de monjas enseña bailes y cánticos cristianos, dos mujeres rescatan granos de cereal de un pequeño montículo de gravilla. “Cuando cierra el mercado local, algunas mujeres recogen los restos, lo que nadie quiere”, cuenta la hermana Ruphina.

Ahora y antes, el rencor y la envidia están detrás de muchas acusaciones. Azumah creció en el norte y, desde niño, escuchó rumores sobre los turbios poderes de la brujería. Su propia madre fue acusada de robar la inteligencia a los niños. “Solo porque a mí me iba bien en el colegio”, recuerda.

Las élites políticas de Accra consienten esta red atroz de justicia paralela y solo ocasionalmente el Gobierno lanza soluciones tibias, ineficaces y sin un diálogo previo. Por ejemplo, hace algunos años construyó una residencia para acoger a las mujeres que quisieran abandonar los campos y retomar sus vidas. “Ni siquiera hablaron con los líderes locales. Estos sabían que nadie iría, así que no se opusieron a su construcción. Acertaron: la residencia siempre ha estado vacía”, lamenta Azumah.

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