María Crespo Leiro: “No tener acceso al historial de los pacientes de prisión nos pone en peligro”

Entrevista

María Crespo Leiro es médico en el centro penitenciario de Pereiro de Aguiar.

Crespo expuso ayer esta realidad en una conferencia para el Colegio de Médicos de Ourense titulada “Sanidad Penitenciaria, la gran desconocida”. En la ponencia, moderada por el presidente de la institución, José Luis Jiménez, también intervino el jefe de Servicios Médicos Facultativos de Sanidad

¿Qué hay detrás de la sanidad penitenciaria? 

Lo primero que se desconoce es que en las prisiones hay médicos. Los médicos estamos en ellas para tratar la salud de las personas y en la medida de lo posible ayudarles a mejorar porque muchas veces las enfermedades están ligadas a la comisión de delitos. Por ejemplo, muchas patologías mentales, si no se tratan, llevan a cometer delitos, como en el caso de Velle.

¿Esto fue siempre así? 

No, antes los presos ingresaban y permanecían en prisión a su suerte. En 1979, se aprobó la Ley Orgánica General Penitenciaria, la primera de la Constitución, y desde entonces la estancia en prisión está orientada a la reinserción y a la reeducación, no como antes, que se vivía de una manera un poco bárbara.

 ¿En qué es diferente su trabajo del de un médico de familia?

Hay varias diferencias. A nosotros nuestros pacientes no nos escogen. Cuando llegan a prisión, vienen malhumorados, preocupados, no quieren estar allí y se encuentran con nosotros, quienes los vamos a acompañar durante mucho tiempo y encima nos vamos a encargar de que hagan las cosas bien. Por ejemplo, cuando llega un paciente psiquiátrico que en su casa no tomaba la medicación, nosotros tenemos que tratar por todos los medios de que aquí sí lo haga. Estamos pendientes de ellos de día y de noche, la relación es casi familiar.

Los médicos de la cárcel no tienen acceso a los historiales clínicos de vuestros pacientes, ¿Qué supone esa carencia?

Es nuestro problema más gordo. Nosotros pertenecemos a una administración que no es Sanidad, pertenecemos al Ministerio de Interior. Nuestros pacientes vienen de ser atendidos por el Sergas. Pero nosotros no tenemos acceso a su sistema, a su historial, por lo tanto siempre es un desbarajuste tremendo. Una  persona que ingresa en prisión puede tener varias enfermedades y no acordarse de que medicinas toma. ¿Qué hacemos? Tenemos que inventarnos su historia clínica, empezamos de cero, no sabemos nada de ellos. Hay que buscarse la vida con lo que venga.

¿Se sienten inseguros por no conocer a vuestros pacientes?, ¿Tenéis miedo?

Claro, no conocemos a los presos ni sabemos como se van a comportar, nos pone en peligro. Les hacemos un análisis, pero los resultados los tienen en el hospital, que lo cuelga en su historia, a la que nosotros no tenemos acceso. Estamos constantemente en terreno de nadie y trabajamos a ciegas.

Teniendo en cuenta el riesgo, ¿por qué decide ser médico de prisiones y no trabajar en Atención Primaria?

Elegí ser médico de prisiones cuando terminé la carrera. Me gustaba mucho la psiquiatría, y cuando terminé la carrera conocí a gente que había hecho esta oposición. Pensé que se me podía dar bien y me atraía el exotismo de la profesión. Era joven y me lo tomé como un reto. Aquí encontré mi sitio, en 1986. Ya no sabría ser médico de otra cosa.

Entonces el sida acababa de llegar a España, ¿cómo marcó ese  virus la vida en prisión?

Era muy complicada. Había muchos drogodependientes, eran muy complejos, no había la medicación que hay hoy. Comenzaba el sida y todas las infecciones que venían con el, como la tuberculosis. Muchas personas se  morían. En el año 90 salió el primer antirretroviral, pero hasta entonces era un infierno. Llegó a haber un 24% de personas infectadas en la prisión. Tampoco había metadona para los heroinómanos, los antipsicóticos eran también horribles, o no les hacían nada o se quedaban inconsciencientes durante más de un día. La medicación ahora es muy fácil de tomar, sin efectos secundarios y mucho mejor.

¿El sida también se multiplicaba dentro de la prisión?

Sí, también. Hacíamos test, había muchos contagios. En parte estaba ligado a los consumidores de droga por vía intravenosa, porque en la prisión también había droga. Fue una época tristísima, si me pasase hoy algo así, necesitaría un tratamiento yo misma para superarlo.

¿Hubo estos problemas de control con el covid?

No, hubo pocos casos. Cuando los presos se van de servicio o hay un nuevo ingreso, pasan una cuarentena. Los sanitarios de prisión nos vacunamos en febrero, ahora lo están haciendo los funcionarios. Lo que no entiendo es porque no vacunan también a los internos, al final  esto es una institución privada, no ocurre como en las residencias de ancianos que se pueden cambiar de unos sitios a otros.

¿Es cierto que los presos van mucho al dentista?

Sí, muchos se colocan prótesis dentales por primera vez estando en prisión, también se ponen gafas o audífonos. Además de la medicina de familia, tenemos dentista, un psiquiatra que viene de consultor, un oculista, un óptico y una podóloga. Los presos son muy demandantes de psicofármacos y también hay muchas consultas de traumatología, muchos ingresan tras sufrir, por ejemplo, un accidente de tráfico.

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