25 años de la cárcel de Teixeiro, la prisión llamada a modernizar la reinserción en España

Este centro penitenciario mejoró la calidad de vida de los presos y ha sido pionero al incorporar módulos como el Nelson Mandela, una unidad mixta donde se fomenta la igualdad de género

LA VOZ DE GALICIA.LAURA.G DEL VALLE. FOTOGRAFÍA: VICTOR MEJUTO. Ambra Gjegi es una de las protagonistas de la exposición que la sede de la Fundación Barrié en A Coruña acoge sobre los 25 años de la cárcel de Teixeiro. Antes de que el caso Rubiales diera la vuelta al mundo, esta joven albana ya había puesto el foco mediático en el fútbol femenino. No tanto por sus dotes en el campo, innegables —jugaba la Champions y formaba parte de la selección de su país— , sino por su detención el verano del 2022 en A Coruña por supuesto tráfico de estupefacientes. El morbo que despiertan las prisiones mueve montañas, por eso arrasan las series, películas, libros y también titulares que cuentan cómo es la vida sin libertad.

De estereotipos y clichés ha querido alejarse Vanessa Casteleiro, fotógrafa de la muestra que podrá verse hasta el 15 de septiembre. Es el círculo que se cierra un cuarto de siglo después de que esta cárcel abriese, no sin contratiempos, en el concello de Curtis. La prisión que nació con la voluntad de reinventar la reinserción social en España.

El 2 de junio de 1998, el entonces ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, presidió la apertura del centro acompañado, entre otros, del entonces alcalde de Curtis, Luis Novo. El afán por trasladar a la ciudadanía que el objetivo último de esta cárcel era conseguir la reintegración de los reos, dejó declaraciones controvertidas como la del exregidor, que llegó a comentar que en el nuevo centro penitenciario podrían reflexionar sobre su futuro «las víctimas de la debilidad de la carne».

La nueva prisión provincial dejaba en estado vegetativo la edificación de la —ahora conocida como antigua— cárcel de A Coruña. Con pretensiones de acabar convertido en un centro de nuevas tecnologías que completase la oferta museística del paseo marítimo, su futuro, tras muchos tumbos y metas en el horizonte, es aún a día de hoy incierto. Veinticinco años no han sido nada para la vieja cárcel, pero a la nueva le han servido para que otros centros penitenciarios lo tengan de referente de buena praxis. Con una proporción de mujeres que ronda el 7 % de la población del penal, hace unos meses la prisión de Teixeiro inauguraba una unidad pionera en el país. En el módulo Nelson Mandela, 41 hombres comenzaron a convivir con 12 mujeres en un proyecto que ha buscado una convivencia basada en la igualdad de género. Ahí, los talleres buscan mejorar las habilidades sociales y la resolución de conflictos para allanar el camino para cuando vuelvan a ver la vida desde el otro lado.

Durante las cinco jornadas completas que Vanessa Casteleiro pasó en Teixeiro preparando, junto a varios presos, las fotografías que ya ven la luz en la Fundación Barrié, se dio cuenta de cómo a muchas convictas se les ha apagado la luz. «Las madres, sobre todo, son las que siguen tirando por sus hijos y tienen garra para luchar por una nueva vida, pero la mayoría aquí vive resignada porque fuera no tienen grandes expectativas ni familiares que las esperen». Por eso tejer vínculos personales se vuelve indispensable, igual que hacer del día a día un lugar agradable en la medida de lo posible. «No están en un resort ni mucho menos, todo lo contrario, pero es cierto que cuando entras te das cuenta de cómo la cultura popular influye para que el imaginario colectivo tenga una única imagen de lo que es un preso y de lo que es una cárcel. A mí me saltaron los estereotipos por los aires».

Una galería colorida, con el amarillo como protagonista y plantas que dejan una postal más amable. Plantas que también se pueden ver en el patio, e incluso dando un paseo por la cárcel uno puede meter los pies en la arena. La que pisa para jugar un partido de vóley playa. Todos estos espacios fueron fuente de inspiración para que la fotógrafa retratase a los presos y las presas de manera más profunda. Con algunas de ellas llegó a intimar, en cierto modo. «No me interesaban tanto las causas por las que están allí, sino cómo están y cómo quieren que se cuente su historia, esto hizo que se crease un espacio de confianza que me permitió conocer a chicas como Cristina, por ejemplo, que tiene 32 años y seis hijos. Con ella y con otras mujeres me di cuenta de que cuando solo quieres sacar adelante a unos niños, y la vida te pone delante la opción de conseguir dinero fácil, vas como un miura».

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