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Represión franquista

El infierno de los curas "rojo-separatistas": 50 años de la cárcel concordataria de Zamora

21 de julio de 2018

Este domingo se cumple medio siglo de la apertura de la única prisión del mundo destinada a sacerdotes. Allí fueron encerrados los religiosos que se oponían al régimen. Muchos de ellos fueron torturados en comisaría. La Iglesia nunca reconoció su sufrimiento.

PUBLICO.ES (DANILO ALBIN).- “Ilunpe hontan bizi gara erdi hilak” (“En esta oscuridad vivimos medio muertos”). El bertsolari y ex sacerdote vasco Xabier Amuriza hubiese preferido no tener que escribir nunca aquella frase, pero hubo una época en la que su destino estuvo directamente en manos del demonio. Las puertas del infierno se abrieron formalmente hace 50 años: este domingo se cumple medio siglo de la inauguración de la cárcel concordataria de Zamora, única prisión del mundo destinada a curas “rojo-separatistas”.

“Aquello fue un apartheid. Así, como suena. Fue, además, el símbolo del pacto entre la Iglesia y el Estado franquista”, comenta a Público Juan Mari Zulaika, otro de los vascos encerrados detrás de aquellos muros. En efecto, la prisión abierta en Zamora fue la venganza del nacionalcatolicisimo contra sus “ovejas negras”. O rojas. Una venganza impulsada por el franquismo y bendecida por las instituciones eclesiásticas, fielmente alineadas con los principios del régimen. Amuriza lo resumiría con otra frase lapidaria: “Maldita cárcel ésta. Todavía estamos sanos de la cabeza, pero sobran motivos para enloquecer”. “No en vano, fue una de las peores cárceles de la dictadura”, apunta Zulaika.

“Paradójicamente, el régimen de Franco, que tanto poder había concedido a la Iglesia, acabó sus días persiguiendo sacerdotes. Los más díscolos fueron a parar a un penal, la cárcel concordataria de Zamora, reservada especialmente para el clero”, señala el historiador Francisco Fernández Hoyos en un trabajo titulado “La cárcel concordataria de Zamora: una prisión para curas en la España franquista”. “Ni siquiera países oficialmente ateos como los del bloque comunista, anticlericales por definición, llegaron a tanto”, subraya el experto.

En efecto, las autoridades eclesiásticas española bendijeron la creación de la cárcel concordataria, fruto de los acuerdos establecidos en el Concordato entre El Vaticano y el Estado franquista. “No habiendo obtenido resultado favorable para obtener una casa eclesiástica para que los sacerdotes sancionados cumplan el arresto (conforme al art. 16 del Concordato vigente) damos nuestra conformidad para que puedan cumplir al arresto supletorio en una Penitenciaría del Estado, con tal de que estén en locales distintos a los de los seglares. Aceptamos cumplan arresto en la penitenciaria de Zamora”, escribió en 1968 el obispo de Bizkaia, Pablo Gurpide, en una carta dirigida al gobernador civil. A partir de ese preciso instante, el destino de los curas que no comulgaban con la dictadura estaba marcado.

Torturados

El primer sacerdote que pisó el pabellón de religiosos fue el vizcaíno Alberto Gabigakagogeaskoa, quien había sido condenado a seis meses de cárcel y 10 mil pesetas de multa por haber denunciado en un sermón que en las cárceles de Euskal Herria “se tortura con frecuencia”. Luego llegarían otros curas vascos y de distintos puntos del Estado, también perseguidos y castigados por oponerse al régimen en las más variadas formas. Muchos fueron torturados. “La detención empezaba en los cuarteles, donde la tortura campaba a sus anchas”, relata Zulaika. Era el camino al infierno.

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