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Historia de dos presos tristes que ya no existen

23 de mayo de 2018

De 2009 a 2016, han muerto 1.325 personas en la cárcel. La prisión se convierte en un microcosmos irrespirable e irreconciliable con sus propios fines para muchos de los que la habitan

CTXT (ESTEBAN ORDOÑEZ).- José Ángel Serrano, preso de aislamiento, a veces comía objetos como pilas o trozos de alambre del somier. Lo cuenta su abogada y pareja Silvia Encina. Ella le decía que no lo hiciera, que cualquier día se iba a ahogar. “Yo no lo entendía, pero sufren tanto emocionalmente que se hacen cortes, se comen las pinturas o cualquier cosa para desviar el dolor interior y para conseguir salir aunque sea un día: que los lleven al hospital, arriesgando su vida para un día. Cuándo lo conocí, hacía 14 años que José no veía el campo desde una ventana”, cuenta Encina. Ver el campo es, a la vez, que el campo te vea: recibir un lamido de luz de primera mano, una espuertita de aire, un sonido con dimensión que no llegue filtrado por estancias cerradas, pasillos que dan a rejas y más rejas. José Ángel había olvidado las propiedades físicas del mundo, y otras muchas cosas. Un día apareció muerto en el centro zaragozano de Zuera.

Tenía la boca llena de llagas y quistes por una infección. Su entorno llevaba semanas intentando que lo trataran. También tomaba medicación psiquiátrica, “doce pastillas al día”. La familia no pudo ver el cuerpo. “Dijeron que solo nos dejarían verlo si nos lo llevábamos, pero así no podríamos averiguar lo que había pasado”. Querían una segunda autopsia. “Me costó seis meses conseguir una segunda autopsia. Cuando llegó el momento entraron para ver cómo estaba el cadáver y, al regresar, nos dijeron: “No lo veáis porque es horrible cómo está”. Y no lo vimos. Ya no podía extraerse ninguna conclusión de una autopsia”. Encina se siente maltratada, “para hacer el duelo, se necesita ver el cuerpo”.

Hay cientos de personas que fallecen intramuros. Según un informe de Instituciones Penitenciarias, de 2009 a 2016 murieron 1.325 personas presas. José Ángel murió en la cárcel, y murió de cárcel. Pero este no es un artículo de muerte, sino de encierro: un intento de retratar lo que las rejas hacen con la vida y los huesos; una pretensión infructuosa, obligatoriamente parcial y fracasada, pero necesaria. Serán un par de porciones: la historia de dos de hombres tristes que ya no existen y que supieron que la condena es eterna mientras dura, indeseablemente eterna, y que nadie, desde fuera, iba a ser capaz de conocer sus borrascas de desesperación. Nadie, tampoco las familias, por mucho que lo intentaran.

El hombre que dejó de ver el campo pasó 18 años en prisión antes de morir. La mayoría del tiempo, en aislamiento. Debemos reconstruir su historia con imágenes de segunda mano prestadas por Silvia Encina, su pareja y abogada, que reconoce con dolor una certeza: que nunca llegó a comprender en su piel, en su oxígeno, lo que significa el encierro. Nunca. A pesar de que cuando entraba en prisión a visitarlo se le secaba la boca y sentía un estrujón en los nervios; a pesar de que ella tuviera que buscar también asistencia psicológica.

Encina habla de un patio de un módulo de aislamiento, 25 metros cuadrados cercados por dos pisos de hormigón. Cuenta que las ventanas de la celda daban a este espacio. Por ellas asomaba la voz José Ángel. Gritaba para dejarse oír por el preso que hubiera en otra de las celdas. Conversaban. Debían componer la imagen de la cara del otro por intuición como quien lee una novela, o, básicamente, como los ciegos. “Los que tienen dinero intentan compartir con otros. A él le metían peculio y decía que le llevaran un café al compañero. O, por ejemplo, hacían un carrito con un trozo de sábana y por la ventana se pasaban un cigarro”.

Dentro, su paisaje era de cemento. Cuando salía al exterior, iba dentro del cubículo del furgón policial y solo podía ver la calle a través de unos pequeños agujeros: era un burka de metal, un burka mucho más grande que él mismo, que ni siquiera marcaba la forma de su cuerpo, de modo que nadie podía intuir, al mirar desde fuera, que ahí había un hombre.

“Cuando lo conocí, tenía los nervios destrozados, estaba desquiciado, devorado. Había perdido la capacidad de relacionarse. En estos módulos la disciplina es mucho más estricta. Lo sancionaban todo el tiempo, siempre había problemas, y le quitaban la hora de salida al patio. Un preso no necesita un abogado, necesita un bufete”.

“A José le costaba hablar—sigue Encina—, arrancar un pensamiento, construir frases; le molestaban las voces, los ruidos, la gente. Conmigo quería hablar siempre, pero no con otros; ya no podía relacionarse, enseguida le parecía que le estaban mirando mal”. Llegó un punto en que tampoco deseaba salir del aislamiento, se acostumbró a vivir en ese caparazón cerrado. Quizá acostumbrarse no sea la palabra: resignarse o, más bien, contraer una suerte de tetraplejia en el ánimo. En la celda, se entretenía dibujando o escribiendo, pero “como siempre estaba tenso, apretaba mucho y se le rompían las puntas de los lapiceros”.

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