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Cómo enfrentar el caso de “La manada” desde un transfeminismo antipunitivista.

3 de mayo de 2018

CAMPA  Colectivo de Apoyo a Mujeres Presas de Aragón.- Desde el Colectivo de Apoyo a Mujeres Presas en Aragón queremos hacer una reflexión en torno a la sentencia del juicio a “La manada”.

Desde nuestra perspectiva antipunitivista esperábamos con cierto miedo el resultado de la sentencia, que fuera una condena de más de 20 años y, ésta, fuera aplaudida desde el movimiento feminista y desde la sociedad en general. Temíamos también, que como sucedió hace apenas unas semanas, se reabriera el debate sobre la prisión permanente −aunque ésta solo pueda imponerse en asesinatos donde haya alguna circunstancia específica agravante− en un momento de especial enfado y frustración.

Nosotras nos definimos como transfeministas y abolicionistas de la cárcel, del sistema penal y penitenciario. Esto nos lleva a veces a generar debates y repensar las contradicciones que aparecen.

Cuando conoces de cerca la cárcel, eres consciente de que sirve única y exclusivamente para castigar, tanto a la persona condenada como a sus familiares y amigxs. El entramado penal y penitenciario solo genera más violencia. Nada nos hace creer que tras uno, nueve o cincuenta años de prisión estos hombres no vayan a volver a violar a otra mujer con igual o más violencia con la que ya lo han hecho esta vez.

Someter a un régimen penitenciario, anular a alguien como persona, tener unas relaciones basadas en una jerarquía absoluta, despersonalizar, infantilizar, son algunas de las consecuencias de la privación de libertad. En ningún caso se trata de reeducar o de reinsertar a la persona. La cárcel no es la solución al problema. Las mujeres necesitamos de otros mecanismos que realmente eviten que seamos discriminadas en todos los aspectos de nuestras vidas. Soluciones reales que impidan que seamos intimidadas por la calle, amenazadas, maltratadas, violadas y asesinadas.

No existe la prevención, no existe una reflexión en torno al porqué o a las circunstancias que han llevado a esa persona a cometer un delito. Sin un cambio radical en las estructuras de nuestra sociedad, sin una verdadera reeducación y otra forma de entender el castigo, seguiremos siendo intimidadas, amenazadas, maltratadas, violadas y asesinadas.

Una vez dicho esto, entendemos que el debate debe ir en otro sentido, y estamos contentas de que así esté siendo. 

El hecho de que desde los poderes públicos, dese la justicia patriarcal, se entienda que cuando no existe consentimiento, no existe intimidación, ni violencia, es un discurso político muy peligroso. El hecho de que cinco hombres metan a una mujer en un portal y le obliguen a realizar todo tipo de actos sexuales no se entienda como una violación, nos parece alarmante y repugnante. Muchas de las mujeres que se defendieron fueron asesinadas. Nosotras nos queremos vivas y libres.

Como bien dice Rita Segato (antropóloga feminista), el acto de la violación es la punta del iceberg de un mal social: “La agresión sexual que conseguimos tipificar como crimen es la punta de un iceberg de un comportamiento social extenso y que es una espiral de violencia como se dice en el feminismo mundial (cuyas manifestaciones) no son ni pueden ser tipificadas por la ley pero constituyen el semillero el caldo de cultiva donde germinan los agresores y por eso la ley no está consiguiendo parar en ningún país este tipo de crímenes.”

Por otro lado, creemos que también deberíamos comenzar a problematizar y a analizar el concepto de consentimiento (como ya se está haciendo desde algunos sectores) . En muchos casos, ellos desean, y alrededor de su deseo se organiza todo, incluso nuestro consentimiento. Consentir, al fin y al cabo, es consentir al deseo de ellos. ¿Consentimos ante su deseo o manifestamos el nuestro y hacemos que importe? Nosotras deseamos en la misma medida; que nuestro deseo no pase por encima del deseo de nadie no lo hace menor, ni menos importante, ni menos urgente, ni menos potente, ni menos placentero, sino simplemente ético.

La violencia machista, al ser puesta entre rejas, se presenta como una excepcionalidad individual, separándola de prácticas sociales y violencias cotidianas y convencionales que la posibilitan, invisibilizando el carácter histórico de la sociedad patriarcal y de la actual estructura social de relaciones de poder. Si queremos construir un mundo más justo, más humano, la cárcel no sirve ni para nuestrxs peores enemigxs. Tenemos que ponernos ya a pensar otra manera de solucionar los conflictos que no pasen por la lógica punitivista que únicamente castiga a las personas y no se ocupa de las condiciones que conforman el conflicto.

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