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Por principio, los principios

17 de junio de 2017

Muchas de las reformas por las que se clama estos días en las redes contra el violador del ascensor ya están hechas. Pero seguirá habiendo depredadores sexuales, no les quepa duda

EL DIARIO.ES – (ELISA BENI).- Esta es una de esas columnas cuya escritura emprendo por cuestión de principios y por no esconder la cabeza como el avestruz. Comprobarán en la lectura que me hubiera sido más cómodo escoger otro sujeto de análisis, pero siempre he pensado que la cobardía es el primer estadio del mal.

No hay para mí nada más desesperanzador que la aparición recurrente de debates que, lejos de abordarse desde la racionalidad y la frialdad, se convierten en una ola de visceralidad en la que se mezclan las cuestiones de forma ilógica para conseguir un único efecto de excitación de los ánimos de los ciudadanos sin lograr nunca ninguna consecuencia útil. En este género entra el suscitado estos días a partir de la identificación de un violador por la policía. Hablo de las furias desatadas en torno al Caso del Violador de la Paz/Violador del Ascensor, P. L. G., aunque su nombre poco importa puesto que no quiero hablar de él sino del tipo de irracionalidad social que se ha suscitado en torno a esa cuestión.

Lo que me importa es la reacción ilógica, la manipulación, el descubrimiento del desconocimiento de los grandes pilares del sistema de derechos y libertades que disfrutamos y la postura apasionada con la que reaccionan incluso personas instruidas. No quiero en realidad hablar del caso de P. L. G. Él, como psicópata malvado, no me interesa demasiado ya que parto de la base de que no existe posibilidad alguna de que la sociedad humana soslaye la existencia de individuos de esta calaña. En ninguno de los siglos de los que tenemos constancia histórica se ha logrado. Ni siquiera cuando se han aplicado castigos crueles o penas de muerte. Ni los métodos de la Inquisición acabarían con ello. Me interesa más cómo ha sido utilizado su caso para excitar sentimientos no racionales y para hacer clamar a la sociedad por restricciones de derechos, ignorando las consecuencias que se derivarían para el resto de los ciudadanos de seguir tales instintos. Si hay algo que no deseo, créanme, es que por culpa de los malvados paguen los inocentes. No hay mayor injusticia. (...)

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