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La mano de obra encarcelada

El trabajo en prisión es una industria de 1.000 millones de dólares en EE.UU., con dudosos retornos para los internos

29 de marzo de 2017

En Idaho, los presos asan patatas. En Kentucky, venden ganado

16.03.17. THE ECONOMIST.COM – (LEXINGTON, KENTUCKY, EE.UU.).- Los expertos de Silicon Valley rara vez acaban en San Quintín, una conocida prisión californiana. Pero cuando Chris Redlitz, un inversionista de riesgo, la visitó hace 7 años, descubrió que muchos de los internos eran aplicados y espabilados empresarios. La visita le animó a crear “The Last Mile” (La última milla), una organización benéfica que enseña a los presos de San Quintín a cómo empezar páginas web comerciales y códigos por lo que pueden llegar a ganar 17 dólares a la hora. Una de las primeras personas a las que ayudó fue Tulio Cardozo, quien estaba cumpliendo una condena de 5 años de prisión por una tentativa chapucera de preparar hachis, que también le provocó quemaduras graves en la mitad de su cuerpo. Dos años después de quedar en libertad, consiguió un empleo como desarrollador jefe en una nueva empresa de San Francisco.

Tales historias redentoras son el modelo de lo que el sistema penitenciario podría ser. Pero son excepciones, la norma es mucho más sombría. El trabajo en las cárceles es requerido legalmente en los EE.UU. La mayoría de los presos condenados trabajan por nada o bien por unos céntimos en tareas menores que parece poco probable que vayan a mejorar sus perspectivas de empleo. En el ámbito federal, la Oficina de Prisiones opera un programa conocido como Industrias de las Prisiones Federales, que paga a los internos alrededor de $0,90 a la hora por producir cualquier cosa como colchones, gafas, señales viarias y chalecos de protección para otras agencias del Gobierno, obtuvo unas ventas de $500 millones en el año fiscal 2016. Los reclusos, según confirmó en portavoz de la Oficina, fabricaron sellos para el Departamento de Defensa y el de Estado. En muchas prisiones, el salario diario es menor que el coste de una barra de chocolate en el economato, si bien la lista de espera para acceder al Programa sigue siendo larga, dado que paga mucho más que los $0,12-0,40 ganados por hora si se trabaja en la cocina de las penitenciarías.

Programas similares existen en el ámbito de los Estados, haciendo que el mercado del trabajo de 61.000 trabajadores cautivos valga más de $1.000 millones. El programa de California espera generar ventas de $232 millones este año, la mayoría proveniente de la construcción y el textil, previéndose también $10 millones del corte de carne. En Idaho, los presos asan patatas. En Kentucky, venden ganado por un valor de $1 millón.

Los críticos han dedicado años a dirigir su odio hacia las cárceles privadas, señalando el riesgo moral creado por lograr beneficios del castigo. Jeff Sessions, el fiscal general, causó un revuelo el mes pasado cuando canceló una directiva de la era Obama para eliminar gradualmente los contratos federales con las compañías de prisiones privadas, que esperan multiplicar sus ingresos con Donald Trump. El precio de las acciones de CoreCivic, el nuevo nombre de la Corrections Corporation de Estados Unidos, se disparó un 43% en un solo día después de que el Sr. Trump fuera elegido, en anticipación de contratos lucrativos para gestionar los centros de detención de inmigrantes.

Pero quienes atacan el nuevo complejo industrial carcelario puede que se sorprendan al saber que las prisiones norteamericanas de gestión pública han estado facilitando mano de obra a las compañías privadas desde 1979. Más de 5.000 presos toman parte en este Programa conocido como “Prison Industry Enhancement” (“Mejora de la Industria de las cárceles”). “Orange is the new Black”, un show televisivo localizado en una penitenciaría de mujeres, satirizó recientemente una compra de una prisión privada tras el que las internas eran obligadas a coser lencería por $1 a la hora. Pero eso cuenta la mitad de la historia. Las internas efectivamente produjeron lencería para marcas como Victoria’s Secret en los años 90, pero solo tras un acuerdo entre las prisiones de Carolina del Sur y un fabricante privado.

La industria del trabajo en las prisiones estadounidenses está envuelta en eufemismos. Las Industrias de las Prisiones Federales hacen negocios con el más aceptable nombre de UNICOR y a los programas de producción en las cárceles gestionadas por el gobierno se les denomina “industrias correccionales”. Algunos slogans son mejores que otros; UNICOR tiene la desafortunada costumbre de llamar “fábricas con verjas” a sus instalaciones.

El trabajo después de la puesta en libertad es quizás la mejor defensa contra la reincidencia. La principal justificación para el trabajo en prisión es que vence a la ociosidad y da a los internos habilidades que tienen salida en el mercado. No está claro que en la actualidad lo haga. “La gran mayoría del trabajo en la prisión ni siquiera se encubre con la idea de la rehabilitación”, dice Heather Thompson de la Universidad de Michigan. Los empleos manufactureros sencillos, como aquellos que hacen a precios muy baratos la mayoría de los internos, han abandonado ya el país. El estudio auspiciado por la Oficina de Prisiones, que muestra caídas en la reincidencia, fue publicado en 1996. Las estadísticas de comparación más recientes ignoran a menudo el sesgo con el que se elige a quienes se estudia. Los trabajos rigurosos académicos sobre este tema son prácticamente inexistentes.

Así y todo, tales programas son indudablemente legales. La Enmienda 13ª a la constitución prohíbe el esclavismo y la servidumbre no remunerada, “excepto como un castigo del delito”.

 

TRADUCCIÓN EQUIPO REDACTOR WEB

TEXTO ORIGINAL EN INGLÉS EN ENLACE EXTERNO ADJUNTO

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