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“Los clientes del restaurante preguntaban qué trabajadores eran los presos, cuando todos lo eran”

13 de diciembre de 2016

Alberto Crisci ha reducido la reincidencia en cuatro cárceles inglesas un 87,5%, a través de su programa de integración en restaurantes ‘The Clink Charity’

NOTICIAS DE GIPUZKOA.COM – (ALICIA ZULUETA y RUBÉN PLAZA).- Alberto Crisci es el impulsor de The Clink Charity, un programa de inclusión instaurado en cuatro cárceles de Reino Unido -Cardiff, Brixton, High Down y Styal- por el que distintos presos llevan adelante cuatro restaurantes abiertos al público. Tras sufrir la bancarrota de su negocio, Crisci partió desde abajo como cocinero del centro penitenciario HPM High Down debido a los buenos horarios y que estaba cerca de su casa. En cinco años, ya era el jefe de la cocina y comenzó a enseñar a cocinar a los prisioneros. Siete años después, ha reducido el 87,5% de la reincidencia gracias a sus cuatro restaurantes en cárceles inglesas en los que trabaja con unos 500 reclusos, quienes elaboran menús de cuatro platos de cocina británica moderna. Crisci participó ayer en la jornada Culinary Interaction, organizada por Basque Culinary Center, y destinada a analizar la unión entre la gastronomía y otras disciplinas.

¿Cómo decidió implicarse en el mundo de la cocina y la prisión?

-Una de mis pasiones es la comida. Cuando era pequeño iba con mi familia a Italia de vacaciones, porque mis padres son italianos. La cultura de la comida allí era diferente. Los niños buscaban tomates, subíamos a los árboles y cogíamos higos o melocotones, todo en su temporada. De ahí nace mi pasión por la comida. Y por la otra parte, cuando vivía en Inglaterra tenía dos amigos de la comunidad italiana que se quedaron sin padres y comenzaron a beber alcohol, a fumar, se volvieron adictos a la heroína y cometieron crímenes, así que fueron a la cárcel. Joseph, con 30 años, murió en prisión ahogado en su vómito y su hermano pequeño, Nicky, se suicidó dos años más tarde. Por eso estoy interesado en la rehabilitación.

¿Cómo consiguió impulsar el proyecto y que resultara exitoso?

-Los prisioneros, cuando salían en libertad, volvían diciendo que nadie los contrataba. Entonces, invité a empresarios a la cárcel para que vieran lo que yo veía y tuvieran contacto directo con los presos. En una pequeña sala los reclusos cocinaban y servían un entrante, pescado, carne y postre para doce personas. Todo sin alcohol. Los empresarios les dieron sus tarjetas para ofrecerles trabajo cuando fueran liberados. Hice eso durante cinco días, hasta que abrí el primer restaurante aprovechando que la cárcel se expandió y, junto a tres socios, abrimos el primer restaurante The Clink, en 2009.

¿Además de cocinar, qué otras habilidades y valores se transmiten?

- Les enseñamos a cultivar, a cocinar, a servir y a llevar la barra del bar. Pero lo más importante es la forma de interactuar entre ellos y con los demás. Tienen que ser educados, respetuosos, aceptar las opiniones y las instrucciones. Ganan confianza, y aprenden a no saltar, porque en la cárcel se rigen por la agresividad. También les inculcamos modales, tal y como hacen los padres. Al final acabamos siendo la familia que no han tenido. Además, en cada restaurante hay un encargado que conoce a cada recluso para darle apoyo y seguimiento una vez que es liberado.

¿‘The Clink’ funciona igual que cualquier restaurante?

-Exactamente igual. Si te vendas los ojos y apareces dentro nunca dirías que es una cárcel, porque además dos de los cuatro restaurantes están dentro de la propia prisión. De hecho, los clientes preguntaban quiénes eran los presos, porque no se los imaginaban arreglados con uniformes. El objetivo no es crear una ilusión, sino demostrar que se pueden comportar. La comida es de temporada y ecológica, recogida por el programa de mujeres de horticultura. Los muebles y los cuadros de la sala también están hechos por los prisioneros, para que los clientes puedan ver sus diferentes talentos. Otro de los beneficios es cómo mejora la relación entre los vigilantes y los presos, que comen en el restaurante.

¿Qué clase de presos se unen al programa?

-Toda clase. Algunos están terminando su condena de siete meses por conducir borrachos y otros son asesinos y llevan 20 años. Tenemos algunos criterios, como que les queden entre 6 y 18 meses de cárcel, porque no tendría sentido hacer el programa si vas a estar ocho años más en la cárcel. Tienen que tener una dirección inglesa para que podamos hacer su seguimiento una vez que salgan. Y también hay algunos crímenes que no permitimos.

¿Este modelo se puede aplicar a otras disciplinas?

-Claro. Sé que no todos los que pasan por The Clink van a ser cocineros, porque algunos de ellos ya tenían una carrera antes de la cárcel. No se trata de comida, sino de personas. La cocina es lo que yo les puedo enseñar y el canal para que lleguen a lo que quieren hacer.

¿Ha pensado en trasladarlo a otros países?

-Sí he pensado en ello. Por el momento, estamos trabajando para abrir dos restaurantes más el año que viene en Gales del Norte y en el norte de Inglaterra. Nada impide que otros países lo hagan. Es una idea simple, pero necesita financiación del Gobierno, porque construir un restaurante de la nada requiere unos 600.000 euros. El problema es que no hay muchos gobiernos que tengan el valor de tomar una decisión que no va a gustar a la opinión pública.

¿Cuáles son los objetivos para el futuro?

-Cambiar la actitud sobre la encarcelación y sobre la idea de encerrar a la gente. Cuando son liberadas, las personas salen peor de lo que entraron: gente menos capaz de cuidar de sí misma y mantenerse, y gente más capaz de volver a la cárcel. Es algo en lo que debemos invertir. Mi meta es que otros gobiernos se fijen en nuestro modelo porque el número de restaurantes que podemos abrir tiene un límite, y la manera de abarcar más es que lo hagan otros países.

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