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La libertad creativa entre rejas

5 de diciembre de 2016

Caixafórum Barcelona confronta en «Bálsamo y fuga», comisariada por Mery Cuesta, obras de la colección de arte contemporáneo de La Caixa con piezas creadas por reclusos en una decena de centros penitenciarios catalanes

ABC.ES – (DAVID MORÁN, BARCELONA).- Es un diálogo, sí, pero también una reivindicación del arte como espacio de libertad incluso cuando esta permanece encerrada entre cuatro paredes y un puñado de barrotes. «De lo que hablan un preso y un artista es de la humanidad; ambos comparten temas», subraya Mery Cuesta, comisaria de una exposición que, bajo el título de «Bálsamo y fuga», reúne en CaixaFórum-Barcelona proyectos artísticos de internos de las cárceles catalanas y las confronta con obras de la colección de arte contemporáneo de La Caixa.

Es así que autores consagrados como Barceló, Saura o Guinovart comparten espacio con presos que firman sus retratos de Camarón de la Isla con el nombre de «Picasín», o reclusos que, inspirados por los hermanos Méliès, imaginan en un cortometraje cómo sería escapar de la cárcel a bordo de un barco de papel.

«Son dos roles sociales muy diferentes: uno muy estigmatizado y el otro muy elevado», señala Cuesta, para quien el propósito de la cita es arrojar un poco de luz a la vida carcelaria y, al tiempo, reflexionar sobre lo que ocurre cuando se ponen a dialogar «obras que vienen de la institución penitenciaria con obras de la institución artística». Una idea que empieza a cobrar forma en el umbral de «Bálsamo y fuga», donde el «9 to 5» de Ruscha comparte protagonismo con un calendario hecho con pasta de dientes en Quatre Camins.

Diálogos horizontales

«Sin querer compararlos, son diálogos muy horizontales que demuestran que dos roles tan alejados pueden hablar de lo mismo», apunta Cuesta sobre una exposición cuyo diseño ya es toda una declaración de intenciones, con una planta que reproduce el concepto de «institución total» y que recorre desde la entrada a la salida, pasando por el taller, el patio y los cubículos.

«Hay un modelo arquitectónico que favorece el control y la vigilancia del individuo», añade la comisaria. Esa sensación de control y pérdida de libertad es lo que reflejan las primeras piezas de la muestra, centradas en retratar «la alienación, la presión del sistema, la sensación de estado de sitio»; temas que sintetizan un conjunto cerámico en el que los funcionarios de prisiones aparecen retratados como bestias azules. Un gran retrato de Pedro Mora sirve para agrupar trabajos en que los presos reflexionan sobre la identidad y su pérdida y se presentan a través de una serie de dibujos decapados, mientras que entrar en el taller implica comprender que, en efecto, el arte puede ser en las prisiones «un alivio y una forma de huida».

Un bálsamo y una fuga en los que tienen un papel relevante los 53 monitores artísticos que actualmente trabajan en las diez prisiones catalanas y que acompañan a los internos en su viaje a través de las artes plásticas, la música o el teatro. «En muchos trabajos se nota que hay profesores detrás; no vienen de la nada, de gente sin formación», subraya Cuesta en referencia, por ejemplo, a la interpretación en videodanza que hacen presos de Brians 1 de un poema de Oteiza.

De hecho, la exposición nació por iniciativa de esos educadores artísticos, quienes contactaron con Cuesta para apreciar el trabajo creativo que se venía realizando en las cárceles catalanas. Que Cuesta fuese la elegida también tiene su explicación, ya que ella fue la responsable de «Quinquis de los ochenta», exposición que pasó en 2009 por el CCCB y que, explica, fue muy visitada por el mundo carcelario.

Pájaro, barco, reloj

Lo que puede verse ahora en CaixaFórum es el resultado de cuatro años de trabajo recorriendo centros penitenciarios, seleccionando piezas ya existentes, encargando otras expresamente para la muestra o catalogando símbolos propios de la vida carcelaria como el pájaro, el barco y el reloj, tres constantes en un recorrido que también pone de relieve la importancia de la cerámica durante la reclusión. «Tiene un particular poder transformador, no sé si porque el barro es muy atávico o porque es una metáfora de la autoconstrucción de las personas», señala Cuesta.

Así, entre laberintos y corazones moldeados, lienzos reutilizados una y mil veces y expresiones de «arte taleguero» realizadas a base de miga de pan, colillas y bolsas de patatas, «Bálsamo y fuga» ahonda en la necesidad de expresarse ya sea entre rejas o en libertad, y da rienda al escapismo, con un apartado final en el que los presos se acercan al surrealismo bajo la atenta mirada de «L’amour fou», de Barceló. Un fiel reflejo de las emociones que afloran en las celdas de las prisiones y que se despide con dos grandes murales realizados por el ilustrador Ricardo Cavolo en colaboración con los presos, los cuales completan el arco narrativo y relacionan, una vez más, la institución penitenciaria y la artística.

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