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«Me daba miedo la sociedad hasta el punto de preferir la cárcel»

30 de septiembre de 2016

La Asociación Egueiro abre su primer piso de apoyo a la reinserción en el barrio de Sant Andreu para personas con toxicomanías, patología dual y medidas penales

LA RAZÓN.ES – (ÁNGELA LARA, BARCELONA).- La Asociación Egueiro, que realiza varios programas de rehabilitación, ha ampliado su espectro de acción este verano con la inauguración en Barcelona de un nuevo piso de apoyo –el primero en la Ciudad Condal y el quinto en total–, con capacidad para ocho personas, ubicado en el barrio de Sant Andreu y cuyo objetivo principal es el de facilitar la reinserción socio-laboral de sus usuarios, que se encuentran en la última fase del proceso y los cuales cuentan con tipologías diversas como toxicomanías, patología dual, medidas penales alternativas, entre otras.

A día de hoy en la casa, de tres pisos y cuatro habitaciones –dos dobles, una triple y una individual-, dos baños y un espacio de ocio con biblioteca y conexión wi-fi, conviven cinco personas, las cuales han superado las dos primeras fases de la rehabilitación en un centro aislado en Tarragona o Lleida e inician ahora su inserción definitiva, y éstos reciben el apoyo y la supervisión de los educadores, que diariamente vistan la casa para llevar a cabo terapia grupal. «Ellos se organizan, distribuyen y realizan las tareas domésticas como limpiar, comprar o cocinar y además, durante su estancia en la casa, tienen el deber de buscar trabajo o continuar su formación, siempre con la ayuda de la entidad y sus profesionales», explica el director de la asociación, Jaume Vilanova. «A ellos les suele costar volver a la sociedad, tienen dificultades de integración, por lo que vivir en la casa de apoyo les ayuda a avanzar en este sentido, y además normalmente son personas que no tienen una especialización concreta a nivel profesional, cuentan con escasa formación, por lo que es complicada su integración laboral», señala Vilanova, quien añade que «tardan una media de 11 meses en encontrar empleo».

El director de Egueiro recuerda que para estas personas el camino hasta el piso de apoyo ha sido muy duro, como demuestra que sólo el 20% de las personas que ingresan en algún centro de la entidad llegan a la tercera fase y de éstas, el 80% recibe el alta, y señala que «son personas con un alto sentimiento de culpabilidad, que se sienten rechazadas, por lo que es muy importante el acompañamiento de los técnicos en esta última fase hacia la integración completa, un soporte que no tendrían fuera de un piso de apoyo». En este sentido, Vilanova recuerda que «semanalmente los usuarios de la casa realizan una reunión de convivencia para pactar y negociar pequeños conflictos que pueden surgir en el día a día en presencia de un educador, quien además les ayuda y orienta en la búsqueda de empleo y formación siempre que lo necesiten».

Ayuda imprescindible

«Por mí mismo nunca habría salido del pozo en el que me metí», admite Abraham, de 45 años a quien, tras cometer varios delitos e ingresar en prisión, el juez le ofreció la opción de sustituir su pena de cárcel por su ingreso en una comunidad terapéutica en régimen cerrado para someterse a un tratamiento contra su adicción a las drogas. De hecho, Abraham confiesa: «Yo jamás pensé que llegaría hasta aquí; siempre creí que dejaría la terapia para volver a prisión». Después de 20 años consumiendo y otros 16 meses más ingresado en Egueiro, Abraham vive desde hace nueve meses en una casa de apoyo en la que trabaja a diario para «aprender a sociabilizar y a comunicar» y está completando su formación con el objetivo de poder ejercer en un futuro no muy lejano de coordinador en la asociación.

«En la calle llega un momento que eres anti social y rechazas las normas por lo que durante la primera y segunda fase de la terapia pensé muchas veces en abandonar y volver a prisión, pero cuando llevas un tiempo en el programa terapéutico te das cuenta de que todo tiene un porqué», señala Abraham, quien asegura que «ahora estoy intentando empezar mi vida desde cero». «Al principio me costaba empatizar con las personas, porque yo era muy agresivo y venía de la cárcel con un escudo. Desconfíaba de todo el mundo», reconoce para a continuación admitir que «no empecé a hablar de cómo me sentía hasta la segunda fase». «Entonces me daba miedo la sociedad, no encajar, hasta el punto de preferir la cárcel por ser algo ya conocido». En 11 meses, cuando concluya su condena, Abraham recibirá el alta y podrá entonces iniciar una nueva vida, momento para el que ya espera poder contar con un empleo.

Ser valiente

El testimonio de Dan, de 42 años, confirma las sensaciones compartidas por Abraham. «Yo era un chico que lo tenía todo, hasta dinero en el bolsillo, y por culpa del alcohol lo perdí todo», admite Dan, marinero de profesión que durante varios años regentó un bar. «Hasta que no tocas fondo, no te das cuenta de nada», advierte este catalán, quien decidió hace tres años pedir ayuda a la asociación por iniciativa propia. Ahora, sentado en la mesa del patio exterior de la casa de apoyo ubicada en el barrio de Sant Andreu, Dan anuncia satisfecho que «el 11 de noviembre haré un curso en la Universidad Náutica. Quiero ser marinero de puente de cruceros», asegura convencido Dan para a continuación bromear: «He venido a Egueiro en metro y quiero irme en barco».

Dan es ahora todo optimismo y entusiasmo pero en el camino ha vivido momentos muy complicados. “Ahora empiezo a ver la luz porque esto no es nada fácil, es muy duro”, asegura y señala que, en cualquier caso, si quieres salir adelante “hay que pasar por aquí y hacerlo es de valientes”. “Ten en cuenta que cuando empezamos la terapia somos personas desestructuradas, que hemos de ir puliéndonos y durante el proceso tienes ganas de dejarlo, de abandonar, de marcharte en muchas ocasiones”.

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