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"Mi hijo temía no salir vivo de la cárcel de Albocàsser (Castellón)"

5 de septiembre de 2016

EL MUNDO.ES – (CARMEN HERNÁNDEZ).- Asistimos incrédulos a los documentales que muestran las condiciones infrahumanas que se viven en las cárceles de algunos países sudamericanos y no acabamos de creernos las escenas que reflejan las series televisivas del día a día entre rejas. La imagen de la cárcel que refleja la pequeña y a veces la gran pantalla nos parece tan irreal que preferimos pensar que los internos españoles gozan de todos los derechos que se contemplan en un estado de derecho.

Pero no es así, o al menos hay excepciones flagrantes. El interno Miguel García, un joven de 26 años de Betxí que hace un año y medio entró en la prisión de Albocàsser, ha sufrido, según ha denunciado su padre Emilio García, «un trato inhumano que lo ha situado al borde de la muerte».

Este padre coraje, que a sus 57 años tan sólo tiene a Miguel como familia, se declara atrapado en la desesperación al ver cómo en esta cárcel se vulneran continuamente los derechos de los internos, «se les golpea, se les niega asistencia sanitaria y tampoco les proporcionan la medicación que necesitan».

La historia de Miguel es la de un joven que entró en prisión por quebrar una orden de alejamiento apenas cumplidos los 20 y que, a pesar de contar con un buen comportamiento e incluso formase entre rejas, fue trasladado desde Castellón I a la prisión de Albocàsser (la peor de toda Europa según su padre). En un año, el joven de Betxí, que contaba con las simpatías de los funcionarios de Castellón I, ha acabado luchando contra su propio cuerpo, ya que al ver que el nuevo médico del módulo le retiraba la medicación que tomaba para tratar sus problemas psiquiátrico Miguel solicitó la visita de un psiquiatra. Y ante la negativa de la prisión se vio obligado a ponerse en huelga de hambre. «Perdió en un mes más de 25 kilos, no llega a los 50 kilos, y además luego no le dieron dieta blanda hasta pasados 20 días» se lamentaba Emilio sufriendo por la salud de su hijo, que apenas hace un mes volvió a sumirse en la desesperación e inició otra huelga de hambre.

Este padre coraje, un hombre sencillo que se ha dedicado a trabajar toda la vida, se vio abocado a una depresión que le impedía desarrollar su labor profesional en una industria azulejera. Emilio sabe que su hijo debe cumplir la condena impuesta por los delitos que ha cometido, pero «temo no volverlo a ver con vida» por lo que ha solicitado por activa y por pasiva que lo trasladen de prisión.

«Mi hijo tiene miedo de no salir vivo de allí, lo tratan como un animal», aseguraba Emilio García, recordando la última paliza que su hijo le contó que había recibido. «Un día me llamó la madre de otro interno para avisarme de que la vida de mi hijo corría peligro», explica angustiado este padre que no ha dejado de denunciar la situación de Miguel por los cauces legales ni de exigir explicaciones a los responsables de la prisión.

Las quejas y denuncias realizadas al Juzgado de Vigilancia Penitenciaria aportan los escritos de un preso que describe la dura realidad que llevó a Miguel a dejar de comer. Mientras tanto su padre intentaba interceder por su hijo, pero todo en vano. «La última vez que hablé con un responsable de la cárcel me dijo que si hijo se moría le daba exactamente igual», explica un padre asustado que acabó denunciando la paliza que le propinaron el pasado julio. Desde Instituciones Penitenciarias la respuesta a la situación de Miguel García se traduce en un mutismo absoluto.

«Temo que me despierten en mitad de la noche para avisarme que ha muerto», explicaba Emilio García tras la paliza que le contó su hijo y días antes de que a finales de agosto le comunicaran que iban a trasladar a su hijo a la cárcel de Daroca. «Sigue estando en la cárcel, pero estamos más tranquilos».

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