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«Las piedras no son culpables de nada»

8 de agosto de 2016

Las viejas cárceles gallegas, sustituidas por edificios más modernos, se debaten entre el abandono o su restauración para ser dedicadas a otros cometidos más amables

LA VOZ DE GALICIA – (SOLEDAD ANTÓN, JUAN VENTURA LADO, XOSÉ GAGO, XOSÉ M. RODRÍGUEZ, ENRIQUE G. SOUTO Y MARÍA SANTALLA).- Las paredes del Museo de Arte Contemporáneo de Vigo cobijan las historias de cientos de presos. Otras cárceles gallegas que han perdido ese uso buscan un destino o, directamente, se van deteriorando ajenas a los recuerdos que todavía guardan los reclusos que un día las habitaron.

VIGO

Un penal reconvertido en museo. Carlos Núñez (le Vieux, como gusta presentarse) tenía 16 años cuando se afilió al Partido Comunista. Fue precisamente su ideología política lo que lo llevó a la cárcel de Vigo hasta en 13 ocasiones durante el franquismo. Los cargos siempre eran los mismos: asociación ilícita y propaganda ilegal. «No me detenían por robar gallinas o por atentar contra el erario público como hoy está de moda, sino por defender la libertad», afirma. Aquella prisión que tan bien llegó a conocer terminó transformada el 13 de noviembre del 2002 en un centro cultural de referencia en la ciudad, el Museo de Arte Contemporáneo (Marco). Curiosamente, Carlos Núñez fue uno de los responsables de esa transformación, ya que era concejal de la corporación que tomó el acuerdo. El alcalde era Manoel Soto.

Han pasado muchos años, pero el recuerdo que tiene de la cárcel, de aquella celda número 13 -«siempre me tocaba en la maldita 13»-, sigue siendo nítido: «Recuerdo el color de sus paredes, negruzco, llenas de arañazos, de mensajes escritos con las uñas; en una cárcel no puede haber objetos punzantes, pero la gente se las ingeniaba para dejar sus adioses». Recuerda también el olor agrio, «un olor de bacteria, nauseabundo», y los ratones «y otras cosas horribles» que salían por el váter y que le obligaban a dormir a «ojovela». Finalmente, recuerda el cielo a través de la claraboya central, «ese cielo por el que pasaban las escasas gaviotas de entonces. Veía la libertad, esa libertad que hoy veo en este edificio, pero que es la libertad de un centro de arte. Es la libertad del futuro», afirma.

Reconoce que no se cumplieron sus temores y el edificio sigue en pie. Cuando cerró la cárcel pensó que se derribaría para hacer una plaza porticada y poder especular. Pero no, la corporación de la que él formó parte acordó rehabilitar el inmueble. «Los vigueses están encantados de tener un edificio así en el centro de la ciudad». Pese a lo pasado, él también, «porque las piedras que lo sostienen no son culpables de nada».

CORCUBIÓN

Un edificio de más de cien años. Mercedes y Ana Canosa Domínguez, ya septuagenarias, mantienen todavía muy vivos los recuerdos de lo que fue su infancia y juventud en la cárcel de Corcubión donde se criaron. A su padre, Jesús Canosa Lago, que se ganó el aprecio del pueblo pese al puesto que ocupaba, le dieron la plaza de carcelero «al acabar la guerra [civil] por ser caballero mutilado útil, como decían ellos, y fuimos para allí cuando yo tenía tres años. Me casé a los 19 y entonces todavía vivíamos en la cárcel», relata Mercedes. «Yo nací aquí» dice Ana mientras recorre las estancias de lo que era su cocina, la de los presos, las celdas y algunos elementos originales que se conservan en el edificio neoclásico de mitad del XIX ubicado en el acceso al puerto.

Los detalles y las vivencias se amontonan en sus cabezas aunque ambas guardan muy buen recuerdo de aquella etapa. «Veíamos a los presos de las rejas y nos conocía media humanidad, pero a nosotras siempre nos respetaron mucho y jamás un preso se opuso a mi padre», cuenta Mercedes, que no se olvida de una ocasión en la que le pidieron a su padre meter la mesa de jugar la partida dentro de una celda porque en el patio hacía mucho frío y la utilizaron para «sacar las tejas y escapar».

Eran tiempos de miseria y las 3,50 pesetas del «socorro» que le daban a los presos difícilmente les alcanzaban para sostenerse, por eso las familias que podían encargaban «comida en las pensiones del Relojero, la Perla o Pachín». Incluso «pedían pescado por los barrotes y se lo daban, luego lo limpiaban y lo asaban ellos aquí», rememora Mercedes.

A CORUÑA

Camino de la ruina. En 1994, cuando tenía 25 años, Ernesto López Rey entró en la cárcel provincial de A Coruña, hoy abandonada y camino de la ruina. Era insumiso, se negó a hacer el servicio militar obligatorio, y por eso le cayó un «2-4-1», dos años cuatro meses y un día en la jerga de la prisión, de los que cumplió 14 meses, la mayor parte en tercer grado. Ingresó con un compañero insumiso, el actor César Goldi Martínez Pérez. Como todos los recién llegados, primero pasaron el «período», 24 horas de aislamiento en un calabozo separado del resto de los reclusos: «Era unha pocilga», recuerda Ernesto, «as paredes e o chan estaban cheos de vómitos, sangue e merda, todo pegado».

Les recomendaron «saír pouco ao patio»: parte de la droga que se movía en prisión llegaba dentro de pelotas de tenis que aterrizaban allí. Otra parte entraba por la puerta, Ernesto sospecha que con la anuencia de algún funcionario. El primer día no comió: «Non sei nin que era, parecía carne». Dormían cuatro personas por celda, en literas. En cada una había un váter que se utilizaba dejando fluir el agua seguido para que no subiesen las «ratas, grandes como gatos» que a veces corrían por los pasillos.

Ernesto no recuerda mucha violencia física. Describe la cárcel como «un mundo pechado», con sus propios códigos y funcionarios muy distantes, algunos «moi malas persoas». Pero también la desmitifica: «É como o hospital, podes ser unha persoa calquera normal e acabar alí».

 

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