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Descoordinación en la cárcel de Tarragona

1 de agosto de 2016

La sucesión de incidentes graves evidencia fallos de seguridad entre funcionarios y Mossos

EL MUNDO – (ROBERTO VILLARREAL).- Nueve meses después de su inauguración, los protocolos internos de funcionamiento de la carísima y ultramoderna prisión de Mas d'Enric (El Catllar), buque insignia y bandera del sistema penitenciario catalán, siguen haciendo aguas. El factor humano, clave para el eficaz funcionamiento de los sistemas de tecnología punta con los que está dotada la cárcel, ha fallado en varios incidentes de cierta gravedad que, al menos sobre el papel, no tendrían cabida en el diseño de la nueva prisión.

Todas las comodidades que ofrece el gigantesco centro penitenciario, que incluso tiene piscina, no han servido para generar el idílico ambiente, idóneo para la reinserción, que promete la Generalitat. En poco más de un mes, en Mas d'Enric se ha vivido el incendio de una celda -con la evacuación de 90 presos al patio durante toda la noche- y el atrincheramiento del pirómano en la zona polideportiva del recinto, el motín de un grupo de presos por lo que consideraban un pésimo servicio de comedor, y el suicidio de un recluso por ahorcamiento.

Según fuentes conocedoras, el problema más grave reside en la descoordinación de los equipos humanos -funcionarios, en el interior, y Mossos d'Esquadra, en el perímetro- que controlan Mas d'Enric. Los sindicatos ya han puesto el dedo en la llaga al hablar, más allá de las carencias de personal, de la necesaria mejora de los «protocolos de seguridad y autoprotección».

«Durante los últimos episodios -incendio y suicidio- en ningún caso se comunicó el código rojo, lo habitual en casos graves, y hubo una absoluta falta de información en el exterior», explican fuentes de los cuerpos de seguridad, que veían por los monitores de la sala de control que algo extraño estaba pasando, pero no se les notificaba ninguna incidencia: «Se va obteniendo información fragmentada, pero en ningún momento hay una llamada desde el interior para explicar qué pasa».

«Es -valoran las citadas fuentes- como si existiera una especie de pacto de silencio, impuesto desde la Dirección General de Servicios Penitenciarios, para proyectar una imagen de prisión modélica y perfecta, sin incidentes, cuando lo importante es estar bien preparados para lo imprevisto, ya que esto no es Harvard y con este personal lo raro sería que no existan roces y fricciones».

Con respecto a la falta de personal, uno de los caballos sindicales de batalla, el conseller de Justícia, Carles Mundó, negó rotundamente en Tarragona que los posibles desajustes se deban al escaso número de funcionarios en una instalación tecnológicamente tan avanzada. Según ha podido saber EL MUNDO, el origen del conflicto tiene que ver con el sofisticado sistema de vigilancia del recinto, «una especie de Gran Hermano para los internos, pero también para los funcionarios, a los que se les exige mucho más rendimiento que en la vieja cárcel; hay gente mal acostumbrada».

Aunque pudiera parecer una cuestión menor, al malestar y los consiguientes incidentes también habría contribuido el servicio de comedor, gestionado por el CIRE (Centro de Iniciativas para la Reinserción), empresa pública para la formación laboral de reclusos. «No son profesionales y se nota en calidad y cantidad del servicio; desde el exterior, es difícil comprender el efecto que puede llegar a tener una mala comida entre los muros de una cárcel», describen.

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