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En la muerte de Fernando Múgica

Fernando y yo

20 de mayo de 2016

EL MUNDO – (DOMINGO GÓMEZ MAZA).- Verano de 1981. Todavía convulsionado por el fallido golpe de estado del 23F, entro a hacer prácticas como fotógrafo en el -junto con El PAÍS- más leído de los periódicos de nuestra incipiente democracia: DIARIO 16. No voy a detenerme en detallar mucho más porque sería demasiado largo. Ahí comprendí que la fotografía de prensa era una jungla, una lucha fratricida, un sálvese quien pueda, un marica el último que, a la larga, me llevaría a aborrecerla. Si alguien te podía poner una zancadilla, sin duda lo haría.

En aquellos ya lejanos días me mandó Pedro J. Ramírez a la prisión de Carabanchel a cubrir un motín carcelario que duró varias jornadas. De pura casualidad conseguí una buena imagen de un policía apedreado que había quedado atrapado entre dos frentes: los reclusos amotinados y sus familiares, que habían acudido al presidio a ponerse de su lado a pedradas. Esas imágenes, que fueron convenientemente vendidas a prestigiosos medios internacionales (por supuesto, yo no vi ni una peseta de ese éxito editorial) hicieron aumentar las expectativas sobre mis trabajos posteriores y me encargaron tareas para las que, en honor a la verdad, yo no estaba preparado.

Una vez resuelto el motín, me entero de que, por no sé qué suerte de proceso selectivo, he sido elegido, junto a Fernando Múgica, para visitar el campo de batalla en que se había convertido el lugar. Desde el primer momento supe que había gato encerrado. Se trataba de documentar los destrozos que habían causado los amotinados y, dado que el permiso de visita era una especie de graciosa concesión del Ministerio del Interior, aprovechar la coyuntura para poner el acento sobre el salvajismo de los internos: camas quemadas, puertas arrancadas, ventanas sin un sólo cristal.

Y en esas estábamos cuando accedimos a un patio interior donde permanecían confinados y en formación los pocos supervivientes de la contienda que no estaban ya ingresados en el hospital. De pie, desnudos y con marcas por todo el cuerpo que evidenciaban la brutalidad con la que habían sido apaleados. No esperaba darme de bruces con aquel baño de realidad. Un alto mando policial, presente junto a un grupo de funcionarios, nos advirtió de que esta parte no se podía fotografiar y que debíamos cruzar rápidamente hacia los talleres para mostrar al mundo exterior el lamentable estado en que estos salvajes los habían dejado.

Y así lo hicimos. O por lo menos así hubiera jurado que lo hicimos... porque Fernando, no sé ni cómo ni de qué manera, había tenido la extraordinaria habilidad -y los santos cojones- de documentar gráficamente el estado de aquellos pobres diablos apaleados. Había sacado petróleo en unas circunstancias en que yo no me había atrevido ni a desenfundar la cámara. Volvimos a la redacción cambiando impresiones en el taxi. Él, con la satisfacción del deber cumplido. Yo, bastante frustrado, no sólo por lo que había pasado... sino por lo que me temía que iba a pasar.

Al día siguiente, cuando salió el periódico a la calle tuve una demostración de la extrema generosidad y talla humana de Fernando. Había firmado cada una de las impresionantes imágenes con el nombre de los dos. Cuento esto porque creo que se lo debía. Descanse en paz.

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