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Aunque se vista de seda

3 de mayo de 2016

LEVANTE-EMV.COM – (NEUS GÓMEZ).-  La jueza María del Prado Torrecilla se ha puesto ella sola en el punto de mira por conceder el tercer grado al expresidente provincial Carlos Fabra en contra del criterio del fiscal, la Junta de Tratamiento de la cárcel de Aranjuez y la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Cuestionarla por la controvertida decisión parte porque expertos penalistas sostienen que lo habitual, no excepcional„ es que el tercer grado cuente con el aval del centro penitenciario. Y no, no es el caso.

Para que su señoría no se encuentre precisamente bajo palio, tampoco ayuda que en 2003 fuera suspendida del ejercicio de sus funciones por presionar a una compañera para que le concediera el tercer grado a Mario Conde. La Fiscalía pidió entonces su expulsión de la carrera.

La decisión de la magistrada es recurrible pero ya vuela la sensación de que un proceso largo, costoso, lleno de jueces que han ido y venido en excedencias y traslados, donde la suerte ha llovido en juegos de azar y que tras ver por fin las condenas, ahora ha quedado en nada. ¿No parece que hay dos justicias o tres o cuatro o muchas para según quien o según qué juez? ¿No se nos derrumba a todos con estas decisiones que parecen tan arbitrarias la confianza en las instituciones? Sobre todo en una tan fundamental como es la justicia.

Si la señora Torrecilla es una amante de la libertad „condición que le presumo„ lo celebro, pero, así las cosas, ¿no alerta que una jueza que presiona a una compañera siga juzgando como si tal cosa? Y sigo. ¿Qué razones alegaba el fiscal para solicitar entonces apartarla de la carrera judicial? ¿No es normal que surjan dudas sobre su criterio? ¿No parece que al tomar esta decisión ha dejado en mantillas a tres instituciones? ¿Y a alguien que no lo merece en la calle?

Quiero pensar que no es el punto final, que queda mucha letra pequeña por desbrozar. Porque, al menos, estas tres instituciones, y el rubor de la ciudadanía ante noticias como esta, como en su día aquel fiscal del caso de la jueza Torrecilla, demuestran algo: que la justicia, que está para todos, merece un respeto. A pesar de los pesares. Y la libertad, también.

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