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¡A la cárcel!

28 de abril de 2016

La cárcel se entiende hoy como terapia penológica de reajuste moral, intelectual y jurídico

DIARI DE TARRAGONA.COM – (ANA DE LARRIGANA).- Llamó mi atención un artículo recién publicado sobre los Países Bajos. Asombrosamente están cerrando sus cárceles al registrar un descenso de sus internos, a la vez que alquilan celdas a Bélgica y a Noruega. La desertización carcelaria puede explicarse, no tanto porque la población holandesa pudiera estar compuesta mayormente de ángeles, sino por su política de reinserción eficaz en penas cortas, en sanciones financieras y también en motivos presupuestarios.

En España la población reclusa ha disminuido por sexto año consecutivo. En 2009 había un total de 76.079 internos, de los que el 7,6% son mujeres y un 33,6% extranjeros. En 2015 suman un total de 61.614, es decir 14.465 internos menos desde 2009 (7 presos menos al día). En Catalunya los reclusos sumaban un total de 9.291 en 2014 y 8.810 en 2015, es decir disminuye en un año el 5,18%. (Datos del Ministerio del Interior). Mientras en Holanda la estancia media en prisión es de 3 meses y medio, en España es de 10,4 meses.

Pero la encarcelación no siempre ha sido la manera usual de castigo, ya que la cárcel como establecimiento destinado al cumplimiento de la pena, data de 1166 con Enrique II de Inglaterra. Los castigos corporales, ostracismo social, galeras, trabajo forzoso o esclavismo eran las formas más habituales de castigo en tiempos antiguos, incluso en la Europa medieval, y más tarde en los enclaves coloniales de rancios imperios.

Los castigos han sido impuestos a lo largo de la historia por el concepto de “delito” y éste es el que ha ido cambiando en los sucesivos códigos penales, pero ante todo, el delito conserva cinco elementos: acción u omisión, antijuricidad, tipicidad, culpabilidad y punibilidad.

Obviando los motivos sinsentido que sustentaron la encarcelación aun en tiempos recientes como la blasfemia, sexo, religión, orientación sexual, ideas políticas, deudas etc., las penas de libertad son un concepto relativamente moderno. Aunque la antigua Grecia conoció la prisión por deudas, abolida por Solón (s.VII a. C.). En Roma se ideó un sistema “nexum” por el que el deudor se vendía al acreedor a través de la “mancipatio”, garantizando con su propia libertad personal el pago de las deudas. Más tarde (en el 326 a. C.), la Ley Poetelia Papiria prohibió que los deudores fueran encadenados, vendidos o muertos, estableciendo entonces entre deudor y acreedor un vínculo jurídico.

Alfonso X de Castilla (s. XIII) dictamina en las Siete Partidas que la cárcel debe ser para “guardar” presos, no para otro mal. Más recientemente a finales del s. XVIII, la Revolución Francesa trajo nuevos soplos de libertad dando paso a la luz y a la razón, proclamando la prohibición de prisión por deudas, y así la “libertad” fue declarada como el mayor bien del hombre, hoy recogida en nuestra Constitución como un Derecho fundamental (art. 17).

Penitenciaría es el nombre que se acuñó para denotar a los prisioneros como penitentes religiosos, claro que ya andando el siglo XIX las penitenciarías se convertirían en reformatorios, con el objetivo de modelar ciudadanos mediante educación, trabajo y terapia.

En la República de Manuel Azaña, se firmó y promulgó, el 4 de agosto de 1933, la “Ley de Vagos y Maleantes” que imponía a los así señalados “aislamiento curativo en casas de templanza por tiempo absolutamente indeterminado”. La cárcel va experimentando cambios al compás de los vaivenes sociales y la mentalidad del momento, tanto es así, que después de la segunda guerra mundial, la empatía de los intelectuales que denunciaba la inutilidad social de la cárcel tomó un nuevo impulso, dando paso al servicio de libertad vigilada en aras de reinsertar socialmente al delincuente. Ya en los años 70 del siglo XX, la judicatura comenzaría a concienciarse de las reivindicaciones de los derechos de los prisioneros, a la vez que aparecía una nueva tipología de crímenes que interseccionaron con la guerra de las drogas.

Dos reformas caracterizaron el siglo XX, la primera: mejoraron las prisiones desde el punto de vista arquitectónico, más luz, más atención psicológica y ambientes más humanos; la segunda: acuñó la palabra “correccional” con normas que reconocen Derechos humanos básicos, edificios intimidatorios y espacios de rehabilitación. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, reconoció que “nadie será encarcelado por el solo hecho de no cumplir una obligación contractual” (art. 11). Asimismo, la respuesta a los delitos y a los crímenes han ido igualmente evolucionando, hasta llegar a la vigente Ley Orgánica 1/2015 de 30 de marzo por la que se modifica la Ley Orgánica 10/1995 de 23 de noviembre del Código Penal; que además de la prisión provisional y la detención preventiva recoge como novedad la prisión permanente revisable. El trabajo a favor de la comunidad como principal alternativa a la privación de libertad (ante ciertos delitos tasados) se ha enfocado para que el que haya delinquido, trabaje en torno a proyectos sociales relacionados con su delito.

La cárcel se entiende hoy como terapia penológica de reajuste moral, intelectual y jurídico. El encarcelamiento como castigo, no está demostrado que sea freno para el delincuente, pero lo que sí es disuasorio es una estabilidad laboral, buena educación, opciones de mejora en la sociedad, buena sanidad, tratamiento terapéutico para los pederastas, machistas y drogodependientes, que los ladrones de guante blanco tuvieran que devolver todo lo robado y sobre todo que los políticos enfocaran las inversiones públicas en una sociedad con igualdad de oportunidades y la Justicia se aplicara igual para todos.

Nelson Mandela, tras su encarcelamiento durante 27 años por su beligerancia política anti-Apartheid en Sudáfrica, dijo aquello de “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. A veces y sólo a veces, gracias a pensamientos tan bellos como éste, uno se reconcilia con la sociedad, a pesar de todo.

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