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Aislamiento y castigo

10 de abril de 2016

Después de la pena de muerte, la prisión incomunicada es la sanción más extrema. Una medida para preservar el orden en las cárceles cuya eficacia está en cuestión.

EL PAÍS – (VIRGINIA BARBER).- Kalief Browder, un adolescente del Bronx de 16 años, fue detenido en 2010 por empujar presuntamente a un ciudadano mexicano y robarle una mochila. Kalief pasó tres años en la cárcel de Rikers Island, a la espera de juicio. Tras ser acusado de pelearse con otros presos, pasó casi dos años en una celda de aislamiento. Browder fue puesto en libertad en 2013 y en 2015 se suicidó en casa de sus padres. El caso de Kalif, así como la denuncia de varias organizaciones —incluida la Asociación Americana de Psicología— contra el encarcelamiento incomunicado, llevaron a que el pasado 25 de enero el presidente Barack Obama prohibiera la aplicación de este tipo de encarcelación a adolescentes.

Hoy en día hay aproximadamente 80.000 personas en EE UU en celdas de aislamiento, y en esta cifra están incluidos enfermos mentales. Aunque las condiciones de aislamiento varían, en general la incomunicación consiste en 23 horas de encierro en solitario en una celda, y una hora durante la cual el reo puede salir a un espacio más grande a hacer ejercicio o a ducharse. Las celdas son muy pequeñas y generalmente tienen una cama y un inodoro, y carecen de ventanas o de luz natural. Los presos solo tienen contacto humano con los guardias de seguridad, y es mínimo porque les pasan la comida por una rejilla a través de la puerta.

La prisión incomunicada ganó popularidad en Europa y EE UU a principios del siglo XIX porque pasó a ser considerada como una manera eficiente de mantener el orden y seguridad en las prisiones. Es una forma de castigo para los reos que cometen infracciones, normalmente actos violentos, aunque a veces se trata de infracciones más leves como la introducción de artículos de contrabando en la cárcel. También se utiliza con presos que se considera que tienen peligro de fugarse. En algunas ocasiones, los propios reos piden ser aislados para escapar de las agresiones de otros, como ocurre en el caso de algunos agresores sexuales. Aunque la mayoría solo pasa unos días incomunicados, aproximadamente 25.000 internos permanecen meses e incluso años en EE UU. La reciente decisión de Obama también limita el castigo por la primera infracción a un máximo de 60 días de incomunicación, en lugar de 365.

La peor forma de aislamiento en EE UU ocurre en los centros de máxima seguridad, que se establecieron a principios de los años ochenta tras el asesinato de dos guardias en un mismo día. En estas prisiones, todos los internos permanecen aislados y se comunican con los vigilantes a través de sistemas de interfono, reduciendo al mínimo el contacto humano. En 1995, un juez federal declaró que las condiciones de aislamiento “rondan lo humanamente intolerable”. Sin embargo, decidió que no había base constitucional para prohibirlo y que se debía dejar en manos de los Estados la decisión sobre cómo encarcelar a sus presos.

En la década de los cincuenta, el psicólogo Harry Harlow estudió las consecuencias de la falta de contacto humano en un famoso experimento con monos. Recluyó a crías, que fueron aisladas desde su nacimiento en jaulas sin mantener ningún contacto con humanos ni animales. Pasados 30 días los monos presentaban conductas catatónicas, sin moverse de un rincón de sus jaulas. Al juntarlos finalmente con otros monos, Harlow vio que las crías no mostraban conductas de socialización, huían, gritaban y realizaban movimientos repetitivos. Aunque hay poca investigación sobre los efectos psicológicos que el aislamiento tiene en los presos, el consenso es que puede causar profundas secuelas psicológicas, incluyendo suicidios, síntomas psicóticos como alucinaciones y paranoia, ataques de pánico, conducta violenta, depresión, apatía y letargo, entre otras cosas. Pero sobre todo la incomunicación causa un impacto profundo en la habilidad de los presos para volver a relacionarse con otros seres humanos.

Los defensores del aislamiento argumentan que es necesario para mantener las cárceles más seguras y proteger a los reclusos y a los empleados. Sin embargo, recientes estudios demuestran precisamente lo contrario. Por ejemplo, Colorado disminuyó de manera significativa el número de presos incomunicados y tiene actualmente el número más bajo de agresiones desde 2006. Desde 2012, en las prisiones federales norteamericanas se ha reducido el encarcelamiento incomunicado y también han observado una caída en el número de agresiones a empleados penitenciarios.

El encarcelamiento aislado no es solo un problema en EE UU, también ha sido una práctica extendida, por ejemplo, en los países escandinavos. Además, Amnistía Internacional ha denunciado su aplicación en cárceles de Turquía, Túnez e Irán. La incomunicación también se utilizó como tortura en Guantánamo en la llamada guerra contra el terrorismo.

EE UU se encuentra en un momento crítico de reformas en el sistema jurídico, criminal y penitenciario. Hay varias demandas judiciales contra prisiones por el excesivo uso del aislamiento de presos. Varios Estados han prohibido la incomunicación de enfermos mentales, y la mayoría ha tomado medidas para disminuir esta práctica. Por ejemplo, en Nueva York se ha prohibido aislar a menores y enfermos mentales.

Como psicóloga forense, he trabajado con varios enfermos mentales que han estado sometidos a encarcelamiento incomunicado. El peor caso que recuerdo es el de un paciente que traté en la unidad forense del hospital Bellevue de Nueva York cuando yo era estudiante de doctorado. Este hombre tenía unos 45 años y sufría de esquizofrenia. Al poco de ingresar en prisión por un delito de posesión de droga sufrió un episodio psicótico y agredió a varios reclusos. Como consecuencia fue recluido en una celda de aislamiento, donde pasó 10 años. Durante los seis meses que le traté, dos veces a la semana en sesiones de terapia, en ningún momento este paciente fue capaz de entrar en contacto con la realidad. La reciente decisión de Obama arroja algo de luz y esperanza en un camino que debería concluir o disminuir al máximo esta práctica en Estados Unidos y en el mundo entero.

Virginia Barber Rioja, doctora en Psicología Forense, asumirá en mayo la dirección clínica de la cárcel de Rikers Island (Nueva York)

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