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Guantánamo: fantasmas tras las rejas en un limbo legal

16 de febrero de 2016

Una visita de la prensa de dos días a la cárcel de máxima seguridad deja al descubierto que el penal, con sus alambradas, vallas y torres de vigilancia es una contradicción en sí mismo: llegó a albergar a 697 prisioneros en mayo de 2003: hoy hay 91 Muchos creen que Obama no cumplirá con su promesa: "¿Cerrar Guantánamo? No existe un solo resquicio de esperanza en el infierno"

THE GUARDIAN  (LONDRES) – (DAVID SMITH).- Un hombre con barba canosa, una holgada camiseta blanca y sandalias camina por el corredor del módulo penitenciario, y aparece y desaparece de nuestro campo de visión con la frecuencia de un cometa. Lee un libro, está muy delgado e ignora las miradas de los visitantes que lo observan a través de un espejo unidireccional y de una reja como si se tratara de un animal en un zoológico.

El piloto de la avioneta que lleva a los medios de comunicación hasta la base militar estadounidense situada en el sureste de Cuba nos anuncia que hemos llegado. "Bienvenidos a la bahía de Guantánamo", dice. 

El Pentágono controla hasta el último detalle de las visitas de los periodistas –que en nuestro caso duró dos días– con el propósito de mostrar que los 91 hombres que todavía están presos en el penal reciben un trato "humano, legal y transparente" y terminar con la mala reputación de la cárcel, vista como una gran herida de la consciencia mundial, como la versión estadounidense de la cárcel sudafricana de Robben Island (NdR: situada en un islote en la bahía de Ciudad del Cabo, en ella Nelson Mandela cumplió muchos de sus años de prisión).

Nuestro viaje se produce en un momento en que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hace balance de su mandato, y también de su gestión de Guantánamo. En su segundo día de mandato, Obama firmó un decreto para cerrar la cárcel de Guantánamo en el plazo de un año. No ha cumplido esta promesa. Ahora, en el octavo y último año de su presidencia, Obama, que ha tenido que sortear incontables obstáculos del Congreso, parece estar preparado para impulsar un nuevo plan que permita cerrar la prisión. Para un presidente al que le importa su legado y que ha invitado a historiadores a cenar a la Casa Blanca, el momento es ahora o nunca. Y más si tenemos en cuenta que Donald Trump y otros candidatos del Partido Republicano han hecho la promesa electoral de mantener la cárcel abierta.

Mantener el penal abierto representa un coste anual de 400 millones de dólares. Y Guantánamo, con sus alambradas, vallas y torres de vigilancia es una contradicción en sí mismo. La cárcel llegó a albergar a 697 prisioneros en mayo de 2003. Y la cifra de presos cuando Obama llegó a la Casa Blanca era de 242, más del doble que la actual.

Algunos funcionarios hablan de un "cierre gradual", con la transferencia de presos a países que aceptan acogerlos, y aseguran estar preparados para cuando llegue la orden de cierre. "Tengo el convencimiento de que vamos a cerrar la cárcel", dice uno. Sin embargo, no se ha reducido la cifra de guardas, que asciende a 1.200. Y unos 400 trabajadores subcontratados siguen inmersos en las labores de mantenimiento, como arreglar los viejos aires acondicionados, los candados obsoletos y las goteras. "Ni en el infierno encontrarás el menor resquicio de esperanza posible de cerrar la prisión; es políticamente imposible", sostiene un periodista que ha cubierto información sobre la cárcel desde sus inicios.

 

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