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Retrato de juventud

4 de enero de 2016

DIARIO DE NOTICIAS. PAMPLONA. (Gabriel Mª Otalora). La juventud no es algo estático, como la vida misma, y los jóvenes de hace una década dan paso a nuevas generaciones que vienen con sus propios criterios y formas de entender la realidad. Es un colectivo importante que conviene saber lo que piensa. Es por lo que el Gobierno Vasco acaba de publicar un informe (Retratos de juventud 18) con los datos provenientes de los sociómetros vascos de 2014 con la opinión de la juventud sobre un amplio abanico de temas, comparándola con lo que piensa la población a partir de los 30 años. Me llama la atención, entre las opiniones, estos datos: para el 69% de nuestros jóvenes de la CAV -y me temo que igualmente para los del herrialde navarro-, los delincuentes deberían ser más severamente castigados porque existe demasiada tolerancia. Y en la misma línea preocupante, el 75% de los mayores de 30 años defiende aumentar los castigos. Nada de reinserción de los penados ni de sus efectos sociales.

Es cierto que hubo un tiempo en que la impartición de justicia tenía como objetivo principal imponer un castigo (pena) a quien cometiese un delito para reequilibrar en parte lo que el delito había roto. El Código de Hammurabi (1760 a.C.) acotó la réplica solo hasta el ojo por ojo evitando la venganza desproporcionada. En el Estado, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando ocurrió una transformación penitenciaria, gracias sobre todo a Victoria Kent y Concepción Arenal. Y por primera vez existió una única norma que regulaba el sistema progresivo del cumplimiento de penas implantándose la libertad condicional. Con la Constitución de 1978 se establece que la pena privativa de libertad y las medidas de seguridad se orientan hacia la reeducación y reinserción social. Para alcanzar este objetivo, la Ley General Penitenciaria (1979) marca el comienzo de la moderna prisión con la reinserción y la reeducación de los presos.

En consecuencia, la vida en prisión debía tomar como referencia la vida en libertad, reduciendo al máximo los efectos nocivos del internamiento y favoreciendo los vínculos sociales o la colaboración de las entidades públicas y privadas. Pero las prisiones siguen llenas de personas mayoritariamente pobres y enfermas. Tampoco se ha logrado la consideración legal de la reinserción como un derecho subjetivo o fundamental gracias a que el Tribunal Constitucional afirmaba que la Constitución solo contiene una orientación reinsertadora de la política penitenciaria. Parece que ahora vamos para atrás, hacia un cada vez menos disimulado ojo por ojo frente a nuevas experiencias de reinserción que tanto incomodan a algunos. Como la de los victimarios y víctimas de ETA, los GAL y otros grupos parecidos desde la Vía Nanclares, dando una lección de justicia restaurativa con la responsabilidad asumida y la restauración del daño, en su caso, que desemboca en una actitud regenerada ¿Existe mejor reinserción que ésta?

¿Qué estamos entendiendo por justicia? El odio y la revancha no aportan plenitud ni liberación. Ni la sensación de seguridad fruto de aplastar al delincuente. Infunde temor que el binomio más penas, más seguridad colme la necesidad de tranquilidad social, incluidos nuestros jóvenes, a los niveles que el cinismo de esta sociedad pueda soportar.

Queda mucho por hacer en prevención y en reinserción: en el hogar y la educación familiar, en el centro escolar, en el ambiente social y los medios de comunicación… La integración social debe ir de la mano con la legalidad penal que invierta en políticas de reinserción más allá de un sistema penitenciario en la práctica reactivo e injusto que no resocializa al delincuente. Cuántos penados tienen patologías médicas graves, un pasado de profundo desamor y de exclusión social severa, o todo a la vez. La reinserción penal, en fin, debiera estar entre las prioridades hasta que nuestros jóvenes sientan que la inserción es mucho más segura y barata que endurecer las leyes y las medidas carcelarias.

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