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Tres metros cuadrados por preso

Morir de cárcel

1 de septiembre de 2015

EL MUNDO (MÓNICA BERNABÉ).- Un rayo de sol ilumina a primera hora de la tarde el Cristo crucificado que ocupa una de las paredes de la nave central de la cárcel Regina Coeli. La luz es tan potente que parece un foco, y el Cristo, cabizbajo, una alegoría de lo que sucede dentro del penal. Se encuentra en pleno centro de Roma, a unos centenares de metros del Vaticano, al lado del río Tíber, que es un bullicio de turistas en estas fechas. El 20 de julio un recluso se quitó la vida en esta prisión. Y al día siguiente, otro.

En lo que va de año, 28 presos se han suicidado en las cárceles italianas. Una macabra cadencia que poco se diferencia de la del año 2014 o la del anterior, hasta el punto que el centro de estudios italiano Ristretti Orizzonti ha publicado un informe con el título Morir de cárcel, porque entrar en un penitenciario italiano significa eso: matarte omorir lentamente.

"Cada preso dispone de un espacio de tres metros cuadrados", detalló la directora adjunta del penal Regina Coeli, Anna Angeletti, cuando EL MUNDO visitó este centro penitenciario. Los reclusos viven amontonados en las celdas. "Si se cuentan los lugares comunes, el espacio que tienen es en realidad mayor. Y además, la gran parte de los presos está aquí muy poco tiempo, unos seis meses", añadía. Según el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura, las celdas individuales deberían tener una superficie de "unos siete metros cuadrados".

Los "lugares comunes" de la Regina Coeli son los pasillos de las galerías, porque pocos otros espacios hay en el penal para que los reclusos puedan estar, ni casi tampoco actividades que puedan llevar a cabo. Los presos tienen permiso para salir de las celdas de las nueve de la mañana a la una del mediodía, y de las dos a las seis de la tarde. El resto del tiempo deben permanecer dentro.

En 2009 y 2013, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Italia por "trato inhumano" a los encarcelados.

La Regina Coeli era un antiguo convento que se construyó en 1654. De ahí que haya retablos y vírgenes en muchas de sus naves, lo que le confiere una cierta belleza a pesar de lo tremebundo del lugar. A final del siglo XIX el convento se convirtió en penal, como así sucedió con muchas otras construcciones religiosas coincidiendo con la unificación de Italia. En la actualidad muchas cárceles del país se localizan en edificios históricos: antiguos monasterios y ciudadelas. Otras se construyeron a toda prisa en los años ochenta ante la emergencia terrorista, en operaciones corruptas y con materiales de baja calidad.

El resultado es que ahora la mayoría de los penitenciarios italianos se encuentran en "edificios obsoletos, cuyo coste de manutención es enorme y donde la calidad de vida es pésima", lamenta Alessio Scandurra, de la asociación Antigone, una de las más activas a favor de los derechos y garantías en el sistema penal italiano. Según el experto, "las cárceles son lugares de riesgo para la salud". Uno puede entrar sano y salir enfermo. Por la poca higiene, la humedad, el mucho frío o el mucho calor.

Italia tenía 52.754 reclusos el pasado 30 de junio. Menos que España, que cuenta entre rejas con 65.659 personas, según datos de marzo pasado. Sin embargo, en Italia hay 206 cárceles, y en España, 79. "Italia también es uno de los países de la UE con más policías por preso", apunta el representante de Antigone. Una maquinaria penitenciaria que cuesta un dineral del que, a la postre, ni un euro se destina a la reinserción del recluso.

En julio de 2009 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Italia por "trato inhumano y degradante" en sus cárceles. Y lo volvió a hacer en 2013, cuando su número de penados entre rejas superaba los 65.000.

Desde entonces las condiciones han mejorado, pero los centros penitenciarios continúan siendo un agujero negro. El año pasado 43 reclusos se suicidaron y 933 más lo intentaron sin conseguirlo porque los funcionarios de prisiones llegaron a tiempo para salvarles la vida. La mayoría intenta ahorcarse.

"En la celda somos cinco personas, entre las que hay un peruano, un chino y un filipino. No estamos mal", aseguraba Massimo Mastronicolia, de 56 años, uno de los tres reclusos que la dirección de la Regina Coeli proporcionó a esta periodista para entrevistar, y para que hablaran maravillas sobre la prisión. Curiosamente los tres entrevistados llevaban más de un año en la cárcel a pesar de que, en palabras de la directora adjunta de la Regina Coeli, "la mayoría de los detenidos están en el penal menos de seis meses".

"En cada planta hay tres duchas y diez celdas, y en cada celda, unos cuatro presos", Massimo, que ya suma cinco años en la Regina Coeli, calculaba que cuentan con unas tres duchas por cada cuarenta presos o más.

Giampero Cassari, de 51 años y encarcelado en la Regina Coeli desde hace dos -aunque es un asiduo; la primera vez que estuvo allí fue en 1982-, confiesa que lo que más lamenta es "no poder ver cosas". Aunque suene absurdo. "Más allá de la pared y la bombilla de la celda", aclara. Muchas ventanas de la cárcel están cubiertas con paneles de madera para evitar que se pueda divisar el interior de la prisión desde fuera, dado que el penal está en el centro de Roma.

"Esto es como la antigua Carabanchel de Madrid", asegura Paulino Ricoy, un gallego de 49 años, que lleva en la Regina Coeli desde abril de 2014. "Cuando entré, pensé que había retrocedido veinte años, o que me estaban gastando una broma". Pero no era ninguna inocentada, ni ninguna máquina del tiempo.

La Regina Coeli realmente se asemeja a la antigua Carabanchel o la Modelo de Barcelona -¡que sigue en pie!- por su estructura radial. EL MUNDO sólo estuvo autorizado a visitar un módulo de la cárcel recién rehabilitado, donde las celdas cuentan con ducha y lavabo, y no tienen nada que envidiar a las habitaciones de un hotel, salvo por una excepción: allí los presos también disponen de un espacio de tres metros cuadrados.

SIN SUPERVISION DE LA UE

Paradójicamente, en la UE no hay ningún organismo que supervise que sus estados miembros respetan los derechos humanos en las cárceles. (...)

 

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