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Iwahig, la prisión sin rejas

16 de agosto de 2015

En la isla de Palawan (Filipinas) existe un penal sin vallas y hasta abierta al público donde los reclusos trabajan y viven con sus familias. El centro se autogestiona mientras ensaya este método de reinserción de los presos.

EL PAIS (ANGEL L. MARTÍNEZ CANTERA).- Dos centenares de criminales blanden sus machetes bajo un calor de justicia. Desde el alba y hasta que el sol alcanza su cénit; asesinos, violadores, estafadores y demás delincuentes labran la tierra en la idílica isla filipina de Palawan. “Yo también maté a un hombre”, dice Arturo, de 53 años, exhalando el humo del cigarro al aire libre mientras vigila a sus compañeros, todos con camisetas azules. A medio millar de metros de distancia, los tres guardias armados se relajan a la sombra de una techumbre, despreocupados de la multitud de granjeros cargando hierba y delitos. La desproporción también pesa. Bastarían 15 minutos a pie para cruzar las puertas del penal, abiertas tanto para ellos como para los turistas y las familias que viven con los reclusos en este peculiar correccional.

 “Las condiciones de vida son mejores aquí que en el resto de cárceles gracias a los programas de rehabilitación. Además, los guardias nos tratan con dignidad”, explica Oscar Omisol, recluso en camiseta beige de 62 años. Conoce bien lo que dice: después de cumplir siete años en la cárcel más saturada de Filipinas, en Manila, acaba de completar otros 15 en la Prisión y Granja Penal de Iwahig. Casi media vida privado de libertad. Pero Oscar no piensa en huir, pese a manejar una faca que agita vivamente recordando cómo mató a puñaladas al hombre que intentó asaltar su casa. “Espero que pronto se me conmute la pena”, concluye agachándose para continuar con sus labores de jardinería.

Las tareas al aire libre forman parte del programa de trabajo organizado por el correccional para gran parte de los 3.186 internos. De lunes a sábado y de seis de la mañana a doce del medio día, los reclusos se ocupan en faenas de pesca, agricultura o ganadería. Dependiendo de su categoría dentro del penal, contribuyen a la producción de arroz, hortalizas, verduras y pescado. De beige, los criminales de mínima seguridad; responsables de la asistencia en tareas ligeras y de oficina. De azul, los de categoría media; a cargo del trabajo en el campo. El Manual de Agroindustria del Departamento Nacional de Penitenciarias destina parte de la producción para la dieta de los convictos. Con los ingresos de la venta de las reservas restantes, se mantiene a los reos y se gestionan los programas de reinserción.

“La producción era mayor hace 20 años, pero se ha reducido al 50%. De las actividades generadoras de ingresos [agricultura, ganadería o pesca], sólo el 30% de lo recaudado se utiliza para el mantenimiento de las mismas y para el sustento de los reclusos”, explica el superintendente Antonio C. Cruz, director de la prisión y encargado de gestionar la granja penal con mayor producción del país (genera más del 15% de los ingresos de la oficina de prisiones). El resto de ganancias se administran según la Ley de Penitenciarías de 2013. “Lo importante es que los presos se sientan integrados en la comunidad, porque partirían de cero sin la aceptación del resto de los ciudadanos. Nuestra principal misión es restaurar justicia, ya no tenemos un objetivo punitivo”, añade el superintendente.

La Prisión y Granja Penal de Iwahig dejó de ser caladero de la peor calaña filipina poco después de su creación, en 1904. Los colonos estadounidenses siguieron la tradición del imperio español, aprovechando la localización geográfica de la isla de Palawan —a 600 kilómetros de la capital del país— y su condición de espacio inhabitado como exilio para los delincuentes más peligrosos. Pero Filipinas concedió tierras a los convictos que habían completado sus condenas después de la II Guerra Mundial. De esta forma, se creó el sistema que organiza hoy las cinco granjas penales del archipiélago.

La reinserción es uno de los objetivos de estos correccionales. En Iwahig, algunos de los presos no sólo viven con sus familias dentro del penal sino que también cobran un estipendio por su trabajo. Las ganancias dependen de la categoría de cada recluso, revisada periódicamente por un comité interno en función de su progreso en la prisión. Los convictos encargados de la faena en el campo reciben una mensualidad de 100 pesos (1,9 euros), mientras que los asistentes en tareas de oficina ganan 200 pesos (3,8 euros). El 50% de la compensación recibida por los internos se acumula en una cuenta, a la que tienen acceso una vez cumplan condena y sean puestos en libertad.

“Soy libre, pero no quiero abandonar la prisión. Fue un privilegio servir condena aquí porque me dieron la oportunidad de vivir con mi mujer y cuidar de mi familia”, explica Laurence Punciano, de 58 años, quien ha criado a tres hijos y un nieto dentro del correccional. Fue sentenciado a tres cadenas perpetuas por el asesinato de varias personas cuando era un pobre diablo de apenas 20 años. Pero el ahora vicario de la Iglesia de Cristo, una de las sectas católicas de Filipinas, es el único de los ex-convictos que vive con sus parientes en Iwahig. Esta iglesia acoge a 130 criminales devotos en el llamado Barrio Libertad del penal, donde otra veintena de familias viven con sus maridos, padres y abuelos delincuentes.

Además de los familiares que viven en la prisión y de aquellos que la visitan ocasionalmente, Iwahig también recibe turistas. Un solo guardia recostado en la garita saluda amablemente y sin inspección alguna a todos los que se adentran en las 26.000 hectáreas del penal. El espacio equivale a tres veces la superficie de Madrid, rodeado por el espeso manglar costero y una cadena montañosa, y es un enclave extraordinario a sólo 14 kilómetros de la capital de Palawan. Puerto Princesa es la única entrada la isla, visitada por sus playas paradisíacas y por el enorme río subterráneo considerado una de las maravillas naturales del mundo.

 

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