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Un sacerdote entre rejas

30 de mayo de 2015

El padre Javier lleva cuatro años al frente del Punto de Orientación Penitenciaria creado por el Arzobispado de Valencia. El Centro de Inserción Social confía en el trabajo del clérigo para reintegrar en la sociedad a reclusos que se encuentran en régimen de semilibertad.

LAS PROVINCIAS (JOAN MOLANO).- Llega puntual y sonriente a la cita en la playa de la Malvarrosa, toca jornada de ocio y deporte. Es de complexión robusta, lleva gafas de sol, viste una camiseta blanca de algodón, pantalones cortos anchos de color rojo, que desvelan las marcas blancas de los calcetines en su piel, y unas zapatillas abiertas idóneas para la ocasión. Sabía que íbamos a tener una entrevista con él, que le fotografiaríamos y le grabaríamos en vídeo y ni con esas decide cambiar su vestimenta por una más formal, ni rastro de sotana y alzacuellos, lo primero son sus reclusos y después el resto.

Les saluda uno a uno, atiende algún reclamo y organiza un partidillo de fútbol en la arena junto a Juan, uno de los voluntarios que le echan un cable. El sacerdote Javier Palomares (Jaén, 1978) va a cumplir en breve cuatro años al frente del Punto de Orientación Penitenciaria (POP) creado por el Arzobispado de Valencia. En todo este tiempo ha trabajado cada instante de su vida para lograr la reinserción en la sociedad de condenados en segundo grado penitenciario en la cárcel, en tercer grado de semilibertad, en libertad condicional o en libertad total reciente y nunca quiere saber qué delitos cometieron las personas que pasan a formar parte de su programa.

Antes de la creación del centro ya trabajaba con «aquellos que salían de prisión» en una parroquia del barrio del Carmen, «se acercaban y les atendía». Ofrecía ayudas «muy puntuales» junto a otros capellanes, como llevarles a la estación de autobuses y pagarles el billete «para que pudieran volver a sus casas sin necesidad de delinquir». «Veíamos que el gran hándicap era que la cárcel no acaba de cumplir con su misión de reinserción y faltaba ese paso entre la privación de libertad y la vuelta a la sociedad», recalca. Entonces, el Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria fundó el POP, ubicado en el Centro Arrupe de la ciudad de Valencia y que cuenta en la actualidad con unos 20 reclusos inscritos y un amplio número de voluntarios. «Todos se encuentran ya en el tramo final de la condena. No conseguimos que nos concedan trabajar fuera del recinto penitenciario con reclusos en segundo grado, pese a que la ley lo permite», reivindica el clérigo.

«Cuando decidí ser religioso mercedario -de la orden para la redención de los cautivos- me metí con todas las consecuencias. No pensaba en un horario, en hacer caridad unas cuantas horas al día y tumbarme después. Es una vocación y lo es para todo y con todo lo que implique», afirma. "Trabajar con personas que han pasado por la prisión ayuda a humanizarse a uno mismo, a ser más humilde, más comprensivo... Puedo decir que prácticamente todos los que han pasado por el POP me han sorprendido en positivo", comenta Javier. Con algunos reinsertados sigue manteniendo una relación muy estrecha, de amistad, «quedamos para comer, me presentan a sus novias y esposas y me piden que bautice a sus hijos».

«Vienen con mucha dureza, muy rígidos, tienen mucho miedo a las relaciones que han tenido dentro de la cárcel, donde hay una autoridad grande, muchas normas...», revela Palomares. Sin embargo, después de esas vivencias «se encuentran de repente en un espacio donde se les mira con tranquilidad, de tú a tú, con cariño, donde nosotros somos los primeros en cumplir las reglas de convivencia. Eso genera un cambio tremendo en ellos». «Estamos abiertos a cualquier persona, no hay una selección previa por ser cristiano o no», aclara.

En el Punto de Orientación Penitenciaria, el padre Palomares y los demás voluntarios llevan a cabo «el acompañamiento de la parte humana, social, psicológica y laboral» de los presos. «En general nos suelen enviar los casos más complejos, aquellos que con la terapia del Centro de Inserción Social, donde acuden los reclusos en tercer grado, no acaban de avanzar».

«ES COJONUDO»

Los usuarios del POP, como prefiere llamarles Javier, no le ven como un sacerdote, al menos como el estereotipo que siempre han tenido en su cabeza. "Yo no creía mucho en los curas y desde que le conocí he cambiado el concepto. Siempre colabora, está pendiente de la gente, intenta apoyarte y corregirte cuando te equivocas. Nunca me deja que le llame de usted, siempre actúa como uno más, no quiere que haya una diferencia de estatus", cuenta Juan, que lleva casi dos años beneficiándose del proyecto, acaba el próximo mes de septiembre y le gustaría «volver como voluntario». «Es cojonudo, una persona que mira mucho por nosotros, por nuestro bien. Con él lo tienes todo. Antes no tenía nada, mi vida ha dado un cambio importantísimo", quiere dejar claro Ángel, que conoce al padre Palomares desde hace un año.

PORCENTAJE DE ÉXITO

«No tenemos la clave, no somos los mejores, pero es verdad que cuando conocen el POP algo pasa en sus vidas, se enganchan a nosotros y quieren seguir hasta el final», dice el sacerdote. El programa del padre Javier abarca los siete días de la semana con actividades que van desde la orientación laboral hasta habilidades sociales, pasando por clases de informática, lenguaje y matemáticas. «Se consiguen efectos muy pronto, cambios radicales de vida. Puedo decir que en ningún caso ha sido imposible rehabilitar a los usuarios que han decidido cumplir dentro del proyecto». El cura hace todo lo posible por alejar a los reclusos del ambiente que «huele a cárcel», por ello trabaja también con sus familias y amigos «de manera indirecta». «Son personas estupendas con unos valores tremendos que un día se equivocaron, como lo puedo hacer yo y cualquiera que lea este artículo», concluye.

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