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De la cárcel de Wad-Ras al mundo a través de una guardería

14 de diciembre de 2014

La guardería Cobi, a pocos metros del Centro Penitenciario de Mujeres de Barcelona, es la ventana al mundo y a la inclusión y socialización de los hijos de las reclusas.

EL DIARIO (PAU RODRÍGUEZ).- Marisa se levanta a las 7.30 h y despierta a su hija, Clara, que tiene poco más de dos años y a las 9 h ya tiene que estar en la guardería. La madre la viste, le prepara el desayuno y la mochila. Después la abriga bien, que ya se nota el invierno, y le da un beso. Pero a diferencia de la mayoría de madres, no la acompañará hasta la puerta de la escuela. No lo hará porque Marisa -nombre falso, al igual que el de la hija- cumple condena en el Centro Penitenciario de Mujeres de Barcelona, conocido popularmente como Wad-Ras. Se quedará trabajando en la peluquería del centro mientras Clara, junto con los otros seis niños que viven en el centro penitenciario, atraviesan, como cada mañana, la calle que separa lo que es su casa de la escuela Cobi, un jardín de infancia del Ayuntamiento de Barcelona que se ha convertido para ellos en una auténtica ventana al mundo y a la normalización de su infancia, aunque no sean todavía conscientes de ello.

"Al principio me costó, porque mi hija era todo lo que tenía aquí, y estando encerrada siempre tienes miedo de lo que pueda pasar, de si te la quitarán... pero una vez aceptado ves que no hay nada mejor para ella" , relata Marisa, que ha dejado un rato la peluquería para atendernos. "Esto no es una casa normal, quieras o no es un sitio gris, y Cobi es un lugar donde además de aprender juega en un espacio bonito", sostiene.

"Es fundamental para su socialización, como lo es para cualquier niño de su edad", constata Maria Roca, directora de la guardería. Este centro público, ubicado a escasos metros de Wad-Ras, reserva desde su creación, el curso 2011-2012, siete plazas para escolarizar a los niños y niñas que viven en el departamento de madres de la prisión. Se trata del único departamento de toda Catalunya donde las reclusas pueden cumplir internamiento con sus hijos, siempre que sean menores de tres años.

Teresa Pifarré, subdirectora de Wad-Ras, explica que "una de las condiciones de aceptación de los niños en el centro penitenciario es su escolarización en Cobi" -además de otros, como que la madre esté en condiciones psicológicas y de salud como para criarlos-. "La guardería es su puerta al mundo", constata. Un mundo que las internas no pueden controlar, lo que a menudo los inquieta. "Un día te llega con un rasguño en la cabeza y claro... ¿qué le ha pasado? ¡No se lo puedes preguntar a la maestra!", suelta Marisa. Pero la directora de Cobi ha ingeniado una manera de calmar su desasosiego . "Cada viernes les ponemos en la libreta un par de fotos para que sus madres les vean riendo en el patio; ninguna frase, sólo unas fotos", explica Roca. Y efectivamente, la iniciativa causa furor. "¡Las fotos! ¡Esto es lo mejor que nos pueden dar, te lo juro!", confirma la Luz -también nombre falso-, compañera de Marisa en el departamento de madres.

Así pues, cada mañana, este grupo de niños matriculados en la guardería municipal Cobi, acompañados de una educadora social y un voluntario, siguen su ritual diario de salida al exterior. Tras despedirse de las madres, desfilan hacia la puerta que separa el interior de la cárcel de la zona de despachos. Allí un funcionario ya les espera, saludándoles a través de la mirilla; les abre la puerta y caminan pasillo abajo, entre mimos y halagos del resto de trabajadores -hoy se suma el fotógrafo del diario-, hasta que salen del centro, cruzan la calle bajo el sol de invierno y entran en Cobi, donde la educadora social les acompaña durante el tiempo de acogida que hacen todos los niños y niñas con sus padres cada mañana en la escuela.

"La comunidad educativa lo tiene muy asumido y se vive con absoluta normalidad, sin ningún tipo de estigmatización, ni mucho menos. Ahora entrarías en la escuela y serías incapaz de distinguir cuáles son los hijos de las internas", constata convencida la directora. Sin ir más lejos, el resto de padres a veces ayudan a los voluntarios cuando se les tiene que venir a buscar al acabar la jornada escolar. "Es una suerte y un orgullo", añade la subdirectora de Wad-Ras, Teresa Pifarré, que recuerda que en épocas anteriores, como cuando el SIDA causaba estragos en los años 80, era mucho más complicado convencer a las familias y los centros educativos de la necesidad de incluir estos niños y de su situación de normalidad.

Una tranquilidad que es compartida por educadores, familias y niños, aunque en el caso de estos últimos empieza a "tambalearse" -en palabras de Pifarré- cuando pasan los dos años y, poco a poco, van percibiendo que su realidad no es la misma que la de sus compañeros de escuela. Ya no vuelven a la cárcel con tanta alegría por las tardes; incluso con llantos los domingos, después de pasar unos días con familiares. "En su proceso evolutivo y cognitivo van ampliando los campos de relación, y comienzan a crear conceptos básicos, como el dentro y el fuera, a anticipar situaciones... Y escuchan que sus amigos van al parque con los padres y ellos no... Van tomando conciencia de su realidad y algunos lo viven con cierto dolor", subraya Roca.

Es por ello que la edad máxima para los niños en Wad-Ras es de tres años. "Antes era hasta los seis, pero la situación se volvía insostenible y perjudicial para ellos", detalla Pifarré. Una vez pasan de los dos, desde el centro, en colaboración con la Administración, "intentamos hacer lo posible para que las madres ya puedan empezar a salir, ya sea de permiso o con el tercer grado, para normalizar la situación".

VIVIR EN FAMILIA EN WAD-RAS

"Sabemos que es una prisión, y que no será nunca un hogar, pero los niños le dan alegría; las paredes están pintadas de colores y las puertas abiertas", explica Marisa de lo que en los últimos años ha sido su techo y el de su hija. La frialdad que impregna cualquier centro penitenciario queda diluida entre los gritos de los niños y los juguetes esparcidos en la sala compartida.

El departamento de madres de Wad-Ras es, desde su creación en 1991, el único espacio de todas las cárceles catalanas en que se permite la cohabitación de madres e hijos pequeños -actualmente hay siete-. Es un módulo aparte, y cuenta con "varias particularidades destinadas a garantizar un mayor bienestar de madres y niños", avanza Pifarré. Las internas no duermen en celdas cerradas, sino en habitaciones con una puerta de madera que no se cierra con llave.Tampoco comen con el resto, sino que cuentan con una cocina-comedor donde ellas las que preparan las papillas para sus hijos. "Así controlan la comida y se responsabilizan", explica Pifarré.

"Tenemos más margen de libertad, pero porque tenemos también más responsabilidad", reflexiona Marisa. Y también tienen una atención especial por parte de un equipo formado por educadores, pediatras o el mismo nutricionista que se encarga de diseñar los menús.

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