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«Podría estar en libertad condicional, pero tendría que asumir un asesinato que no ha ocurrido»

2 de junio de 2014

Entrevista al preso David Villafañe, que se ha querellado contra tres jueces del alto tribunal por no revisar su condena por la muerte de su novia en 1995. «Mi inocencia es verdad científica, el Supremo no tiene a qué agarrarse», insiste desde la cárcel.

EL COMERCIO (MATEO BALÍN).- «Estoy bien, esperanzado, con la seguridad de que la querella va a ser admitida, por rigor científico». Desde el centro penitenciario de Nanclares de la Oca, en Álava, el preso David Villafañe espera impaciente la decisión del Tribunal Supremo. En los próximos días la 'Sala especial del 61', la misma que estudia la ilegalidad de los partidos políticos, se reunirá para debatir la admisión a trámite de la querella presentada contra los magistrados del alto tribunal que rechazaron el recurso de revisión de su condena.

Villafañe, de 38 años, entró en prisión en 1998 para cumplir los 19 años y medio de pena que le impuso la Audiencia de Vizcaya por el asesinato de su pareja, Marta Couceiro. Una sentencia que después confirmó el Supremo. David ya ha cumplido 16 años entre rejas y su licenciamiento definitivo llegará en enero de 2017.

Sin embargo, el acusado no tiene como meta vital su excarcelación, sino seguir adelante con su lucha inmediata: conseguir por vez primera que tres magistrados de la Sala de lo Penal, el presidente Juan Saavedra, Luciano Varela y Juan Ramón Berdugo, sean imputados por rechazar, «con cierta prepotencia y falta de rigor», cuenta por carta desde prisión, el recurso de revisión de su condena después de que un informe pericial de parte concluyese que Marta murió por causas naturales, no por asfixia.

El primer paso ya lo dio la Fiscalía hace tres semanas, cuando rechazó en un escrito la admisión de la querella. Los argumentos fueron similares a los que utilizaron los tres jueces querellados. «Nunca un nuevo informe pericial puede servir para desvirtuar a otro que ha servido de condena en sentencia firme», alegó la acusación pública.

Pero David quiere rebatir esta tesis demostrando que la propia evolución de la medicina forense, como todas las ciencias, va a más allá de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que data del siglo XIX. «La prueba es nueva porque es posterior a la sentencia firme. Es una verdad científica basada en criterios nuevos y actuales de la medicina forense. Hace 16 años, cuando me condenaron, existían otros criterios para acusar con las periciales, pero con el tiempo se han demostrado que ya no valen», asegura el reo en el cuestionario.

David cree que los querellados se agarran en un concepto formal, «porque defienden que mi caso es cosa juzgada, ya está cerrado y es inamovible. ¡Pues no, no es así!», exclama. Recuerda que el prestigioso catedrático de medicina forense que firma su pericial exculpatoria, Luis Frontela, «tiene 50 años de experiencia en este campo y los magistrados denunciados no».

HUELGAS DE HAMBRE

La sala denegó la revisión de la sentencia porque la nueva prueba no evidenciaba la inocencia del acusado y porque los médicos forenses que en 1995 elaboraron el informe en el que se basó la condena estuvieron «en contacto directo con las pruebas», algo que no ocurre con la pericial presente, que se basa en las fotos del sumario del caso.

Asimismo, comenta que la sentencia dice que Marta falleció un lunes 23 de octubre de 1995 por la mañana, «cuando realmente murió en la madrugada del lunes al martes, así lo han dicho hasta ahora tres forenses». ¿Y donde se encontraba? «Yo estaba en mi casa con mi familia en Bilbao, ya había cenado y me iba a dormir», responde.

«En la vista, el tribunal de Vizcaya (presidido por el hoy juez del Supremo Joaquín Giménez) juzgó con las fotos de la autopsia en una pantalla y ahora nos dicen que con esas fotos no se puede extraer otras conclusiones. Es que en el Supremo no tienen a qué agarrarse para mantener mi condena», lamenta.

Tan convencido está Villafañe de su inocencia que sigue en segundo grado penitenciario, ya que para acceder a tercer grado y optar a la libertad condicional necesita una buena conducta y, sobre todo, admitir la culpa y mostrar arrepentimiento. «Podría estar en libertad condicional, pero yo no puedo asumir algo que no ha ocurrido», asegura.

Esta voluntad de defender su verdad estuvo a punto de costarle la vida, cuando entre los años 2003 y 2004 hizo dos huelgas de hambre de casi cuatro meses que le mandaron a la UCI. Solo le salvó las órdenes dictadas por dos juzgados para que le alimentasen por sonda nasogástrica. «Ya no aguantaba, estaba desesperado, fue un arrebato de desesperación porque mi padre había fallecido en 2002», dice. «El ser inocente, el saber que esto es una mentira como una catedral es lo único que no me ha hecho tirar la toalla», concluye.

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