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'Las enfermedades mentales deberían tratarse fuera de prisión'

20 de abril de 2014

"Muchos reclusos no estaban en plenas facultades cuando cometieron el delito". "No hay recursos comunitarios con los que evitar que acaben en prisión". La población reclusa presenta una elevada tasa de enfermedad mental. La patología dual asociada al consumo de drogas está en más del 12% de internos.

EL MUNDO (M. ANTONIA CANTALLOPS).- Manuel irradia esperanza. A pesar de haber pasado cinco años en la cárcel y consumido drogas durante más de veinte, a través del programa de salud mental de la Asociación El Grec, ha logrado encauzar su vida dejando atrás su drogodependencia y su estancia en prisión.

En libertad desde hace dos años, Manuel recuerda perfectamente el momento en que una educadora de la asociación se acercó a él para ofrecerle su ayuda. «Estaba en la enfermería con mucha depresión, tumbado en la cama, sin ningún motivo por el que vivir. Me sentía muy mal hasta que un día vino Rocío y me comentó si quería ir con ellos a hacer actividades. A partir de ahí todo empezó a ir mejor».

Como ocurre con otros reclusos, la dolencia mental que padece Manuel afloró en el centro penitenciario. «En prisión, el contexto fomenta que broten las enfermedades. La depresión, si es muy duradera, puede desembocar en una patología mental grave», asegura Carme Pujol, coordinadora del programa, cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de los usuarios que atienden y prepararles para afrontar tanto su salida en libertad como su reinserción social y laboral.

Y así ocurrió con Manuel. «Mis últimos dos años en la cárcel estuve haciendo actividades con ellos y cuando salí continué mi proceso, acudiendo regularmente a tutorías y talleres», narra el hombre, quien después de casi dos años en libertad ha conseguido un trabajo becado en la Fundación Deixalles. «Para mí es una ilusión muy grande. Llevaba muchos años sin trabajar y por fin siento que valgo para algo», cuenta ilusionado, si bien todavía recuerda el «repelús» que le causaba el ruido de los coches y las aglomeraciones de gente una vez obtuvo la libertad.

«El programa se basa en dos líneas de intervención, la individual y la grupal. En la individual hacemos un estudio personal para determinar no sólo las carencias del usuario, sino también sus pontencialidades para así estructurar un plan adaptado a sus necesidades», detallan las educadoras.

En la intervención individual, los reclusos aprenden cuestiones básicas como relacionarse con los demás, cumplir las normas o tomar conciencia de su enfermedad. Asimismo y para enriquecer este proceso, se realizan acciones grupales como talleres de cocina, huerto, estimulación cognitiva o psicoeducación.

«Es fundamental trabajar bien todos los aspectos para que, una vez salen del centro penitenciario, no se produzca el efecto puerta giratoria y vuelvan a entrar», incide Pujol, al tiempo que destaca la necesidad de no bajar la guardia en ninguna de las tres fases: prisión, régimen semiabierto y libertad.

Aun así, desde El Grec consideran que las enfermedades mentales no deberían tratarse en la cárcel e incluso reconocen que a veces se preguntan qué hacen muchos de sus usuarios entre rejas. «Normalmente han cometido delitos menores y muchos de ellos al hacerlo no estaban en plenas facultades, por lo que no deberían haber entrado en prisión. Pero no existen recursos comunitarios suficientes para atenderles como requieren, por lo que entran en un circuito que termina en el centro penitenciario», arguye Carme Pujol, a la vez que asegura que la cárcel se está convirtiendo en un centro al que van llegando personas con enfermedades mentales.

Los casos más complicados, según apuntan desde la asociación, son aquellos en los que los usuarios todavía tienen problemas con las drogas o no cuentan con ningún apoyo familiar. «Hay que tener en cuenta que pasan de tener una estructura muy limitada, la de prisión, a una muy amplia, la libertad. Por tanto, necesitan un apoyo prácticamente de 24 horas. Y a veces no podemos llegar a tanto», se lamentan las educadoras, quienes en todo momento buscan los recursos más idóneos e intentan introducirles en la red de inclusión social lo antes posible.

Para personas que tienen familia, como Manuel, el camino es más fácil. Aun así, ellos también cuentan con el acompañamiento y apoyo del Grec. «El retorno a casa no siempre es como ellos piensan, pero trabajándolo bien habitualmente suele ser positivo», recalcan desde la entidad.

La mayoría de los usuarios del centro penitenciario, una vez salen en libertad, siguen vinculados al programa, lo que supone una seguridad para ellos.

Es el caso de Manuel, un espejo en el que mirarse para otros compañeros como Juan, un joven marroquí que, como él, sigue en contacto con El Grec fuera de la cárcel.

Tras culminar su proceso de reinserción y conseguir un trabajo en Deixalles, el próximo reto de Manuel es independizarse en un piso o una habitación compartida. «Ojalá pronto pueda dejar Casa de Familia y vivir en libertad total».

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