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Todos somos cómplices

7 de enero de 2014

La tragedia de la prisión brasileña de Pedrinhas muestra el respaldo popular a uno de los sistemas penitenciarios más brutales del mundo.

EL PAIS (LUCIA NADER Y MARCOS FUCHS).- La tragedia en la cárcel de Pedrinhas, en Maranhão, donde desde 2013, 62 personas han muerto de forma brutal es el resultado de una operación fríamente calculada y respaldada por una opinión pública que, de manera perversa, apuesta por un sistema penitenciario inaceptable, ilegal e ineficiente.

Autoridades y funcionarios (gobernadores, jueces y fiscales) son los responsables de este tipo de sucesos. Pero todos somos cómplices porque no queremos o no conseguimos cambiar un sistema que conserva intactos, con un rigor arqueológico, los mismos métodos y condiciones que existían en las mazmorras de la Edad Media.

En Pedrinhas, una de las víctimas fue inmovilizada y, aún viva, sufrió la amputación de una pierna hasta que murió, mientras la escena era grabada en un móvil. Otra fue perforada con un pincho. Tres, decapitadas. Tenían en común el hecho de estar enjauladas, bajo la tutela del Gobierno del Estado de Maranhão, con el pretexto de que iban a ser reeducadas. El recinto tenía capacidad para 1.700 personas, pero había 2.500 internos.

No es la primera vez que la opinión pública se escandaliza por hechos similares. Hace cinco años, Conectas mostró a diplomáticos de todo el mundo, en la ONU, fotos de presidios del Estado de Espíritu Santo en las que se veían cuerpos desmembrados en cestos de ropa sucia. En ese escenario de terror, se mantenía a los presos en contenedores metálicos lacrados bajo un sol abrasador. Cuando las puertas se abrían, muchos caían inconscientes.

Tragedias parecidas se repiten con cierta periodicidad en Brasil. Son como las lluvias de verano que, durante todo el año, con fecha fija, caen con total indiferencia sobre millares de muertos, en un tsunami previsible. Poco a poco, estas hecatombes se incorporan al calendario brasileño como el Carnaval o los Mundiales de Fútbol.

Todo esto es posible porque existe un respaldo popular. En un país en el que la mayoría de los 548.000 presos registrados son negros o mulatos, pobres y habitantes de la periferia, a la clase media y a las élites no les importa tener a sus semejantes enjaulados, literalmente defecando unos encima de otros. Muchos de los que se encogen de hombros ante estas violaciones de los derechos humanos tienen el pensamiento mágico de que los presos pasan a una especie de universo distante. Deberían saber que las prisiones en Brasil son totalmente ineficaces. Funcionan como una puerta giratoria, con una tasa de reincidencia superior al 60%, en la que, a su paso, el preso cae en las redes de grupos criminales organizados y sufre todo tipo de brutalidades antes de volver a la calle.

La obsesión brasileña por encarcelar y maltratar a los presos bate récords mundiales. En 20 años, el país ha registrado un aumento de un 380% en el número de reclusos. Construimos un sistema ilegal de prisiones. Además, violamos sistemáticamente leyes y garantías constitucionales. Es un circulo vicioso, donde todos pierden. El proceso de investigación no vale para nada: menos del 8% de los homicidios se investigan. Con eso, la herramienta principal de las condenas- casi un 40% provisionales- es la sospecha, siempre dirigida contra el joven negro de la periferia. Es, curiosamente, el mismo perfil de quien no tiene acceso a la justicia, ya que no puede pagarse un abogado y dependerá de un defensor de oficio que, en São Paulo por ejemplo, tiene la misión de llevar adelante, en solitario, entre 8.000 y 10.000 procesos. Esta cifra muestra que ni el Estado más rico de la Federación está libre de la lacra penitenciaria. São Paulo registra 80 presos nuevos diarios y eso que creó el Mecanismo Estatal de Prevención y Combate contra la Tortura que daría efectividad al compromiso asumido por el Estado brasileño hace siete años en la ONU.

El argumento de que no podemos construir una sociedad basada en valores inhumanos es ya , de por sí, irrefutable. Pero en el caso de que existan sádicos que apoyen estos horrores, es preciso que sepan que la construcción de un sistema penitenciario como este acabará por construir, en poco tiempo, una sociedad cada vez más brutal, deshumanizada e irreconciliable.

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